miércoles, 18 de marzo de 2020

¡Con coraje!

Escuchad hijos míos... 

Cuando más perdida creáis que está la batalla, cuando las piernas sintáis que se arrastran por este vano mundo, cuando los brazos no pasen de la cintura, cuando el alma corra más deprisa que el cuerpo, no os rindáis; recordad que peor es no estar de pie, que peor es no poder ver ni escuchar, o aún más... No respirar. 

Así que levanta tu puño, llévalo a lo más alto, con garra, con fuerza, con esfuerzo y sacrificio, con alma, con ímpetu, con hambre, ¡con coraje!

Respirad este olor a azufre, a venganza, no os dejéis llevar por la melodía que os tranquiliza y os convierte en carroña para buitres, sed ese ave fénix que tanto anheláis, renaced, con más energía, con más sed, con fuego, con aire y tierra, ¡con coraje!

Solo así, solo de esta manera llegaréis al mañana dibujando entre lágrimas una sonrisa que sabe a victoria, cuando miréis ora un lado ora al otro y veáis espejos en vuestros compañeros, cuando sintáis que lo habéis logrado, cuando dejéis atrás los ríos de sangre y sudor derramados por vuestros antepasados, solo así llegaréis a ver el color de la paz, ese color que hoy os tatuáis, con tinta imborrable, con claridad, ¡con coraje!

Y recordad: Que el camino que hoy recorréis no es nada fácil, que nada estaba escrito, que quienes peor lo tenían han salido victoriosos en miles de batallas más rudas, más fieras, pero que con el oro por bandera, con su identidad, con su propia seña y su linaje, con su propia sangre han conseguido estar hoy aquí en una forma que tal vez ni veamos. 

Serán ese polvo de arena que se desvanece entre tus dedos, serán las gotas de lluvia que caen sobre nosotros, serán los latidos de vuestros corazones. Serán vuestro nombre, vuestro apellido y lo llevaréis con orgullo, con esperanza, ¡Con coraje!



viernes, 26 de enero de 2018

Todo empezó en aquella casa. (Capítulo XI)

No tenía escapatoria. Me había colado en el autobús y el revisor ya pedía el billete a los pasajeros para comprobar que todo estuviera en orden. Conforme se acercaba a mi asiento mis piernas temblaban mucho más rápido. No sabía dónde meterme. El revisor era un hombre alto y delgado, tenía los ojos claros, pálido, con perilla y unas piernas muy delgadas. Vestía con un chubasquero azul y un pantalón de pana marrón propio de los años 90. Ya estaba encima de mí y con una amable sonrisa me preguntó:

- Hola chaval, ¿puedo ver tu billete?
- ...Si... Quiero decir, no... - Tenía un gran nudo en la garganta que no me dejaba articular palabra.
- ¿Perdón? - Dijo el revisor cambiando volviendo el tono de su voz algo más irritante. - Debo comprobar si tu billete es correcto. ¿Tienes el billete?
- No. Lo debo haber perdido. Lo guardé en el bolsillo y no está - Mentí para intentar salvarme de la multa.
- Chaval, subirse al autobús sin pagar el billete es delito. La multa es de 100 euros. 
- ¡No tengo 100 euros! Si no he podido ni pagar el billete... - Rompí a llorar.
- Lamentándolo mucho, te haré bajar en la siguiente parada y te llevarás la multa.


No podía creer lo mal que me estaba saliendo todo. Vaya mierda de día. Lucía quién sabe dónde estaría y yo, recorriéndome media ciudad por tal de encontrarla y saber que está bien. Encima me llevé una multa por no pagar el billete de bus. ¿Qué podía salir peor? Insistí millones de veces en llamarla y enviarle mensajes de texto pero no obtuve ninguna respuesta. Cada intento de saber algo de ella me alejaba más de saber dónde estaba.

El reloj marcaba ya el medio día y el hambre apretaba. Deambulaba buscando alguna respuesta a mis infinitas preguntas y ahora tenía hambre. A veces hasta creía enloquecer y tener alucinaciones, ver oasis dónde no los hay y confundir a las gentes con ella. Una y otra vez en mi mente sonaba su voz recordando sus palabras aquella noche.

Paraba a descansar en algún banco y al cerrar los ojos podía verla bailando a mi lado, joder... Parecía una puta película sin director ni cortes de escenas. Estaba tan bien recordándola que ni si quiera me di cuenta que a mi lado había un pobre hombre sin techo, con ropas viejas, rotas y sucias. El hombre aún guardaba un trozo de pan y un par de lonchas de queso. Imagino que me vio hambriento o escucharía a mi estómago rugir de hambre que sin decir nada, sin haber compartido ni si quiera una mirada, extendió su brazo ofreciéndome su único manjar. Sé que no debí aceptarlo pero el hambre apretaba.  Le di las gracias y su respuesta me dejó atónito.

- Sé por lo que estás pasando. Sacia tu sed con lo poco que puedo ofrecerte chaval, te queda mucho por delante... A mí... El de la guadaña vendrá a verme pronto. Lucha por lo que amas y ama lo que tienes, porque uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde - Dijo el mendigo.
- Gracias, señor.


Es curioso cómo nos cegamos muchas veces en ignorar aquellas cosas que darían por nosotros cualquier cosa. Como somos tan necios que hasta que no nos vemos hundidos del todo no vemos lo que es la vida y para lo que sirve. Y es cuando ves que las personas a las que a veces se las considera de la franja más inferior en la escala social son las que nos dan las lecciones más importantes de la vida. Que no es más rico el que más tiene, si no el que menos necesita.

Al poco tiempo ese hombre dejó de hablarme, dejó de moverse, dejó de respirar. Por más que pedí ayuda, por más gritos que lancé con las fuerzas que me quedaban, nadie, absolutamente nadie, reparó un segundo en ayudar. Pobre hombre... Hoy sé que lo que hizo fue una señal, una llamada. No podía rendirme. No podía clavar mi bandera blanca.





CONTINUARÁ...   *último capítulo publicado en Blogger


sábado, 21 de octubre de 2017

Todo empezó en aquella casa. (Capítulo X)

Cuando todo lo crees perdido, cuando en tu cabeza solo se oye un "se acabó", siempre, siempre hay algo o alguien que te dice: No te rindas. No todavía.

Me encontraba en aquél taxi negro, sentado en los asientos traseros mirando por la ventanilla, viendo pasar uno tras otro los bloques de pisos teñidos de un color parecido al del recuerdo. El taxista, un hombre sabio, no dejaba de mirarme por el espejo interior, sé que se preguntaba qué demonios me ocurría y entonces se decidió a hablar:

- Siento meterme donde no me llaman, pero si algo me ha enseñado la vida es a no darme por vencido en aquellas cosas que más me importan, a preocuparme por lo que más quiero; y usted... Conozco esa mirada... ¿En qué piensa?

No respondí. Ni si quiera lo había escuchado. Mi cabeza estaba en mil sitios a la vez. La lluvia empañaba los cristales del taxi y apenas podía ver a través de ellas, estaban, casi tan nubladas como mis ojos, empapados por las lágrimas.

- Caballero, si no quiere decir nada, al menos dígamelo, pero no se haga el sueco. - Replicó el taxista.
- ¡Dedíquese a conducir y lléveme rápido! ¡Métase en sus asuntos! - Le respondí con rabia.
- ¿Perdone? Los taxistas no solo somos conductores. Somos personas, escuchamos a nuestros pasajeros, no solo ofrecemos el servicio de desplazamiento, podemos ser psicólogos, alguien con quien descargar tensiones y desahogarse...
- ¿¡Quiere dejar de insistir!? No le importan mis problemas.

De pronto el taxista frenó de manera violenta y mi cabeza no chocó con el asiento delantero gracias al cinturón de seguridad.

- Bájese. - Dijo el taxista
- ¿C... Cómo?
- Bájese. Hasta aquí ha llegado su trayecto. No pienso llevar a alguien que no valora cuando una persona quiere ayudar desinteresadamente. Que no entiende que lo único que pretendo es hacerle sentir mejor porque conozco esa cara, sé lo que es luchar por amor. Vamos, si se le nota en los ojos... Está enamorado de alguien y por su actitud se ve que quiere luchar. Yo, tan solo pretendía ayudarlo y usted se ha negado. ¿Sabe? Ni si quiera se dio cuenta que yo no estoy de servicio, y aún así decidí ayudarlo porque lo noté en su mirada. Pero así... No se hacen las cosas. Verá, más adelante tiene una parada de autobús, la línea 13 conduce a su dirección. Espero que tenga mejor suerte.

No supe qué decir. Ese hombre... Desprendía sabiduría, sé que quería ayudarme y había tirado por la borda una oportunidad única. A veces en tu camino se cruzan personas que llegan para mejorar tu vida pero el hombre es caprichoso y la sangre caliente juega malas pasadas. No nos quitamos la venda y no vemos que lo que más necesitamos y nos hace bien está más cerca de lo que creemos. Y yo, había perdido esa oportunidad por necio.

Seguí caminando sin dejar de pensar en el día tan asqueroso que llevaba. Empapado por la lluvia y mis lágrimas, solo, lejos de mi hogar, buscando a Lucía. ¿Por qué tenía que pasarme esto a mi? Lucía vuelve... Al poco logré llegar a la parada de autobús. En veinte minutos llegaba el L-13. En mi bolsillo apenas restaban cuarenta céntimos y el autobús valía un euro con treinta céntimos.

En la parada una señora mayor se acercó y me preguntó si me encontraba bien. Me vio llorar, desconsolado y triste. Solo pude decirle que estaba bien, que no se preocupara por mi. El autobús acababa de llegar y aproveché cuando la gente subía al bus para colarme por la última puerta. Conseguí entrar sin pagar el billete y me senté en la última fila. Dos paradas más adelante mis piernas empezaron a temblar y noté un sudor frío recorriendo mi espalda. Había subido un revisor.


CONTINUARÁ...



←Capítulo anterior         Siguiente capítulo→

jueves, 28 de septiembre de 2017

Todo empezó en aquella casa. (Capítulo IX)

60 minutos. Es lo que quedaba para verla por última vez. ¿De verdad? ¿Sería la última vez que la vería? No podía quedarme quieto ni un solo segundo. Estaba muy nervioso, sentía taquicardias, me faltaba el aire. ¿Qué sería de mi sin ella? La quería...

El Sol caía. El camino que conducía al puente en el que habíamos quedado cada vez se volvía más largo y sinuoso, se me hacía cuesta arriba. El frío arreciaba, arremetía contra las copas de los árboles que bordeaban el camino y la humedad calaba mis huesos. Temblaba de frío y deseaba tanto poder encontrarme ya con ella. Mi cabeza iba a estallar, mis pensamientos la convertían en una olla a presión. Mientras intentaba desviar mi concentración a ninguna parte pateando una de las piedras que encontré en el suelo, de pronto un niño que pasaba por allí se acercó a mi.

- Ten, esto es para ti.
- ¿Cómo? ¡Eh! ¡Niño! ¿Quién te ha...?

Fue inútil insistir. Tal como me dio aquél sobre el pobre chaval salió corriendo. Por un momento no sabía qué diantres ocurría, apenas recordaba qué hacía en ese camino hasta que leí lo que ponía en el sobre:



No sabía qué hacer. Mis manos sudaban y casi podía entrever lo que había dentro de ese sobre. El Sol ya no estaba y las pocas farolas de ese camino empezaban a encenderse para iluminar la calle a trozos. ¿Por qué me pedía perdón? ¿Qué ocurría? Apenas faltaban diez minutos para que dieran las seis de la tarde y habíamos quedado en el puente que estaba a tan solo trescientos metros de donde yo me encontraba. Decidí llegar hasta el puente y allí me senté en el único banco que había. Tenía que hacerlo. Abrí el sobre y ésto es lo que encontré:



          "A mi pequeño John,

Si estás leyendo esto quiere decir que la última cosa que he hecho por ti ha salido bien. Gracias a ese niño puedo decirte lo que en persona no hubiera podido contarte. La única pega es que ese niño se llevó los últimos céntimos que me quedaban en el bolsillo...

Primero quiero y debo pedirte perdón. Por no haber cumplido mi parte y no estar ahora ahí, sentada, contigo. No podía hacerlo. Todo lo que ha pasado, lo que se supone que debía haber salido perfecto, sobre ruedas, todo ha dado un giro inesperado y no puedo sobrellevar esta situación. Te pido perdón por despedirme de esta manera, sí, me voy. No sé a dónde, pero espero estar bien. Segundo, quiero darte las gracias. Por demostrarme millones de cosas en apenas una noche, por hacerme reír cuando más lo necesitaba, por entenderme, por todo, gracias. Si ves que hay alguna mancha en este papel, no te preocupes debe de ser alguna lágrima. Quiero que sepas que en mi interrogatorio, hablé con los agentes y entendieron la situación, todo va a salir bien John, lo prometo. Ellos saben lo que habían de saber y tienen lo que han de tener para dar con el impresentable que acabó con Zalo y que con él se llevó nuestra felicidad. Yo no quería que pasara nada de esto... Yo... 

Esta es ya la no sé qué carta que he escrito y es que me veo obligada a decirte algo que no quiero, mi cabeza y mi corazón se discuten con el bolígrafo... Solo quiero que hagas una última cosa por mi. No me busques. Deja que todo se arregle y el destino, como ya ha hecho una vez, volverá a cruzarnos en el camino. Estoy segura. Gracias por tanto y perdón por todo.


Con amor y cariño,


                                                                                                                             Lucía Smith."




Dios mío.... No podía ser verdad... Lucía, se había marchado, sin decirme adiós, sin poder verla por última vez, sin poder decirle un último "Te Quiero". Ya no me quedaba nada. Caí al suelo, rendido, sin ganas. Había llegado el momento, ese en el que hasta aquí podía leer. Me acerqué a la oxidada barandilla de aquél maldito puente, el puente que desde hoy para mi cambiaría de nombre: El Puente del Adiós. Mas cuando ya todo lo creía perdido, cuando mis ojos no podían contener un segundo más mi llanto, el cielo me mandó una señal. Una pluma blanca cayó sobre mi, las nubes me mandaban un mensaje en forma de lluvia,  me decían "no temas, nosotras lloramos por ti". Y de pronto, el niño del sobre apareció de nuevo. 

- ¡Señor! ¡Eh, señor! - gritaba el niño acercándose a paso ligero hacia a mi - Siento haber salido corriendo antes... Ten, esto no es mio y te he visto llorar. Esa chica también lloraba cuando me dio ese sobre, son... ¿novios?
- Esto... - intentaba responder secándome las lágrimas - Si.. quiero decir... no... no lo sé.
- Señor... No llore más, por favor. Ella me dijo algo antes de marcharse.
- ¿Qué te dijo? Vamos, ¡dime! 
- Me dijo que ella se iba sonriendo, tranquila de que algún día volverá y quería que quien leyera esta carta, fuera feliz porque es lo que se merece.

Aquellas palabras erizaron mi piel. Podía leerse a través de mis ojos que no me iba a rendir. Esto no podía quedar así.

- Gracias niño. De verdad, gracias.
- De nada señor. - dijo el niño volviéndose por donde había venido.

A pocos metros había una parada de taxi

- ¡Taxi! ¡Taxi! Lléveme a esta dirección, por favor. Rápido.
- En seguida, suba.







CONTINUARÁ...





miércoles, 6 de septiembre de 2017

Todo empezó en aquella casa. (Capítulo VIII)

Estaba roto. Las lágrimas inundaban mis ojos y mis puños contenían cantidades incalculables de rabia. Tan solo pude mirarla un par de segundos, lo justo para ver su intranquilidad. No me dejaron abrazarla, no me dejaron decirle un "tranquila, yo estoy contigo". Ya no había nadie, solo ella se quedó allí, bajo la custodia de los agentes de policía. 

- Muy bien, usted es la última señorita Smith, adelante pase. - Dijo uno de los agentes. - Sé que todo ha sucedido con extrema rapidez y por ello está atormentada. Uno de sus mejores amigos, Gonzalo, ha sido asesinado. Sus compañeros ya han prestado declaración y solo queda usted por declarar y su testimonio es de los más relevantes para permitirnos avanzar con claridad en el caso, así que necesitamos que responda con total sinceridad a todas y cada una de nuestras preguntas. ¿Entendido?.
- Sí, señor... - Balbuceaba Lucía.
- Bien pues empecemos, ¿Qué relación tenía con la víctima?-
- Gonzalo y yo nos conocíamos casi desde que nacimos. Nuestras madres se conocieron en el hospital, ambas dieron a luz el mismo día con lo que Gonzalo y yo tenemos la misma edad, bueno... Teníamos... - Contaba Lucía mientras sollozaba. - Teníamos intereses comunes, algunas diferencias y nos llevábamos demasiado bien. Él y yo tuvimos algo más que una amistad hace como tres meses, yo tengo novio, pero él era tan... increíble conmigo, que no pude evitar dejarme llevar por sus ojos y caí. Él no sabía que yo tenía pareja y me duele saber que ahora ya no lo va a saber... Yo, agentes... - No podía contener el llanto.
- Está bien, Srta. Smith, relájese. ¿Quiere un vaso de agua?
- Sí, por favor.
- Tenga.
- Gracias.
- Continúe.
- Como le decía Gonzalo no sabía nada de la relación que mantenía con mi chico y a mi me costó muchísimo dejarlo a él. Lo entendió. Me sorprendió que no se lo tomara a mal. Seguimos siendo los mismos amigos y confidentes que fuimos siempre, sin embargo, a mi pareja... Yo... Tuve que contárselo y.. buf... No puedo agentes... - De nuevo rompió a llorar.

Los agentes de policía se miraban atónitos. Ahora ya no hacía falta recurrir a los papeles de poli bueno y poli malo, con Lucía era distinto. Era la víctima moral más directa en el caso y ellos sabían que no podían actuar como con el resto de compañeros.

- Teniente, acompáñeme por favor. - Invitó a salir fuera de la sala a su compañero.
- Srta. Smith, discúlpenos un segundo, gracias.
- Karl, ¿has visto eso?
- ¿Ver, el qué?
- Sus manos y sus piernas. No ha dejado un segundo de mirar fijamente a un punto de la mesa mientras se balanceaba nerviosa, a su vez se frotaba constantemente las manos y mantenía los pies cruzados con un temblor notable. ¿Qué significa? Vamos, recuerda las clases de psicología e interpretación de gestos de la academia.
- Bueno, no me había fijado, pero si es como dices tenemos varias hipótesis. Puede estar nerviosa de verse en una situación así al no haberlo estado antes o puede estar ocultando algo.
- ¡Bingo, amigo! Nerviosa es obvio que lo está, solo hay que verla. Con lo que está ocultando algo amigo mío. Tenemos que intentar averiguar qué esconde. Volvamos adentro. 

Mientras los policías trataban sus temas en la entrada de la sala, Lucía seguía nerviosa, hasta sudaba y tenía miedo de qué le podía pasar ahora. Tenía mil cosas en la cabeza y sabía que se le notaba.

 "¿Debo contarlo? Y si lo digo... ¿Qué pasará? Tengo miedo... ¡Joder, joder y joder!" 

Lucía se lo repetía una y otra vez en su cabeza.

- Ya estamos aquí Srta. Smith. ¿Se encuentra mejor?
- Más o menos agentes... - Suspiró.
- Mientras más tiempo perdamos, peor para todos. Bien, Srta. Smith, debemos conocer todo el entorno que gira al rededor de todos sus compañeros, incluida usted. ¿Quién es su pareja?

Lucía dejó de respirar. En su mente parecía resquebrajarse todo. Eso era lo que temía, esa jodida pregunta.

- ¿Tengo que contestarles a eso? - Intentó evitar Lucía.
- Me temo mucho que sí, cualquier información es buena para nosotros y nos ayudaría a esclarecer este asunto.
- Mi pareja... es mayor que yo. Él ha tenido una infancia frustrada, sus padres se divorciaron cuando él era un adolescente e ingresó en un centro reformatorio de menores, muy cerca de aquí. Al salir del reformatorio él fumaba y se drogaba, robaba, era muy violento hasta que nos conocimos. Entonces todo cambió. Juntos salimos hacia adelante, lo ayudé a tratarse y consiguió desengancharse de las drogas y el alcohol, pero su agresividad seguía igual. Verán... Al principio como en casi todas las relaciones es todo de color de rosa, todo es maravilloso y espectacular, pero con el tiempo te das cuenta que nada cambia. Me prohibía salir con amigos, ir de fiesta y hasta salir con ropa corta. Es muy machista, me maltrata, pero tengo miedo... Lo quiero, pero no lo quiero para mí.
- Está bien Srta. Smith. ¿Lo ha denunciado alguna vez?
- No. No me he atrevido.
- ¿Sabe que lo que está contando es delito verdad? ¿Tiene algún informe médico que demuestre el maltrato?
- No, nunca fui al médico por sus heridas. Entiendo que las hacía porque me quiere demasiado y no controla sus impulsos. 
- Eso no justifica nada Srta. Smith. Cuando una persona quiere a alguien no piensa en hacerle daño y si dice que la maltrata se trata de una acción y una actitud incoherente, indisciplinada, desmedida y reprochable. Además está severamente castigada por el código penal, pero para ello debe haberse procesado alguna denuncia o tener un informe válido como prueba de lo que denuncia.
- Lo sé... Pero no puedo hacerlo señor... ¡Lo quiero!

El reloj se olvidó de contar las horas y casi había dado media vuelta. Casi diez horas de interrogatorio. Mientras, yo llegaba a casa en uno de los taxis que la Policía había dispuesto para los chicos.  Mi cabeza daba mil vueltas a todo lo que había pasado esa noche. Millones de porqué me asaltaban una y otra vez. Pero algo me tenía especialmente preocupado. La última imagen que tuve de Lucía, fue demoledora... ¿Qué demonios ocurría? La llamé varias veces y no cogía mis llamadas ni respondía a mis mensajes. ¿La habría perdido? Dos pérdidas en una noche, cuando todo parecía salir sobre ruedas...

Aún confiaba en que no fuera así, y pudiera despertarme y hablar de esto como si fuera una pesadilla. Por desgracia era real. Cuando decidí desistir y dejar de intentarlo, y me tiraba en la cama a esperar que pasara la vida frente a mi, sonó el teléfono. Era Lucía, me escribía.







CONTINUARÁ...






lunes, 3 de julio de 2017

Todo empezó en aquella casa. (Capítulo VII)

A veces la vida da un giro de 180º y te lo pone todo del revés. Lo que estuvo bien ahora está mal, lo que hubiera estado mal es lo que al final está bien. Nunca mantenemos los pies en línea recta. Deambulamos a través de curvas, de subidas y bajadas y desde luego, es así.

De pronto el cielo pareció teñirse de un color tenebroso. Me partían rayos. Nos llovían los ojos. Todos nos dimos cuenta de que aquél cuerpo tendido en el suelo, sin vida, era el de nuestro gran amigo Gonzalo. No podría describirte con exactitud lo que sentimos en aquél momento, fue algo... tan... inesperado, doloroso, injusto. 

- Vamos, ¡Muévanse, apártense, fuera del perímetro, por favor! - Gritaban las autoridades mientras tendían la cinta roja que rodeaba el lugar del crimen.
- ¡Dejadme pasar! ¡Es mi amigo joder! ¡¡Nooooo!! ¡¡Gonzaloooooo!! - Arremetí contra todo y contra todos, quería saltar por encima del cordón policial. No me atrevía a aceptar lo que había pasado. Finalmente mis rodillas empezaron a flaquear y cedieron, caí al suelo. 
- ¡John! ¡Eh! Vamos, tranquilo, ya está... No pasa nada, shhhh.... No llores más. - Sollozaba Lucía acompañada por el resto de la pandilla.
- No puede ser. No... Él no... - No podía dejar de llorar. La impotencia se apoderaba de mí. Era tanta la rabia que sentía que sin querer hice daño a Lucía en un último arrebato de intentar llegar a Gonzalo. 

Mientras, en una de las ambulancias, atendían a Asier preso del miedo y en estado de shock. Su dieciocho cumpleaños convertido en una película de terror. Una película real. Una situación de lo más inimaginable. Las chicas intentaban consolarnos a nosotros pero ellas apenas podían articular una sola palabra. 

Allí empezó a acumularse demasiada gente, mucha ambulancia y agentes de policía. Perdí el rastro del cuerpo. Tan solo alcancé a ver cómo introducían la camilla dentro de la ambulancia. Pareció pasar todo tan deprisa, y la realidad es que estábamos al alba de una nueva mañana, un mañana gris. 

El jefe de policía se acercó a Santi y le dijo que debíamos ir con ellos a comisaría a prestar declaración. Cabizbajos, sin aliento, petrificados y totalmente hieráticos subimos al furgón camino de las dependencias policiales. 

Una vez allí nos hicieron pasar uno a uno a una especie de sala pequeña, fría y oscura. En medio tan solo había una mesa y dos sillas alumbradas por un único foco. El primero en entrar fue Santi. Acompañado por dos hombres vestidos de traje y con placa. El primero de ellos con bigote y perilla, unos 37 años. El segundo, que parecía ser el jefe, era un hombre de entre 50 y 60 años, moreno y robusto. Al resto nos dejaron en habitaciones separadas. Nos dijeron que formaba parte del protocolo de actuación en este tipo de sucesos. No podíamos hablar entre nosotros.

Me iba a estallar la cabeza. No podía de dejar de mirar las cuatro paredes que me rodeaban. 

Delante.
 Izquierda.
 Derecha. 
Abajo.



 Delante.

Izquierda.
 Derecha.
 Abajo. 

Me tiraba de los pelos, quería llegar a responder a mi única pregunta: ¿Por qué? 

Tras casi una hora y media de interrogatorio, dejaron salir a Santi y lo enviaron directamente a casa. No nos dejaban tener ni un pequeño contacto visual. Nada. El reloj parecía pasar de nosotros y continuaba contando las horas. Fuimos pasando todos y a medida que salíamos el rostro de los policías se volvía más inquietante y nervioso.

- ¿John Montgomery? - Llamaron desde el interior de la sala.
- ... Yo. - Respondí tragando saliva. 
- Adelante. Pase y siéntese ahí. - Me indicó el policía moreno y robusto.
- Muy bien. Hemos escuchado atentamente las versiones del resto de sus amigos y han contestado a todas nuestras preguntas. Según nos han indicado usted era uno de los más afines a la víctima. ¿Qué relación los unía?
- Zalo y yo nos conocíamos desde que éramos unos críos. Fuimos juntos a parvulario y de ahí en adelante nos convertimos en casi uña y carne. Éramos inseparables. Hacíamos los deberes juntos, incluso llegamos a coincidir en las clases de inglés. Nos entendíamos bien. Además era muy buen amigo de mi novia... perdón, de mi amiga Lucía. Sé que tuvieron algo en un pasado, pero aquello terminó y ahora, bueno hasta hoy seguían siendo muy buenos amigos. No sé, agente, no entiendo por qué le ha tenido que pasar algo así a él. Todo lo que hacía, lo hacía porque sí, sin más.
- Entiendo. Verá  Sr. Montgomery, al parecer según nos ha informado recientemente nuestro médico forense, lo que acabó con la víctima fue un herida por arma blanca, una perforación desde la espalda hacia adelante que causó la muerte al instante. Encontraron el arma homicida a unos pocos metros de donde se encontraba el cadáver y no han podido hallar ningún tipo de huella. Por la altura de la víctima y el lugar donde se provocó la herida, podemos deducir que el asesino mide entre 1,75 y 1,80; ¿cuánto mide usted? 
- 1,85 señor. ¿¡Qué insinúa!? ¿¡Que fui yo quién mató a Gonzalo!? ¡Soy su mejor amigo, agente! Aclaren esto cuanto antes, el asesino de mi amigo está libre, sonriendo como si no hubiera pasado nada mientras tiene aquí, llorando y desolados a todos y cada uno de sus amigos. ¿Y qué me dice de sus familiares? Su tía nos prestó su casa para la fiesta de Asier. ¿En serio creen que yo haría algo así? - Empecé a ponerme tenso y nervioso.
- Tranquilícese Sr. Montgomery. - Replicó el otro policía. - No queremos decir que usted sea el culpable, pero tras escuchar las versiones de sus amigos, usted fue el único que mientras todos permanecieron dentro de la casa, salió a la calle durante un largo período de tiempo. Al poco después de que la víctima decidiera salir también. No lo incriminamos pero entienda que nuestro deber es llegar al fondo de la cuestión. ¿Tendría algún motivo por lo que deshacerse de Gonzalo?
- ¿¡QUÉ, QUÉ!? Vamos agentes, ¿¡Es que no me escuchan!? Gonzalo era lo único que yo tenía. Además, estuve con Lucía en el jardín. - Acabé soltando roto e inmerso en un llanto interminable.

Al salir, de reojo y entre lágrimas, pude ver la cara de Lucía. Ella aún no había entrado, pero su semblante no era el mismo de antes. Estaba pálida, asustada, hasta se hiperventilaba, algo parecía darle mucho miedo, pero... ¿Qué sería? 

Mientras prestábamos declaración, Lucía recibió este mensaje de WhatsApp en su móvil:





CONTINUARÁ...                              ←Capítulo anterior              Siguiente capítulo→



jueves, 4 de mayo de 2017

Todo empezó en aquella casa. (Capítulo VI)

La Torre Eiffel, París; el Taj Mahal, la India; el Coliseo, Roma; la Estatua de la Libertad, Nueva York... Todo significó ese beso. Así, cómo imágenes que pasaban unas tras otras en apenas diez segundos. Luces de colores, fuegos artificiales, música de violines. No quería parar. Sus labios eran imanes, se separaban y me atraían continuamente. Nos quedamos allí minutos, quién sabe si horas. La noche estaba hecha para nosotros.

- Ojalá no se terminara nunca esta noche, ojalá pudiera detener el tiempo de verdad y quedarme a vivir aquí para siempre, contigo. - Dije mientras la abrazaba bajo el viejo roble del jardín.

Ella tan solo sonrió. No parecía recordar en ningún momento a su pareja, de hecho, su pareja aquella noche fui yo. Tras quedarnos otro buen rato allí tumbados regresamos a la casa. La recogí en mis brazos y a patadas llamé a la puerta. Fabián nos abrió con la camisa hecha pedazos.

- ¡Pero bueno! Fabián, no me habías dicho que te ibas al zoo. - Bromeé al ver los arañazos en su camisa. Saray y Ana, despeinadas, como lobas hambrientas, no dejaban de reír avergonzadas. Santi y Jessica bajaron, al fin, de la habitación; habitación que no quería ni imaginarme cómo estaría.

- ¿Y vosotros? ¿Y esta entrada triunfal? ¿Dónde estábais, eh? - Preguntó Fabián entre sonrisas y guiños cómplices.
- Digamos que estábamos conociéndonos un poco más. Decidí salir a tomar el aire, necesitaba unos minutos de desconexión y ella salió, se sentó conmigo y bueno... charlamos. - Respondí mirándola a los ojos.

Menuda noche. Todos solteros y en una fiesta con un poco de alcohol acabamos todos emparejados. 18 años, qué esperabas.

- ¡Chicos! ¿Sábeis algo de Gonzalo? - Interrumpió Asier.
- Ostia... ¿Hace ya mucho que salíó no? - Dijo Jessica
- Es verdad... Voy a llamarlo. - Susurré cogiendo el teléfono.

Uno... Dos... Tres... Cuatro... y así hasta nueve tonos de llamada dejé pasar. Saltó el buzón.

- No contesta.
- Qué raro... Zalo no suelta el móvil casi para nada. - Respondíó Santi.
- Bueno, igual se ha encontrado con alguien y por eso tarda un poco más, o se le ha apagado el móvil, creo que dijo que no le quedaba mucha batería. - Intentó tranquilizar Ana.
- Es posible, esperemos un poco más, si no, saldré a buscarlo. - Terminé.

De pronto se hizo el silencio. La preocupación adoptaba cada vez más el papel de protagonista en cada uno de nosotros. Y fue a más en el momento que escuchamos lo que escuchamos. Sirenas. Muchas y muy cerca de la casa.

Rápidamente, pusimos el off a la música, encendimos luces, cogimos chaquetas y abrigos y salimos fuera. La vista nos alcanzaba únicamente a divisar los destellos rojos y azules de los coches de policía. Echamos a correr hacia el lugar de dónde provenían las luces y sirenas. Cuatro calles más abajo. Tres coches de polícia, dos furgones y una ambulancia. Algo gordo había pasado y Zalo seguía sin coger el teléfono.

Nos movimos por el lugar y en un punto mi cuerpo se detuvo. Mis reflejos solo me dejaron agarrar por el brazo a Lucía. Me quedé petrificado, helado. En el suelo, casi en la carretera, yacía un cuerpo sin vida oculto bajo el papel dorado que extendía uno de los médicos. No sabía si respiraba ni si mi corazón seguía latiendo cuando, a lo lejos y posiblemente algo confundido por las luces, logré divisar el calzado que vestía la víctima. No podía ser verdad. Era imposible, no, no y no...
Eran las bambas de Zalo. 




CONTINUARÁ...                             ←Capítulo anterior               Siguiente capítulo→

martes, 14 de marzo de 2017

Todo empezó en aquella casa (Capítulo V)

¿Conocéis esa sensación que recorre vuestro cuerpo cuando, a partir de un determinado momento, ya nada vuelve a ser igual? Pues nada volvió a ser lo mismo después de lo que ocurrió. Que en sí no pasó nada, pero aquel comentario fue... demoledor.

No podía terminar de creer como se podía ser tan cobarde. Ya no pensaba en ella, ni en mis amigos, ni en la fiesta. No podía quitarme de la cabeza las ganas de encontrarme con semejante personaje sin corazón. Ni Lucía, ni nadie debe ser objeto del maltrato, es algo imperdonable en la vida. Entiendo que Lucía tuviera miedo y que tal vez por la edad, qué sé yo, pudiera sentirse acongojada ante su pareja o se infravalorara delante de él. Me enervaba la situación. No podía seguir allí dentro mirándola con millones de interrogantes asaltando sobre mi cabeza así que decidí salir de la casa y tomar un poco el aire. Era muy tarde, apenas había luz pero estar allí fuera, sentado sobre el césped, me ayudó muchísimo.

Gonzalo, que salió a por más alcohol, aún no había vuelto. Hacía más de media hora que salió y tan solo había de ir dos calles más arriba. Mientras, la improvisada discoteca se convertía en un lupanar casero. Alcohol a altas horas de la noche, poca luz, las hormonas por las nubes, poca ropa y cada vez menos... Y yo, en el jardín. Éramos jóvenes y nuestras cabezas no muy responsables en esa situación. No tardaríamos en transformar aquello en un tipo de orgía. Eso sí, privada. Cada pareja en una habitación, algún que otro trío y cambios de pareja. Menudo show. Lucía seguía allí dentro. Confieso que mientras estaba fuera me preguntaba con quién estaría ella. Por afinidad más que nada. Estaba claro que Santi y Jessica ya llevaban rato en la habitación, Saray y Ana con Fabián, Zalo no estaba y yo permanecía sentado en el jardín. Y sucedió lo último que creía que sucedería. Lucía abrió la puerta dejando salir algunos gritos y gemidos que venían de la sala de estar y se sentó allí fuera conmigo.

- ¿Qué haces aquí fuera? - Preguntó Lucía apoyando su cabeza sobre mi regazo.
- Nada... Tomar el aire, necesitaba salir un poco. - Respondí melancólicamente.
-Sí... Ayuda mucho evadirse de la realidad de vez en cuando. Aunque no lo parezca y me veas así tan dicharachera, sonriente y feliz, créeme que tengo mis momentos de bajón y muchas veces cojo mis cascos, escucho música y salgo al balcón a tener mi ratito de paz.
- Sí. Esos momentos son únicos. - Asentí dándole la razón mientras contemplaba el azul oscuro de la noche.
- Oye... - Comenzó ella - Lo que hablamos antes, el tema de mi chico, desde entonces te ha cambiado el semblante. Eres el único al que he sido capaz de contarle lo que llevo dentro. No sé... me siento, impotente, insegura, débil y pequeña. Intento sonreír y parecer fuerte, pero... me derrumbo.

Sollozaba. Apartó sus ojos de mi mirada y se echó hacia un lado. Seguía apoyada sobre mis piernas y se tapaba la boca con sus manos. Me daba la espalda para ocultarme sus lágrimas. No le gustaba que la vieran sufrir. No soportaba imaginar por lo que estaba pasando.

- Lucía - Dije volviéndola hacia mí. -  ¡Eh! Mírame. Ya está ¿vale? No pasa nada. Desde que atravesaste por primera vez esa puerta y te vi, dejé de respirar. Te juro por lo que más quieras que nunca antes había visto a una chica tan guapa como tú. No me había sentido así nunca. Me han gustado muchas chicas y demás, pero al verte... Me dio un vuelco aquí sabes... - Seguía mientras agarraba fuerte mi pecho. - Respecto al tema, Lucía... yo... sinceramente, no creo que te haga bien seguir con ese chico. No eres menos que él, ni que nadie está claro. Abre los ojos por favor, mírate. ¿Crees que estos ojos claros deben llorar en una fiesta o en cualquier sitio? ¿De verdad piensas que a tu edad has de pasar por esto? Si ahora es así, ¿en 10 años como será? No sé si hago bien o mal en decirte esto pero quiero lo mejor para ti, siento que lo necesitas. Y de momento es lo menos que puedo hacer.

Conforme mi corazón se desnudaba ante ella sus lágrimas remitían, seguía con la mirada triste pero no lloraba. Temblaba como un flan. En mi voz podía notarse el nerviosismo y en mis ojos podía verse el deseo. Era un momento único. Soñé muchísimas veces con esa situación. Los dos solos, en el jardín, bajo las estrellas. Era perfecto. Aún así, no podía seguir viendo esa mirada cabizbaja, pensativa y desganada.

- Lucía, ¿sabes que siempre me ha gustado tu nombre? - Dije con una sonrisa pícara intentando evadirla de sus problemas y hacerla reír.
- ¿Cómo? Pues a mi no me gusta...
- ¿¡Qué qué!? ¿Cómo puede no gustarte? Lucía. Es precioso. Queda bien en la boca. Además hace referencia al verbo lucir y lucir es mostrar, enseñar, presumir incluso.
- Jajaja, qué tonto eres. - Sonrió al fin.
- ¿Cómo me has llamado? A ver si la tonta vas a ser tú, ¡tse! - Desvié mi mirada hacia arriba picándome un poquito.
- Sabes que no.
- ¿Estás segura? Y si me da por cogerte de la cintura y... ¡matarte a cosquillas!
- ¡No! jajajaja ¡Para! Para por favor, ¡te vas a enterar!

Parecíamos dos críos. Nos perseguíamos por el jardín hasta cansarnos pero, no nos cansábamos. Llegué a cogerla por un brazo mientras intentaba escaparse. Tropezamos. Caímos. Los dos, yo sobre ella. El tiempo se detuvo. Por un instante el mundo parecía haberse olvidado de su rotación. Ambos jadeábamos cansados y nuestras respiraciones se mezclaban muy cerca.

- Esto... - Intentaba decir Lucía entre tosidos. - No p..u...ee...do res...pi..rar.
-¡Ups! Perdón, yo... lo siento... no quería... - Dije disculpándome lleno de vergüenza.
- No tranquilo, no pasa nada. Ha estado bien. Hacía tiempo que no reía de esta manera. Necesitaba sentir estas cosas y contigo es tan... simple, natural.
- ¿Sentir estas cosas? - Pregunté algo perplejo.
- Sí, necesitaba volver a sentirme libre, olvidarme de todo y simplemente disfrutar de algo con alguien.
- Bueno, siempre estaré aquí para eso, no debes preocuparte por ello. - Acompañé con un guiño.
-¿Sabes? Ahí dentro parece que se lo están pasando muy bien. - Me decía susurrando mientras me acercaba a ella cogiéndome de la camisa. - Tal vez nosotros deberíamos hacer lo mismo, ¿no crees?

Llámame loco o lo que tú quieras pero aquél momento empezaba a teñirse de seducción pura y dura. Era como un imán. En otras circunstancias igual me hubiera alejado o no hubiera seguido por el camino que cogí aquella noche pero, me era imposible pisar el freno. Aguantamos miradas durante un minuto, diciéndonos millones de cosas sin abrir la boca. Y hubo de ser ella.

- Lo siento, pero si no lo hago, reviento.

No era una frase cualquiera. Era la frase. Nunca antes había visto tanta convicción, seguridad y ganas de hacer algo como lo vi en esas ocho palabras. No pudimos contenernos. Lo hizo. Lo hice. Lo hicimos.



CONTINUARÁ...                   Siguiente capítulo                    Capítulo anterior








Jonathan Montoya García