Esta es la historia de aquel otoño celestino. Yo tan solo era un chiquillo
que soñaba con ser astronauta e inventaba historias en familia con sus
juguetes, y ella, esa niña que con tan solo una sonrisa todo lo arreglaba. Nos
conocíamos desde que éramos unos renacuajos. Íbamos a la misma clase y nuestras madres nos llevaban al mismo parque
cada tarde. Allí corríamos hasta cansarnos, reíamos juntos y el mundo parecía
girar a nuestro alrededor. Solo nos
importaba el momento justo en que nuestras miradas se cruzaban y sus sonrisas
contestaban a las mías. Era increíble.
Estábamos agotados de reír y
jugar y los dos nos sentamos en un viejo roble a descansar. No se oían
palabras. Solo el cantar de los pajarillos y nuestro suspirar. Quién iba a
decir que aquel roble jugaría un papel tan importante en una historia tan
bonita. Era testigo de momentos mágicos. Sin ir más allá en aquel entonces. Yo
cerraba los ojos y no podía dejar de imaginarme siempre con ella, los dos
juntos para siempre. Estaba cómodo, a gusto en su compañía y eso me gustaba
demasiado. No sabía si ella podía imaginar lo mismo que yo pero me hice creer
que sí, ella me lo hizo creer. Nuestros dedos se buscaban entre la hierba donde
dormía el viejo roble. Cuando al fin lograban encontrarse se apretaban fuerte
casi uniéndose un único ser. No querían separarse. No querían que cayera la
noche. Que lindos momentos aquellos en los que solo nos mirábamos. Decíamos sin
hablar lo que el corazón gritaba a los cuatro vientos. Pasábamos horas que se
nos hacían segundos.
Así fue cada tarde hasta que
llegó el invierno. No vestíamos grandes ropas y el frío nos calaba por dentro.
Pero aquel viejo roble sabía lo que se hacía. Sus hojas cayeron con una única
intención: que ella y yo siguiéramos estando juntos. Fue uno de los inviernos
más fríos y el viento era el protagonista de cualquier rincón, de cualquier
lugar menos del viejo roble. El resto de árboles yacían desnudos y parecían
tiritar de frío. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué el viejo roble no se deshizo de
todas sus hojas? ¿Por qué el viento no arrasó con las que dormían en su falda?
Increíble. El viejo roble nos tendió sus ramas para que siguiéramos estando
juntos. Y así fue. Sus hojas nos acomodaban en el frío y húmedo césped y nos abrigábamos
con mil abrazos, uno por cada segundo que pasaba.
No podía acabar de otra forma. El
tiempo pasaba rápido y el invierno tocaba a su fin. Los dos marcamos en la
corteza del sabio roble nuestras iniciales encerradas en un sentimiento. Sellamos
aquella marca con la mayor prueba de que aquello era de verdad. Las manos
unidas y unidos también los párpados tocamos el cielo al tocarnos los labios.
88 abrazos para 88 veces los copos de nieve.
Jonathan Montoya García
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