lunes, 28 de diciembre de 2015

Declaración de intenciones.

No dejes que cierre los ojos. Tengo tiempo y hoy seré tuyo. Me dijeron que no tenías botón de pausa, y yo no quiero un stop, dejemos el play en marcha y despójate del top. Lleva tus manos de viaje, haz las maletas, mi cuerpo te espera. Un paisaje sin fin, no temas perderte porque si lo haces  yo te encontraré. Visita rincones que en mi cuerpo aún están por descubrir, explora sin límites, es otra la forma de vivir.



No te demores y trae de vuelta lo que un día perdiste. No quiero objetos de recuerdo porque solo recuerdo la figura de tus besos. Vuelve tus labios hasta aquí, justo donde cobran color y forma mis palabras. Hazme volverlos a sentir, tus labios, esos besos que me hicieron revivir. 


La naturaleza nos dio cinco sentidos para algo y hoy sé que los míos están hechos para ti. Vista de lince que me ayude a contemplarte, un olfato con el que me embriague el aroma del perfume de tu piel. Un oído fino, sensible, con el que se alegre el corazón al escuchar tu voz. Un tacto con el que mis caricias sean el abrigo de tus noches y un gusto perfecto, exquisito con el que degustar tu exquisito manjar.

Y estás ahí, dispuesta a darlo todo y a dejarte hacer. Los termómetros a punto de estallar, gotas de pasión desenfrenada recorren nuestras espaldas. Locura, tensión, rienda suelta a nuestro amor.

No dejes que cierre los ojos. Tengo tiempo y hoy seré tuyo.



Jonathan Montoya García

viernes, 13 de noviembre de 2015

He venido a verte.

 - ¿A qué has venido?
- He venido a verte.

He vuelto. Estoy aquí. He venido a decirte que jamás me fui y si alguna vez lo hice fue para volver. He venido con el corazón entre mis manos, desnudo por dentro, como agua transparente y sin nada que esconder. He vuelto libre para entregarte todo de mí. He venido a mostrarte lo que soy, quién sabes que soy. He venido a romper el muro en el que con sangre y lágrimas escribías que no me tenías cada segundo que estaba lejos de ti. He venido a verte, a decirte que estoy aquí.

Estoy aquí para convertirme en pañuelo cada vez que llores, para sacar de la nada tu perfecta sonrisa, para que cada vez que me veas de mí te enamores, para ser la medicina que cure tus dolores, para poner remedio a todos tus males. Y sí, estoy aquí. Para ser tus terremotos, tus huracanes, tus incendios forestales, en tus noches todos tus desastres naturales.

He venido esta vez para quedarme. Me quedaré por ti, por mí y porque por fin te encontré. Después de buscarte, de casi morir por esperarte, después de mirarte por primera vez y luego besarte. me quedaré para bailar contigo, para poder amarte como siempre soñé. He venido a verte. Estoy aquí. Ya no. Ya no me voy. No me iré.

Me quedaré para no dejar de escucharte, para mirarte de cara y si decides darte la vuelta, tranquila, besaré tu espalda, mis dedos resbalarán por tus piernas, mis caricias de tus pies a la cabeza. Muérdete el labio si así lo deseas, hazlo si quieres mas no podrás escapar de las garras de mi mirada.

 - ¿A qué has venido?
 - He venido a verte y he venido para quedarme.







Jonathan Montoya García

miércoles, 21 de octubre de 2015

Palabras nuevas, palabras viejas.

Sensación de desespero. Luz de la locura, notas de un piano que suena triste y solitario dejando a un lado la razón. Son sus manos las que tocan y hacen sonar esa melodía tan única, tan suya. Habla en el idioma de los que saben que no hay nada igual, en el lenguaje vacío de reglas ortográficas pero llenas con las reglas que impone su corazón.

Lo que hay entre nosotros, eso que parecía algo tan pasajero y que se ha hecho fuerte y se ha vuelto bonito y eterno y doloroso a la vez que placentero.

Y le digo palabras, palabras que reflejan sentimientos. Amor, felicidad, placer, sonrisas... palabras. Palabras nuevas y palabras viejas. Palabras que dichas en sus labios quedan tan bien como escritas por mis manos. Palabras que con la saliva de su boca se vuelve  tinta entre mis dedos. Porque es su voz el sonido que alegra los oídos de mi corazón. Porque son sus caricias el abrigo en mis noches de invierno. Porque son las notas de esa melodía, esos ojos suyos que cerrados aún sigo viendo, esa forma de pasearse por las teclas de aquel piano de cola, es su forma de quererme como lo hace que me lleva a otro lugar. Lejos del mundanal ruido, cerca de la serenidad de unas olas que rompen en las rocas cerca del puerto, donde su perfume me llega a través de una brisa única. 

Y es que la vida es una pista tan deslizante como el hielo, tan llena de altibajos como cualquier sierra de España, pero es que de su mano solo puedo caminar, con ella es con quien caigo y vuelvo a levantarme otra vez. La vida está llena de instantes que se cruzan en un momento, guiados por un destino que nadie sabe cuando llega, es el tren en el que te subes y no sabes cuándo has de bajarte. Yo solo sé que he subido a ese tren para encontrarme con ella, que el destino así me lo ha concedido, que la pista de hielo nos prepara los mismos esquís y en las llanuras de esas montañas nos espera la manzana con la que Adán y Eva lo empezaron todo. 

Sensación de poder. Luz de mis días, color que olvida el blanco y negro de antaño. Quiero que estés aquí. No hace ni dos horas que nos vimos pero es que ya te extraño. Te diré palabras, palabras nuevas y palabras viejas, palabras como por ejemplo: Te quiero, como por ejemplo, TE AMO.




Jonathan Montoya García

martes, 29 de septiembre de 2015

En la azul bandeja del océano.

Ya he llegado. Estoy aquí. En un puerto más. Luego de un viaje sin prisa, dónde las olas me empujan y marcan el camino hacia mi próximo destino. Las gaviotas vuelan bajo y bajo el Sol de mis días. Parecen acariciarme con sus grandes alas y con gesto cariñoso parecen decirme "¡bien hecho capitán!". 

Aguanto unas horas más allí, quieto, anclado. Y llega el jefe del puerto. Llega corriendo, cansado como agitado por los golpes de la marea o de la brisa mañanera. Trae noticias. Su baja mirada, el semblante serio, sombrero en mano y tirando de galones extiende su brazo. No es Cristóbal Colón mas sin decir nada me señala Las Américas. Asentí desolado, por mis suspiros consolado y decidido emprendo de nuevo mi marcha. Allí no estabas, ni en Asia, ni en Oceanía, ni en África y tampoco en Europa. 

Vuelvo a encararme hacia otro mañana con el ocaso a mi espalda y sobre ella, la azul bandeja del océano, encuentro mensajes en botellas de vino cosecha de Dios sabe cuándo. Mensajes que dicen cómo y dónde hallar cofres repletos de valiosas joyas y de mucho oro, pero ningún mensaje habla de ti, mi mayor tesoro. Y sigo navegando, te sigo buscando.

Cae la noche y a tantos nudos me pega el frío. Mi melodía en un rompeolas, mi sueño al mediodía, viaje de largas horas.

He dejado atrás; en cada puerto ilusiones, pasiones, besos y deseos en cada una de mis sirenas. He leído mensajes en cartas de papel mojado, mensajes de hombres solos, de hombres casados, de hombres pobres y de hombres ricos. De mujeres tristes, de mujeres alegres, de mujeres soñadoras y de mujeres desesperadas. He dado los buenos días a mil aves, una por cada segundo que pasaba sin ti. Le he dicho más de mil "que descanses" a la luna de mis noches. 

Delfines, orcas y tiburones. Mantas raya, ballenas, crustáceos y todo tipo de peces. Navegan con su rumbo, libres en una de las mayores autopistas del mundo. Junto a ellos surcaré los mares en tu busca, como bajel pirata que halla un gran tesoro, temido por todos, amado por nadie. Seguiré navegando en el vaivén de mis aguas, en la azul bandeja del océano, hasta llegar a puerto conocido, donde pueda verte, donde pueda encontrarte y decir que te he soñado, que te he querido. Decirte que ya estoy aquí y que no me he ido.    







Jonathan Montoya García

lunes, 28 de septiembre de 2015

Amanece gris. (tercetos)

Hoy el día amanece gris. 
Las gotas de lluvia empapan el único cristal
que me permite ver más allá de mi.  

Espero en el portal de tu vida
contigo un viaje lleno de risas,
no de vuelta, sólo de ida. 

Hoy el día amanece gris.
Pétalos de rosa que caen por ti.
Tus ojos dicen que conmigo quieres salir, bailar y reír.

El carmín en la curva de tus labios,
se borra el rojo pasión,
se escapa entre las sombras de un adiós.

Hoy el día amanece gris.
Ya no te veo. Ya me voy.
Se quedan ahí cada uno de los besos que te doy.




Jonathan Montoya García





jueves, 24 de septiembre de 2015

Las olas como testigo.

Vuelve a cerrar los ojos. Te vuelve a soñar. Las olas son testigo de lo vuestro y anidan cada beso, en tu piel cada roce de sus dedos. Borran cada lágrima, cada deseo de no estar con él.

Las horas se os hacen segundos, el tiempo vuela, el tiempo es oro y él es rico. Cae la noche y el Sol ya duerme. Crece la luna y con ella el brillo en vuestros ojos. Sois dueños de la orilla y en ella escribís vuestros nombres como inicio de una interminable historia. Él tu escritor y tú su musa, todo inspiración. Tú la gata. Con tu mirada clara y sencilla. Con tu ternura especial y tu garra más directa donde el dolor se hace placer. Y él. Él un oso. Tu abrigo en las frías noches de invierno, tu tranquilidad de día y la guerra de tus noches. Quien responde a tus por qué con su filosofia: La respuesta no está allí ni aquí. La respuesta está dentro de ti.

Un paseo que os hace fuertes donde las olas testifican cada paso. Un paseo en el cual la brisa de la noche os perfuma la piel con el aroma de un beso marinero. Donde la luz del faro del próximo puerto os señala el camino.  Miráis al reloj con desgana, con desdén. Quiere deteneros y haceros esclavos de su engranaje, esclavos de su tiempo. Sois tú y él, sois vosotros.  

Oso, gata, caballo, águila, orca o delfín. Da igual. En esa orilla, en vuestras palabras, en vuestros gestos y vuestras miradas os sentís cualquier animal. Él no abre los ojos, no quiere despertar. Sigue soñando y luchando por hacer su sueño realidad. 




Jonathan Montoya García

viernes, 18 de septiembre de 2015

Y la gata volvió.


Y la gata volvió. Volvió para arañarme la vida. Para hacerme creer que el dolor puede llegar a ser placentero. Volvió para hacerme saber que a todos nos llega el momento, el momento del primer beso, de sentir un millón de mariposas en el estómago, de no poder borrar esa sonrisa del momento de después y de sentir que al fin Cupido decidió apuntarme con su flecha.

Los supersticiosos creen que el 13 en letras se llama Mala Suerte. Hasta hace poco yo era de los que creía que el 13 se llamaba así pero tuvo que llegar ella para hacerme cambiar de opinión o quién sabe si lo que cambió fue la superstición y desde entonces para mí el 13 se llame Amor. Un día 13. El día 13.

Tu experiencia frente a mi inexperiencia. Sí, fueron apenas cinco o seis segundos pero fueron los segundos mejor empleados de mi vida. El tiempo que sentí tantas cosas por primera vez. Sentí curiosidad, miedo, placer, un cóctel de sentimientos que venden en las barras libres de los bares. Una inyección de alegría; de adicción a ti, a la curva de tus labios, a tus ojos cerrados mientras nos besamos. Adicción a tus besos pausados, lentos y verdaderos. Fueron segundos en los que nos sentimos como protagonistas de una película de Richard Curtis. Fueron segundos en los que tocaba una orquesta de silencio, un silencio que lo decía todo.  

Y es que la gata volvió y volvió para quedarse.






Jonathan Montoya García

sábado, 5 de septiembre de 2015

Iba demasiado bien.

"Todo empezó muy bien, demasiado bien. Una frase y todo cambió. Pasamos de estar a un centímetro a estar a un kilómetro. Dicen que la procesión va por dentro y es verdad. Me siento culpable. Lo soy.

A veces daría lo que fuera por tener un botón de reset en mi vida y volver a empezar. De olvidarlo todo y crearlo de nuevo sin defectos.

En realidad siento que soy un árbol en tu bosque, una hormiga en tu hormiguero, un pez en tu pecera y un nombre propio más en tu lista de propósitos. Mi sueño es tranformar eso y acabar siendo el árbol de tu bosque, la hormiga de tu hormiguero, el pez de tu pecera y tu único propósito entre un millón de nombres propios "

Jonathan Montoya García

martes, 18 de agosto de 2015

Luna, quédate y escribe conmigo.

Cae la noche y ella se cuela en mi cama. La luna entra por mi ventana y me ve dormir. Se tranquiliza al verme soñar sonriendo. Se va conforme con lo que ve. No quería molestarme en mis sueños pero yo le dije, por favor entra.

Alguien una vez me dijo que uno debía hacerse su propia biblioteca. Bien, los libros tapian mis cuatro paredes. Entradas a mis sueños, a mis miles de ilusiones. Libros que compré, que me regalaron y que me encontré llorando en alguno de los bancos de las calles del barrio. Libros de todos los colores, de todas las formas y de todos los autores. Libros de poesía, de fantasía, novelas, obras teatrales, tragicomedias y hasta cómics. Libros que han ganado premios y otros que no han salido a la luz. Libros antiguos color sepia y con olor a recuerdo y libros modernos, de estos sin páginas, con botones. Libros que guían tus viajes y otros que te ayudan a investigar. Libros que narran vidas reales, las de aquellos que se inventan las historias más surrealistas.

No discutiré con quien odia aprender de los libros. También se enseña en las calles. No discutiré tampoco con aquellos que aprenden la vida de la vida. Tampoco te diré que si lees poesía y novelas románticas aprendas a amar, porque como bien dijo Neruda en uno de sus poemas "...el amor lo aprendí de un solo beso."  

Mas yo he sembrado en la tierra mis letras, regadas con todo lo que aprendí leyendo y en la espera de su fructífero momento sigo leyendo, me sigo nutriendo. Páginas y más páginas que son el colchón de las palabras en mi vida. 

Luna, tú que has iluminado mis páginas en cada noche, no me dejes ahora, ahora no. Quédate conmigo y escribamos juntos lo que aún por vivir nos queda. Lo que en mis sueños aún espera. 




Jonathan Montoya García

jueves, 13 de agosto de 2015

Palabras virtuales

Podéis llamarme loco cuando me oigáis decir o más bien cuando leáis que pienso que los videojuegos te enseñan en esta vida en cierto punto. No sé si enseñar es la palabra más adecuada para definirlo pero es así. Está claro que no todos los videojuegos enseñan de la misma manera y que no todos los videojuegos enseñan. Mis padres me han educado siempre de la mejor manera y como mejor han sabido hacerlo y por ello soy quien soy hoy día y les estoy y estaré eternamente agradecido. Yo he tenido varios videojuegos y como buen deportista que me considero mis juegos han sido siempre de deportes. Videojuegos como Moto GP, Fórmula1, FIFA, NBA Live, NBA 2k, Gran Turismo y creo recordar solo un juego que se escapa de este grupo, el Call Of Duty. Y con estos juegos he descubierto o quizá creído que existe un paralelismo entre los videojuegos y la vida misma.  Me explico.

Cuando empiezas un juego por norma general te dan a escoger entre tres niveles: fácil, normal o difícil. En la vida no puedes escoger, si no que vas avanzando según creces. Desde que naces estás en el modo fácil. Lo tienes todo hecho, no tienes preocupaciones, están pendientes de ti, y vas pasando de pantalla fácilmente, sin grandes obstáculos. Conforme la vida pasa y creces subes de nivel. Nivel normal. Quizá corresponda a la etapa adolescente a partir de los 12 o 13 años. Es entonces cuando tomas cartas en el asunto. Adquieres conocimientos nuevos, forjas tu personalidad, tu yo, tu ser. Racionas por ti mismo pero sigues teniendo esa ayuda indispensable. Este nivel es más complejo y has de luchar un poco más para sortear los diferentes obstáculos que se presentan.

Una vez te pasas la pantalla en nivel normal asciendes al nivel máximo. Nivel difícil. En este nivel no tienes la misma ayuda que en los anteriores, aquí eres tú quien dirige, tú actúas, tú decides. En los videojuegos te matarán una y otra vez, te caerás miles de veces, te meterán muchos goles y perderás partidos importantes pero sigues intentando pasar el nivel y en esto se parece mucho a la vida. Es verdad que en la realidad si te matan no puedes volver a intentarlo pero ahí está la clave, en luchar para no darse por vencido. ¿Y qué me dices de las típicas barras de estado? Esa barra que disminuía a cada golpe recibido y que para recuperar debías encontrar packs de vida en forma de botiquines o de cruces rojas a lo largo de la pantalla. Pues en la realidad pasa lo mismo. Tu barra de estado va disminuyendo con los años y debes ir recuperando esas fuerzas. ¿Cómo? Sí, exactamente. Encontrando packs de vida. No, no estoy bromeando. Has leído bien. Packs de vida. Pero no packs virtuales como esos de los videojuegos. Packs de vida en forma de amistad, de buenos consejos, de dejarse ayudar, de sonreír ante situaciones absurdas, de no dar más importancia a las cosas de las que tienen realmente, de ser consecuente y sobretodo de querer. Packs de vida en forma de pequeños detalles que son los que de verdad cuentan.

Sí. Es así. Existe relación. Una relación que en esta vida me enseñaron los videojuegos. Y te preguntarás: este debe ser un friki, un viciado, no debe tener vida social o quizá penséis que soy un chiquillo enamorado de las consolas. Pues dejarme deciros que os equivocáis. No negaré que me gustan los videojuegos pero como a la mayoría de chavales. Simplemente soy un chico más, distinto de los demás. Enamorado de las palabras y de los sentimientos que nacen del corazón. Loco por sonreír a cada momento y compartir mi felicidad con la gente a la que quiero y sé que me quieren.

No pido que seas como yo. Como bien digo siempre “lo bonito es la magia de ser uno mismo”.

Pero quizá después de entender la vida de una forma diferente, apoyado desde mi punto de vista entiendas que lo que realmente importa es vivir con felicidad por muchos obstáculos que se interpongan en nuestro camino para conseguirlo y ser fuertes para apartarlos. Y no puedo terminar esto de otra forma que diciéndoos: Sonreíd. Porque SONREÍR de momento es gratis. 



Jonathan Montoya García

martes, 4 de agosto de 2015

Querido papel, querido sueño.

Hoy me senté frente al papel y no supe qué decirle, qué contarle. Pero yo no sé disimular y él me preguntó. Sabía que algo ocupaba mis pensamientos y que echaba de menos mi sonrisa, mis ganas de vivir. Así que dejé que fuera mi corazón quien hablara. 

Querido papel. Querido sueño,

Bendita la hora que decidí agarrar esta pluma y transformar en palabras lo que guardo por dentro.
No sé cómo puedo explicarte a ti lo que para mí es inexplicable. Cómo hilvanar mis palabras igual que lo hace mi madre al confeccionar sus prendas de vestir. No me digas nada, deja que sea yo quien hable.

Al despertar mi ventana brilla y me asomo a ella. Me ciega el brillo del Sol. ¿El Sol? No, no lo es. Eres tú. No quiero borrar de mi mirada tu sonrisa, no quiero salir después de comer y caminar sin ti de la mano. No quiero verte en mis sueños solamente, quiero verte al soñar despierto. Quiero pensar que cuando me dices que no somos nada entonces somos algo. Quiero que todo tenga sentido, cuando me hablas y yo suspiro, cuando por muy lejos que esté sé que siempre estarás conmigo. Quiero buscar esa esperanza que dice ser lo último que se pierde. Esa esperanza que me dé fuerza y devuelva mis ganas de vivir. Quiero que seas tú quien abra la puerta cuando sea yo quien llame. Quiero escuchar de tus labios un te quiero, no igual, pero sí parecido a los que yo te regalé. Quiero acostar tu cansancio, dormir tu tristeza y despertar tu mirada, tu sonrisa y tu locura de cada día. Quiero dejar de lidiar con las ganas que tengo de besarte. Quiero hacerte feliz. Quiero que te celes cuando te hable de otras y otras hablen de mí. Quiero que tu orgullo rebose por todos tus costados cuando te digan: "Que suerte tienes de estar con él". Quiero ver cómo las agujas del reloj se mueven en círculos, cómo el tiempo pasa y pasa contigo a mi lado. Quiero mirarte de arriba a abajo y morderme el labio inferior. Quiero tus susurros en mi oreja y tus besos en mi espalda. Quiero que toquemos el cielo al tocarnos los labios.Y es que al fin y al cabo, te quiero a ti.

No sé qué más decir. El resto te lo dice la ilusión de mis ojos al mirarte, los nervios en mis labios cuando quieren besarte y el sudor de mi frente cuando mi corazón ansía amarte.


Desconozco cuánto tiempo más podré esperar. Pero si es para esperarte a ti no me importa cuánto tiempo sea. Querido papel, querido sueño.




Jonathan Montoya García      

 


miércoles, 8 de julio de 2015

Perdóname, pero te quiero.

Perdóname. Te pido perdón por no poder evitar pensarte cada día y cada noche. Perdón por mirarte a los ojos como si fuera lo último que mis ojos vieran. Perdón por bailar al compás de tus palabras mientras me cuentas lo cansada que estás después de trabajar, mientras me dices que no, que ahora no te apetece. Perdóname por las poesías que escribe para ti mi corazón. Poesías que entre verso y verso gritan te quiero. Perdón por los minutos que he empeñado en detener el tiempo y parar tu reloj. Perdón por acariciar cada rincón de tu cuerpo y hacerte sudar en un millón de noches eternas sin dormir, por llevarte al paraíso en el que siempre soñaste vivir. Perdón por colarme en tus sueños sin permiso y por despertarte para hacerlos realidad. Perdóname por ser el ladrón de tus besos, por dibujarte una sonrisa, perdón por cada vez que de mis labios sale un te quiero. Perdón por no poder hacer nada, es que aún te sigo queriendo. 


Jonathan Montoya García

lunes, 29 de junio de 2015

Prometo ir a buscarte

Prometo que esta noche iré a buscarte. Porque ya no puedo más. No puedo más estar sin tus besos, sin sentir tus caricias y no estrecharte entre mis brazos. No puedo voltearme en la cama y no encontrarte. No puedo más si no te hablo románticamente, si no te hago el amor una y otra vez y tampoco puedo más si no te miro y no me hace falta decir nada. Prometo ir a buscarte porque, sinceramente, no aguanto ni un minuto más sin ti.



Jonathan Montoya García

martes, 23 de junio de 2015

Tus lágrimas, mi soneto

Ella buscaba la tranquilidad,
la serenidad
en un cuerpo caliente,
en el alma viviente.

Él no quería dañarla,
no quería perderla
y en un ápice de ser ruín
y en su corazón escribió la palabra fin.

Las lágrimas que van cayendo
en su mejilla y en la mía
se tornan grises y van muriendo.

Tocan al fin de sus mejillas y de las mías,
desaparecen sin más
donde más duele en el alma viva.



Jonathan Montoya García

miércoles, 27 de mayo de 2015

A mi pequeña gata (Lily)

Cuenta la historia que un 5 de octubre en algún lugar de este mundo se vio una luz que alumbró la oscuridad de los que están lejos de ella. No llega a un año que tengo el placer y el orgullo de conocer a la persona que provocó aquél acontecimiento. Es una luz preciosa, sincera, risueña, cálida y transparente. Una luz tan tierna como una linda gatita. En mis 88 días de invierno es quien me entrega su calor, es quien cuando todo lo veo negro aparece para alumbrar mis días y mostrarme lo bueno de cada momento. Es quien en primavera la sangre altera, es quien en verano muestra su entera belleza y es quien en otoño, cuando las hojas caen sigue estando ahí con su calidez, para arroparte, para ayudarte, para quererte si en su corazón cabe todavía más. 

He lidiado noche y día con la idea de permanecer siempre junto a ella. He sentido impotencia a veces y he sentido gozo caminando a su lado. He soñado, he imaginado momentos en los que no decíamos nada o tal vez hablábamos sin hablar. Nuestros ojos se lo decían todo. Y es que la imaginación debe impregnar aquello que por muy difícil de conseguir parezca mantenga ese aliento de esperanza, que según se dice, es lo último que se pierde. Ha sido mi inspiración en mil momentos y escribí acrósticos para ella:

La primera vez que te ví lo sentí.
Imaginé mil veces verte sonreír.
Decías que sí, que morías por mí.
Inventé historias con tu nombre como protagonista.
Aseguré letra a letra que de ti nunca me apartaría. 

Creo que desde aquél día, cuando he notado que su luz podía apagarse he tenido el valor suficiente y la he querido con tantas ganas que he logrado hacerla revivir su llama. No sé en qué manera, no sé si he hecho bien, no sé nada. Pero desde hace ya algún tiempo sé que hay preguntas que no tienen respuesta. 

Quiero a esa luz como a nada en el mundo. Quiero inmortalizar cada momento que la tenga entre mis brazos. Quiero que no se apague nunca, y es que nunca lo hará, porque ella es mi luz, ella es Miss Sonrisa, ella es... Es ella. 



Jonathan Montoya García

viernes, 8 de mayo de 2015

Seamos uno, dos o tres... Somos

No tengo otra cosa mejor que hacer que sentarme a escuchar el silencio de mis noches, a mirar fijamente el papel y decidirme a escribir. No dejo de preguntarme quién soy y qué hago aquí.
Descansa mi semblante sobre el alféizar de tu ventana. Camino en pensamientos bajo la atenta mirada del que todo lo sabe. Indiferente el cielo que me ve vagar por sus senderos mientras los músicos siguen tocando, mientras los ignorantes mandan y nosotros como marionetas nos dejamos mandar. Con marea alta o baja el barco se hunde, se confunde entre las aguas. Nos prometen chalecos salvavidas comprados con la moneda que cae por la borda. Unos en proa y otros en popa.
Una gota no es igual a otra. Son distintas, únicas. Son muchas navegando hacia un mismo lugar, a un mismo rumbo. Una, dos, tal vez tres... Mil, dos mil, tres mil... Diez mil o quizá veinte mil. Son gotas infinitas y juntas las llamamos mar.
Y desde arriba se vive el espejo. Allí donde el filósofo mira. Se contagia del color de sus aguas en el azul del cielo. Y también es una o son dos... Serán diez, veinte o hasta treinta nubes. Con sus formas y sus colores. Corriendo en autopistas sin carriles empujadas por el viento, por el mismo aire de libertad.
Y yo que me pregunto quién soy y qué hago aquí.



Jonathan Montoya García

lunes, 27 de abril de 2015

88 días de invierno

Las ya experimentadas hojas  mueren en otoño y mueren para ver nacer al invierno y las pieles calientes fundidas en un eterno abrazo entre mis brazos. 88 abrazos para 88 veces los copos de nieve.

Esta es la historia de aquel  otoño celestino. Yo tan solo era un chiquillo que soñaba con ser astronauta e inventaba historias en familia con sus juguetes, y ella, esa niña que con tan solo una sonrisa todo lo arreglaba. Nos conocíamos desde que éramos unos renacuajos. Íbamos a la misma clase y  nuestras madres nos llevaban al mismo parque cada tarde. Allí corríamos hasta cansarnos, reíamos juntos y el mundo parecía girar a nuestro alrededor.  Solo nos importaba el momento justo en que nuestras miradas se cruzaban y sus sonrisas contestaban a las mías. Era increíble.

Estábamos agotados de reír y jugar y los dos nos sentamos en un viejo roble a descansar. No se oían palabras. Solo el cantar de los pajarillos y nuestro suspirar. Quién iba a decir que aquel roble jugaría un papel tan importante en una historia tan bonita. Era testigo de momentos mágicos. Sin ir más allá en aquel entonces. Yo cerraba los ojos y no podía dejar de imaginarme siempre con ella, los dos juntos para siempre. Estaba cómodo, a gusto en su compañía y eso me gustaba demasiado. No sabía si ella podía imaginar lo mismo que yo pero me hice creer que sí, ella me lo hizo creer. Nuestros dedos se buscaban entre la hierba donde dormía el viejo roble. Cuando al fin lograban encontrarse se apretaban fuerte casi uniéndose un único ser. No querían separarse. No querían que cayera la noche. Que lindos momentos aquellos en los que solo nos mirábamos. Decíamos sin hablar lo que el corazón gritaba a los cuatro vientos. Pasábamos horas que se nos hacían segundos.

Así fue cada tarde hasta que llegó el invierno. No vestíamos grandes ropas y el frío nos calaba por dentro. Pero aquel viejo roble sabía lo que se hacía. Sus hojas cayeron con una única intención: que ella y yo siguiéramos estando juntos. Fue uno de los inviernos más fríos y el viento era el protagonista de cualquier rincón, de cualquier lugar menos del viejo roble. El resto de árboles yacían desnudos y parecían tiritar de frío. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué el viejo roble no se deshizo de todas sus hojas? ¿Por qué el viento no arrasó con las que dormían en su falda? Increíble. El viejo roble nos tendió sus ramas para que siguiéramos estando juntos. Y así fue. Sus hojas nos acomodaban en el frío y húmedo césped y nos abrigábamos con mil abrazos, uno por cada segundo que pasaba.


No podía acabar de otra forma. El tiempo pasaba rápido y el invierno tocaba a su fin. Los dos marcamos en la corteza del sabio roble nuestras iniciales encerradas en un sentimiento. Sellamos aquella marca con la mayor prueba de que aquello era de verdad. Las manos unidas y unidos también los párpados tocamos el cielo al tocarnos los labios. 88 abrazos para 88 veces los copos de nieve.  



Jonathan Montoya García

jueves, 23 de abril de 2015

De la A a la Z (Sant Jordi)

A veces la tinta corrompe el papel de sentimientos,
escribiendo letras unidas en palabras que se aferran a una razón.
Bases de un lenguaje lleno de acentos,
donde fuera de toda lógica interviene el corazón.

Cogí la pluma para trasmitirte un mensaje,
que poco después cubrí de lágrimas.
Dos manos que caminan unidas en un pasaje,
pasando de montañas sin cimas.

Esperé a que el destino nos concibiera el deseo,
esperanza fue lo último que perdí.
Fiel a nuestro ansiado paseo,
tus secretos percibí.

Guardo cartas de amor que un día escribí para ti,
escritas desde Roma hasta París.
Hablando sin hablar, dirigiéndome así,
tomando una copita de anís.

Imaginaba un mundo perfecto,
un mundo contigo.
Jazmín y flores en nuestro trayecto,
viento con aire de abrigo.

Kilos de amor en mi mochila,
amor que tú y yo compartimos.
Luz del Sol que tanto brilla,
besos que  tú y yo nos dimos.

Mucho de ti me mostraste,
todo de mi quise darte.
Nadie me quiso como tú lo hiciste,
nadie como yo pudo amarte.

Oculté el pasado que de ti me alejaba,
que de ti me apartaba.
Pude olvidar aquello que más odiaba
y recuperar a quien más amaba.

Queriéndonos murieron mis palabras,
como muere la lluvia al salir el Sol.
Rompiéndonos en un beso sin abracadabras,
sin ahogar las penas en alcohol.

Te quiero hube de decirte,
amarte yo debí.
Unir nuestras manos y cogerte, tocarte,
prometí hasta el cielo llevarte.

Vi que la tinta se acababa,
escribiéndote yo esta carta
con todas las letras,

de la A  a la Z.

Jonathan Montoya García

miércoles, 8 de abril de 2015

Invierno de 1984

Un frío y oscuro domingo de invierno de 1984. Yacía sentado en mi butaca color de otoño mientras tomaba una caliente taza de té. Algo extraño sucedió. La puerta principal se abrió sola a causa de la fuerte ventisca que arreciaba toda la región. Los finos copos de nieve se derretían en un abrir y cerrar de ojos. Me levanté muy cansado y cerré de un portazo la puerta evitando que el fuego de la chimenea se desvaneciera, como se desvanece una gota de lluvia tras caer al río.

Ya cansado y con mucho sueño me dirigí a mi cuarto para descansar, ya que al siguiente día había de madrugar si no quería llegar tarde a la fábrica y como la noche fue intensa por la nevada, cualquiera sabía cuál podría ser el estado de los limosos caminos de tierra. Fue una noche en la que me costó dormir. De fondo el ensordecedor ruido de los truenos y los destellos de los relámpagos llenaban de insomnio mi alcoba. Afortunadamente conseguí conciliar el sueño.

6:00h am. Me desperté sobresaltado por el estruendo de la alarma del despertador, y lo primero que hice fue asomarme a la ventana para ver el aspecto con el que se presentaba el día. Entre un par de nubarrones grises, se asomaba tímidamente el Sol, deslumbrando la mirada del ojo ajeno y a su vez derritiendo la nieve acumulada en la entrada del garaje. El Arco Iris arqueaba todo el horizonte. Los pinos amanecían verdes y cubiertos por un fino manto de nieve mientras el rocío de las mañanas refrescaba el ambiente.

Uniformado ya y en el bar de dos calles más allá, una pregunta me daba la bienvenida:

            -¿Lo de siempre caballero? – preguntaba la muchacha.
            - Sí, hoy vuelve a ser ayer. – respondía yo.

Las vistas eran magníficas. Lunes y una visión amplia de toda la comarca iluminada por el alba de una mañana más. Mi desayuno, un café con leche y una pasta de chocolate. Eran mis pilas de cada día. Mientras almorzaba siempre solía ocupar mi tiempo contemplando las sonrisas agridulces, más amargas que dulces de las calles de Madrid, o bien leyendo la prensa escrita por aquellos que se dejan sobornar por unos cuantos billetes color del poder o quizá aquello que la censura del país pasaba por alto. Página tras página todo lo mismo. Que si viva nuestra patria, que si orden y ley van de la mano… todo habladurías. La verdad que presentaba la prensa o que los de arriba querían presentar es bien distinta a la realidad de las calles, la verdadera realidad. Restricción de derechos, imposición de un gobierno que procuraba antes su bien que no el bien común… Harto de leer un no parar de sandeces decidí emprender camino. Pagué con ganas el buen desayuno que tomé en el bar y me volví con una sonrisa, dispuesto a realizar algo grande.

La previsión meteorológica presentaba unas temperaturas en descenso, es decir; haría frío, mucho frío. Nieve en cotas superiores a 600m. Cogí mi coche, un último modelo español, el SEAT Ibiza. El frío adormeció el motor de tal manera que  ni con cien despertadores como el mío lograría despertar. A base de girar la llave continuamente y rezar a Dios porque arrancara, el motor reaccionó y pude poner pies en polvorosa hacia la fábrica. Nos separaban unos veintitrés quilómetros que duraban una media hora. Los caminos no eran fáciles. No era un terreno yermo precisamente. Todo un vaivén de altibajos en la carretera, aún sin asfaltar debido a la presunta falta de presupuesto del estado. Podía sentir los quejidos de mi rojo SEAT Ibiza. “¡Por favor que acabe ya!” me decían sus muelles.

45 minutos más tarde conseguí llegar sano y salvo a la fábrica. Solo  un par de Guardia Civiles interrumpieron mi camino. Controles rutinarios que los llaman.

Tras fichar a las ocho de la mañana y saludar con una sonrisa en mi semblante a mis trabajadores entré en mi despacho, suspiré y empecé mi trabajo. Sí, has leído bien, mis trabajadores. Yo era el dueño de una pequeña fábrica de papel, una de las primeras editoriales españolas. Desde siempre me ha encantado leer y está muy bien que se les reconozca el mérito a los escritores y sus mentes maravillosas repletas de ingenio, imaginación y poesía pero, ¿Qué hay de las editoriales? Son ellas las que realmente hacen efectivo el trabajo del escritor. Si no, pensadlo. Estaríamos leyendo historias impresas en papel o peor, escritas a mano y sería nuestro trabajo el intentar descifrar las letras, cada cual más retorcida e ilegible. Fue entonces que decidí adueñarme de un hangar abandonado en el valle de una sierra no muy lejos de donde yo crecí y reconstruirlo en una pequeña editorial.

No es nada fácil ser dueño de una empresa. Al principio pensé que me había auto-sentenciado a muerte, que me había echado todo el peso sobre mis espaldas y que no tendría ningún ingreso fijo. Pues bien, a base de esfuerzo, mucho sacrificio y amor por mi trabajo he conseguido tener una vida digna. Moví cielo, mar y tierra para contactar con las empresas encargadas de distribuir maquinaria precisa y por supuesto los mejores estaban en el extranjero. Las máquinas provenían de Alemania y Reino Unido así que con el dinero que recibí de la herencia de mis abuelos compré copiadoras, tinta, papel y contraté a jóvenes empleados. No podía permitirme pagar un sueldo elevado y por ello me costó mucho encontrar un perfil que se ajustara a mis necesidades. Suerte que mi buen amigo y vecino Tomás me sugirió que contratara a sus hijos, esclavos de la agricultura y la ganadería, seguro de que aceptarían encantados mi propuesta. Y así fue. Mis trabajadores no eran otros que los cinco hijos de Tomás.

No era una editorial con mucha fama ni muy conocida pero era lo suficientemente buena y leal como para atraer a los pocos y experimentados escritores de la zona. Apenas eran unas 300 copias de cada libro las que surgían de las fauces de la fábrica, teniendo en cuenta que los escritores escribían un libro cada 2 o 3 años aproximadamente. Los escritores que decidían acudir a mí para imprimir sus obras lo hacían porque quizá era la única editorial que no ponía ningún impedimento respecto a la temática del libro y lo que supondría el hecho de salir a la venta. Desobedecía las órdenes que venían de arriba. Siempre tuve el miedo de que acabaran descubriéndome y censuraran mi empresa por desobediencia suprema o por uso clandestino del arte.

Fue un invierno duro sí. Lo más especial de todo este trabajo era el momento de tratar con los escritores en persona cuando venían a hacer la entrega de sus obras escritas a mano. Pero eso dejó de suceder en el momento en qué en los Estados Unidos la empresa Apple Inc., la divina creación de Steve Jobs, comercializó exitosamente la primera computadora personal, el Macintosh 128k. Entonces los escritores empezaron a escribir sus obras a máquina, cosa que les resultaba más eficiente, menos cansado y más cómodo que escribir a mano 200 páginas. Ya no eran los autores quienes venían a mi hangar transformado en un sueño para entregarme la obra original, si no que enviaban a pequeños mensajeros a cambio de unas cuantas pesetas.

Recuerdo a Sebastián con frecuencia en mis largas horas vividas. Él era un autor distinto a los que tenía acostumbrado a editar. Era más perfeccionista que el resto, más serio, más encerrado en su mundo de fantasía a veces tan cruel y difícil como la vida misma. Sus escritos pretendían socorrer a su amada patria de los descaros, las réplicas y las manifestaciones de las personas con una voz contraria, cansadas de bailar por las calles sujetas a unas pautas que atendían solo a las razones de los de que mandan. Pero a pesar de ser así, le debo a Sebas gran parte, si no la totalidad, de mi fama de cara a las afueras del pueblo. Él era columnista del Diario de Barcelona, uno de los diarios más antiguos de Europa, fundado en época napoleónica. Allí solía retratar el gran trabajo de una editorial pequeña, con ilusión, lealtad y profesionalismo que era capaz de satisfacer las necesidades de cualquier escritor tanto de corta como de larga experiencia. Sebastián fue el punto de inflexión para el conocimiento nacional de la que fue mi empresa. Pero el gobierno central decidió el 22 de Marzo dejar de editar el Diario de Barcelona por unos propios motivos que jamás nadie consiguió entender. Maldito sea ese día.

Aquél mismo día mi esposa Lucía decidió emprender camino hacia las Américas en busca de nuevas oportunidades ignorando cuanta atención, dedicación y amor supe darle desde que nos conocimos la primavera de 1967 con apenas 19 añitos. Mi corazón y mis pensamientos vivieron una etapa de desconexión con el mundo. Se acabó. Un sueño más se quedaba ahí. Un hangar que cambiando un par de letras y con el sudor de mi frente convertí en hogar volvía a su niñez, a su infancia. Volvió a transformarse en el apagado y sucio recinto abandonado que era. Dejé la editorial.

Los autores me apoyaron en todo momento y gracias a ellos pude reponerme con rapidez pero mis ilusiones no eran las mismas. Tan solo quería vivir y ser feliz porque como bien se sabe la vida son dos días y ya está pasando el primero.


Recordaré el 22 de Marzo de 1984 cada día de lo que me quede por vivir. Aquél oscuro y frío invierno de 1984. 



Jonathan Montoya García    

lunes, 23 de marzo de 2015

En algún punto...

En teoría debía haber sido divertido. El reloj marcaba las cinco menos cuarto de un día largo. Vivíamos la tregua del frío que parecía deshacer las huellas del camino recorrido. Sacudíamos el polvo de nuestras ropas y mirábamos de frente a lo que nos quedaba por delante.

El tiempo que nos queda ya nunca será igual. Hace ya varias mujeres, otras caricias y algunos besos que las nubes entraron en mis ojos, haciéndolos llover bajo una tormenta de sentimientos. Nos levantamos gran parte de los truenos, dando vueltas en silencio sin saber muy bien porqué. Solos, hundidos. Dejamos un camino que se tuerce por momentos para coger otro que quizá tampoco era demasiado recto. 

Siempre creí que no hay rectas paralelas, que llegados a un punto nuestros serpenteantes caminos  se volverían a encontrar. Desconozco dicho punto, pero mantengo la esperanza de hallarte en él.

Echo en falta desayunar tus te quiero, acariciar tus buenos días y llevarme al trabajo todos tus besos. Echo en falta ahogar mis penas en tus consejos.




Jonathan Montoya García

viernes, 20 de marzo de 2015

Amistad (A mis amigos)

AMISTAD. Hermosa palabra. Hermoso valor. No haré una disertación para discutir qué es la amistad o para qué sirve, ni si hay buenos o malos amigos. Eso ya es evidente. Por eso me centraré en agradecer a mis amigos, aquellos a los que puedo llamarlos así, todo lo que me han hecho sentir y vivir.

Un amigo es aquella persona que lo sabe todo sobre ti, que daría su brazo izquierdo por ti, que sabe cómo te sientes en cero coma, que le basta con mirarte para entenderte y siempre está dispuesto a ayudarte. Obviamente no todo es color de rosa y estoy seguro que los amigos también discuten, pero si lo hacen es por el bien de ambos seguro.

Y es que siempre os tengo rondando en mi cabeza, no os dejo de pensar, pero hoy quería dedicaros estas palabras que dicta mi corazón.

¿Quién no se ha reído un buen rato con las tonterías de uno? ¿Quién no ha rabiado alguna vez con un amigo porque no se ponen de acuerdo en algo? ¿Quién no se ha comido la cabeza por los problemas de un amigo? ¿Quién no ha movido cielo, mar y tierra para tratar de ayudarle? Creo que sería imposible imaginar a un solo amigo, uno de verdad, a quién no le haya pasado nada de lo que digo.

Y es que hay amigos en la distancia o a tan solo centímetros, pero amigos.

Por todo esto y más hoy quería daros las gracias a todos y cada uno de vosotros. Gracias por aguantar mis tonterías, mis ralladas y momentos de melancolía. Gracias por aconsejarme en todo cuanto habéis podido. Gracias por ser amigos que no dudarían si en algo pueden ayudar. Gracias por ser mis mejores amigos.



Jonathan Montoya García

lunes, 2 de febrero de 2015

Para ella (A Núria)

Cierro los ojos y algo extraño sucede. Luz en mi oscuridad y ahí estás tú. Con ese top rosa, unas mallas negras y tus zapatillas de los jueves por la mañana. Auriculares en mano dispuesta a emprender un nuevo camino. Escribiendo sobre el suelo tu libertad. Pisando los charcos de la calzada que un día empaparon tus lágrimas. Mi voz es la melodía que acompaña tu viaje. Un viaje hacia un mañana blanco, hacia una vida mejor. Regalando sonrisas apasionadas a las tristezas callejeras de Madrid.

jueves, 29 de enero de 2015

Esperar


+ Hola.
- Buenas.
+ ¿Qué tal estás? ¿Qué haces?
- Bien, gracias. Pues esperar.
+ ¿Esperar?

Esperar a que caiga la última hoja del árbol que contemplo,
esperar a que caiga el Sol para ver ese perfecto atardecer
y poder ver mi tranquilidad.

Esperar la noche para sonreír a la luna
con la esperanza de que ella haga lo mismo conmigo.
Esperar a que se detengan las agujas del reloj
en el justo instante de leer sus palabras, de escuchar su voz
y de ver la mirada que me devuelve a la vida,
la vida que siempre soñé con vivir.

Esperar a que el mar regrese al marinero
que vuelve tras un largo y solitario viaje
consciente de encontrar a su musa en el puerto de Ayamonte.

Esperar a que el cielo vuelva a ser azul
y mi piel seque sus lágrimas de cada noche.
Esperar a que el amor por una vez
me diga sí en vez de no.


Jonathan Montoya García

miércoles, 28 de enero de 2015

El típico palpitar


Cuando veas lágrimas caer desde un cielo azul
y no entiendas por qué las has de escuchar,
seré yo extrañándote.

Cuando veas a un loco en su velero, apartando cualquier brisa,
navegar en el mar de tus ojos
y naufragar cerca de tu sonrisa,
seré yo extrañándote.

Cuando mires la luna y sin querer tu alma robe otra vez,
piensa,
porque seré yo extrañándote.

Mi corazón palpita,
¡Ay! Cómo palpita cada vez que te veo llegar
¡Ay! Qué locura, qué tortura,
que Cupido de ti me quiso enamorar.

Sí, de ti me enamoré.
No pienso, no duermo, no como, no vivo,
navego a la deriva sin ti.

martes, 20 de enero de 2015

No se puede

No se puede...
No se puede ir de comandante siendo un soldado, no se puede necesitar y no necesitar a tu antojo, no se puede disfrutar sufriendo, no se puede reír llorando pero sí llorar riendo.
No se puede hablar por hablar ni callar por temor, no se puede recibir sin antes dar amor.
No se puede prescindir de algo imprescindible como no se puede creer aquello que increíble es.
Y es que cuando no se puede, no se puede.