La Torre Eiffel, París; el Taj Mahal, la India; el Coliseo, Roma; la Estatua de la Libertad, Nueva York... Todo significó ese beso. Así, cómo imágenes que pasaban unas tras otras en apenas diez segundos. Luces de colores, fuegos artificiales, música de violines. No quería parar. Sus labios eran imanes, se separaban y me atraían continuamente. Nos quedamos allí minutos, quién sabe si horas. La noche estaba hecha para nosotros.
- Ojalá no se terminara nunca esta noche, ojalá pudiera detener el tiempo de verdad y quedarme a vivir aquí para siempre, contigo. - Dije mientras la abrazaba bajo el viejo roble del jardín.
Ella tan solo sonrió. No parecía recordar en ningún momento a su pareja, de hecho, su pareja aquella noche fui yo. Tras quedarnos otro buen rato allí tumbados regresamos a la casa. La recogí en mis brazos y a patadas llamé a la puerta. Fabián nos abrió con la camisa hecha pedazos.
- ¡Pero bueno! Fabián, no me habías dicho que te ibas al zoo. - Bromeé al ver los arañazos en su camisa. Saray y Ana, despeinadas, como lobas hambrientas, no dejaban de reír avergonzadas. Santi y Jessica bajaron, al fin, de la habitación; habitación que no quería ni imaginarme cómo estaría.
- ¿Y vosotros? ¿Y esta entrada triunfal? ¿Dónde estábais, eh? - Preguntó Fabián entre sonrisas y guiños cómplices.
- Digamos que estábamos conociéndonos un poco más. Decidí salir a tomar el aire, necesitaba unos minutos de desconexión y ella salió, se sentó conmigo y bueno... charlamos. - Respondí mirándola a los ojos.
Menuda noche. Todos solteros y en una fiesta con un poco de alcohol acabamos todos emparejados. 18 años, qué esperabas.
- ¡Chicos! ¿Sábeis algo de Gonzalo? - Interrumpió Asier.
- Ostia... ¿Hace ya mucho que salíó no? - Dijo Jessica
- Es verdad... Voy a llamarlo. - Susurré cogiendo el teléfono.
Uno... Dos... Tres... Cuatro... y así hasta nueve tonos de llamada dejé pasar. Saltó el buzón.
- No contesta.
- Qué raro... Zalo no suelta el móvil casi para nada. - Respondíó Santi.
- Bueno, igual se ha encontrado con alguien y por eso tarda un poco más, o se le ha apagado el móvil, creo que dijo que no le quedaba mucha batería. - Intentó tranquilizar Ana.
- Es posible, esperemos un poco más, si no, saldré a buscarlo. - Terminé.
De pronto se hizo el silencio. La preocupación adoptaba cada vez más el papel de protagonista en cada uno de nosotros. Y fue a más en el momento que escuchamos lo que escuchamos. Sirenas. Muchas y muy cerca de la casa.
Rápidamente, pusimos el off a la música, encendimos luces, cogimos chaquetas y abrigos y salimos fuera. La vista nos alcanzaba únicamente a divisar los destellos rojos y azules de los coches de policía. Echamos a correr hacia el lugar de dónde provenían las luces y sirenas. Cuatro calles más abajo. Tres coches de polícia, dos furgones y una ambulancia. Algo gordo había pasado y Zalo seguía sin coger el teléfono.
Nos movimos por el lugar y en un punto mi cuerpo se detuvo. Mis reflejos solo me dejaron agarrar por el brazo a Lucía. Me quedé petrificado, helado. En el suelo, casi en la carretera, yacía un cuerpo sin vida oculto bajo el papel dorado que extendía uno de los médicos. No sabía si respiraba ni si mi corazón seguía latiendo cuando, a lo lejos y posiblemente algo confundido por las luces, logré divisar el calzado que vestía la víctima. No podía ser verdad. Era imposible, no, no y no...
Eran las bambas de Zalo.
CONTINUARÁ... ←Capítulo anterior Siguiente capítulo→