viernes, 26 de enero de 2018

Todo empezó en aquella casa. (Capítulo XI)

No tenía escapatoria. Me había colado en el autobús y el revisor ya pedía el billete a los pasajeros para comprobar que todo estuviera en orden. Conforme se acercaba a mi asiento mis piernas temblaban mucho más rápido. No sabía dónde meterme. El revisor era un hombre alto y delgado, tenía los ojos claros, pálido, con perilla y unas piernas muy delgadas. Vestía con un chubasquero azul y un pantalón de pana marrón propio de los años 90. Ya estaba encima de mí y con una amable sonrisa me preguntó:

- Hola chaval, ¿puedo ver tu billete?
- ...Si... Quiero decir, no... - Tenía un gran nudo en la garganta que no me dejaba articular palabra.
- ¿Perdón? - Dijo el revisor cambiando volviendo el tono de su voz algo más irritante. - Debo comprobar si tu billete es correcto. ¿Tienes el billete?
- No. Lo debo haber perdido. Lo guardé en el bolsillo y no está - Mentí para intentar salvarme de la multa.
- Chaval, subirse al autobús sin pagar el billete es delito. La multa es de 100 euros. 
- ¡No tengo 100 euros! Si no he podido ni pagar el billete... - Rompí a llorar.
- Lamentándolo mucho, te haré bajar en la siguiente parada y te llevarás la multa.


No podía creer lo mal que me estaba saliendo todo. Vaya mierda de día. Lucía quién sabe dónde estaría y yo, recorriéndome media ciudad por tal de encontrarla y saber que está bien. Encima me llevé una multa por no pagar el billete de bus. ¿Qué podía salir peor? Insistí millones de veces en llamarla y enviarle mensajes de texto pero no obtuve ninguna respuesta. Cada intento de saber algo de ella me alejaba más de saber dónde estaba.

El reloj marcaba ya el medio día y el hambre apretaba. Deambulaba buscando alguna respuesta a mis infinitas preguntas y ahora tenía hambre. A veces hasta creía enloquecer y tener alucinaciones, ver oasis dónde no los hay y confundir a las gentes con ella. Una y otra vez en mi mente sonaba su voz recordando sus palabras aquella noche.

Paraba a descansar en algún banco y al cerrar los ojos podía verla bailando a mi lado, joder... Parecía una puta película sin director ni cortes de escenas. Estaba tan bien recordándola que ni si quiera me di cuenta que a mi lado había un pobre hombre sin techo, con ropas viejas, rotas y sucias. El hombre aún guardaba un trozo de pan y un par de lonchas de queso. Imagino que me vio hambriento o escucharía a mi estómago rugir de hambre que sin decir nada, sin haber compartido ni si quiera una mirada, extendió su brazo ofreciéndome su único manjar. Sé que no debí aceptarlo pero el hambre apretaba.  Le di las gracias y su respuesta me dejó atónito.

- Sé por lo que estás pasando. Sacia tu sed con lo poco que puedo ofrecerte chaval, te queda mucho por delante... A mí... El de la guadaña vendrá a verme pronto. Lucha por lo que amas y ama lo que tienes, porque uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde - Dijo el mendigo.
- Gracias, señor.


Es curioso cómo nos cegamos muchas veces en ignorar aquellas cosas que darían por nosotros cualquier cosa. Como somos tan necios que hasta que no nos vemos hundidos del todo no vemos lo que es la vida y para lo que sirve. Y es cuando ves que las personas a las que a veces se las considera de la franja más inferior en la escala social son las que nos dan las lecciones más importantes de la vida. Que no es más rico el que más tiene, si no el que menos necesita.

Al poco tiempo ese hombre dejó de hablarme, dejó de moverse, dejó de respirar. Por más que pedí ayuda, por más gritos que lancé con las fuerzas que me quedaban, nadie, absolutamente nadie, reparó un segundo en ayudar. Pobre hombre... Hoy sé que lo que hizo fue una señal, una llamada. No podía rendirme. No podía clavar mi bandera blanca.





CONTINUARÁ...   *último capítulo publicado en Blogger