viernes, 2 de diciembre de 2016

Todo empezó en aquella casa. (Capítulo II)

Los nervios empezaban a dejarse ver. Era... extraño, diferente, inusual. No solía ponerme nervioso casi para nada, ni si quiera para los temidos exámenes finales. La experiencia (corta pero consistente) me ha hecho creer siempre que mis nervios tienen un mayor significado del que pensaba. Como bien he dicho hace un momento, no suelo ponerme nervioso para nada o casi nada, excepto cuando dentro de mí ocurren cosas que apenas puedo describir con palabras.

No lo entendía. Era sábado y aunque restaran horas para que comenzara la gran fiesta de cumpleaños de Asier, yo estaba muy nervioso. Aparentemente no tenía los motivos suficientes como para estarlo, tan solo era el cebo.

- ¡Asier! Acuérdate que esta tarde a las 04:00 p.m. te espero en frente de la iglesia. No quiero llegar tarde al partido de Juanjo.
- Que sí... De verdad, ¿cuántas veces más me lo vas a recordar? Creo que a la segunda ya me enteré.

Lo reconozco. A veces soy un poco pesado. Pero aún creo que en vez de Anabel Alonso, quien realmente dobló la voz a Dory en Buscando a Nemo fue Asier, A este chico le duraban las cosas en la cabeza lo mismo que un paquete de cromos en la puerta de un colegio.

¿Quién dijo que mentir no está bien? Vale, sí, tenéis razón. Mentir no está bien. Pero decidme, ¿cómo mantienes una sorpresa siendo el cebo? Tenía que inventarme algo. Lógicamente ni Juanjo tenía partido ese fin de semana, ni tampoco hubiera ido a verlo en caso de que jugara, pero qué iba a hacer; la C/ De los Cinco Pardillos nos esperaba. ¿Qué irónico verdad? Calle de los Cinco Pardillos, ¡je! Ni que la hubieran llamado así en nuestro honor o elegido su nombre adrede.

Habíamos quedado en la puerta de la iglesia ya que ese era el punto intermedio entre los dos. Ni muy lejos para él ni muy cerca para mí. Se propuso la hora previa al derbi entre el Baskonia y el Bilbao Basket como hora de quedada en la casa. Con lo que si el partido comenzaba a las 07:00 p.m. nos habíamos citado todos en la casa una hora antes. De momento nada se salía del plan. En la casa todo estaba prácticamente listo: las decoraciones, los vasos y cubiertos, el pica-pica, los globos, las cenefas, matasuegras, las bebidas (con y sin alcohol), etc...

Y nos dieron las dos, las tres y... ¡las 04:00 p.m.! ¡Me había dormido! Creo que nunca antes había saltado tanto desde la cama al suelo. Ni los mecánicos de la Fórmula 1 cambian tan rápido los neumáticos a sus pilotos. Me acicalé tan rápido como pude. Vestí con mis mejores galas: unas Adidas blancas de vestir, un negro y ajustado pero no prieto pantalón tejano, una camiseta interior básica blanca y mi camisa tejana, bien peinado, afeitado, One Million y listo. 

De casa a la iglesia tan solo me separaban un par de manzanas y quince minutos a pie así que finalmente tampoco llegué excesivamente tarde. Aún así hay una ley existencial que nunca falla: la ley de Murphy. Asier solía llegar tarde siempre a todos los sitios pero aquél sábado no. Más puntual no pudo haber sido. Cuando llegué él ya estaba allí, sentado y casi rezándole a Dios que no tardara mucho más en llegar el bus. Una vez en la parada cogimos la única línea que llegaba hasta la casa: la línea L-13. ¿Casualidad? Capricho del destino.

- ¿A quién se enfrenta Juanjo? - Preguntó Asier.
- Pues... - Tardé unos segundos en reaccionar - Me dijo que se enfrentaban a los líderes de la liga, apenas les sacan cuatro puntos de ventaja y como era un partido importante para él decidí ir a verlo jugar y bueno, aprovechando que hoy es 13 y es tu cumpleaños y me dijiste que no harías nada especial, pensé en que estaría bien que me acompañaras y ya ves; aquí estamos. 
- ¡Oh! Gracias. Amigos como tú son los que faltan.
- No... exageras - Respondí sonrojado. 

Mientras en casa de Gonzalo se encontraban él, Fabián, Santi y una de las invitadas, Saray. Habían quedado allí para ir juntos hasta la casa que estaba tres manzanas más arriba de donde vivía Gonzalo. Saray era una chica alta, delgada, pelirroja y con ojos claros. Saray tonteaba con Fabián, pero se lo callaba. Pero está claro que no se puede negar lo que es evidente. Todos lo sabíamos. Aún así eran muy discretos. Todos nos conocíamos, algunos más y otros un poco menos pero todos habíamos tenido relación con todos. Poco a poco llegaron tres amigos más y un primo de Asier de nuestra misma edad.

Cierto es que el recorrido del autobús pasaba por delante del pabellón de la ciudad, pero como es lógico no bajamos en esa parada.

- Esto... Querido amigo, nos hemos pasado la parada, ¿lo sabes, verdad?
- ¿Perdón? ¿Cómo? - Intenté hacerle ver que no me había dado cuenta por culpa de mirar el móvil.
- ¡Que nos hemos pasado la parada del pabellón! Si hubieras dejado de mirar el móvil y hablar con no sé quién te hubieras enterado.
- Wait, Wait, Wait... Para el carro, que tú tampoco te diste cuenta ¿eh, Asier?.
- Son las cuatro y media, es mi hora de la siesta, estoy más fuera que dentro de este autobús. Creo que aún estoy en mi cama. - Se excusó Asier.
- Ah... bueno yo en ese caso pude dormir un poco más. - Rompí con la discusión provocando unas risas.

¡Uf! Por un pelo. Aún me deslumbra la rapidez con la que actuó mi mente para resarcirme de aquella situación. 

Finalmente llegamos a la parada más próxima a la casa. Le dije a Asier que ya nos inventaríamos cualquier cosa para disculparnos a Juanjo. Pero no podíamos volver atrás, y menos estando ya tan cerca. Miré el reloj y las agujas marcaban ya las 04:55 p.m. y eso significaba una cosa: Solo quedaba una hora para la gran fiesta. 

-Asier, qué te parece si damos una vuelta por las tiendas que hay dos calles más abajo, me han dicho que hay han abierto una nueva tienda de videojuegos. 
- Sí, claro. Vayamos. 

Hicimos tiempo echando un vistazo a las novedades en el sector gamer y, de hecho, Asier no pudo resistirse a comprarse el nuevo Final Fantasy. Con su "auto-regalo" en mano, Asier y yo nos dirigimos hacia la casa de la tía de Gonzalo. A Asier no se le escapa una:

- ¡Ey, mira! No es esa la casa de... ¿cómo se llamaba? ¿Mafalda? No... ¡Giralda!
- ¿La tía de Zalo? - pregunté para ganar algo de tiempo.
- Sí, esa misma.
- Oh.. Sí, creo que sí.

Bien, puesto que ya eran las 05:45 p.m. no me quedó otra que parar la marcha, abrir mi mochila y sacar la cinta azul que había preparado para hoy. Le vendé los ojos a Asier sin más explicaciones. Entonces dibujó una sonrisa en su rostro empezando a olerse algo.

Y justo a las seis en punto, picamos al timbre. Gonzalo abrió la puerta y al momento le quité la venda.

-¡¡SORPRESA!! - Gritamos todos al unísono.

Allí estaban todos, incluido Juanjo. Había salido todo a la perfección. Y todo salió según lo previsto, Asier se cagó en mi al principio pero del abrazo que me dio aún estoy doliéndome, Zalo y el resto me dieron la enhorabuena por haber conseguido ser el cebo perfecto y me dispuse a comer y beber como recompensa por mi gran hazaña. Miré a mi al rededor, saludé a todos los asistentes pero, ¿Tan solo estaba Saray? ¿Y el resto de chicas? Pregunté sobre esto a Saray y ella me respondió que Esther, Ana, Andrea, Jessica y Lucía llegarían un poco más tarde. No sabéis lo que me tranquilizó oír eso.

Moría de ganas porque llegaran las chicas. Al menos se empezarían a oír voces algo más agudas, más femeninas y, obviamente, faltaba ella. 



CONTINUARÁ...                 Siguiente capítulo→          Primer capítulo




Jonathan Montoya García




jueves, 1 de diciembre de 2016

Te seguiré, de bar en bar.

Hacía frío
Y  el reloj marcaba ya una hora tardía
Pasada para quienes pasean las calles
Y temprana para quienes duermen de día.


El vaho que exhalaba al respirar
Parecía mi alma,
Casi con tan perfecto cuerpo
Como del que presumía la dama.


Entré en aquel bar
Abducido por sus escalones de mármol,
Escalones con nombre propio:
                                                   Do
                                                         Re
                                                              Mi
                                                                    Fa
                                                                         Sol
                                                                               La
                                                                                    Si.


Su luz tenue, apagada a veces, romántica siempre
Incitó a sentarme en el rincón más oscuro,
-Una copita de vino, gracias.
En la pared, colgados 20 cuadros de lujo.


Y apareció ella.
Luces, cámara y acción
Dios y su haz de luz, inclinado ante semejante belleza
Pausa,
                            cámara lenta,
                                                                   latidos del corazón.



Tan solo el pum chin pum del contrabajo
Y su VOZ.
Sos OjOs eran estrellas, ella un Sol.
Me alumbraba su mirada, me atragantaba el vino.


No estaba allí, era un sueño.
Erizaba mi piel con cada nota
Me acariciaba su bamboleo cerca del micrófono
-Pásele esto a la artista, va su vida en ello.


Bolígrafo en mano anoté
30 palabras, una en cada rosa que compré
Todas para ella,
A sus pies mi alfombra roja.


“Jamás imaginé que llegara a decirte esto.
En tan solo 4 versos, sin rima, sin métrica.
Tú eres música y embriagado por tu voz, te seguiré

De bar en bar.”




Jonathan Montoya García

martes, 25 de octubre de 2016

Todo empezó en aquella casa. (Capítulo I)

                                                             CAPÍTULO PRIMERO

Dicen que el destino es caprichoso. Cuánta razón. Creas o no en el destino sé que en algún sitio, tal vez en una piedra al filo de una cascada, oculto en medio de un gran grafiti en las paredes del barrio o quizá en la corteza del árbol más alto está escrito que ella y yo acabaríamos juntos. El tiempo no se detiene para nadie y, de hecho, parece que fue ayer cuando nos conocimos y se han cumplido ya 5 años de nuestro primer saludo.

Todo empezó en aquella casa. Quedaban apenas dos semanas para el cumpleaños de Asier y las cuatro cabezas de la cuadrilla echaban humo cuan locomotoras del siglo XX. Pasábamos horas y horas pensando qué prepararle a nuestro larguirucho y delgado amigo. Se nos ocurrieron millones de ideas a cada cual más absurda. Desde preguntarle si le gustaban las fiestas sorpresa (suerte que no lo hicimos porque Asier se hubiera olido algo) hasta querer contratar una stripper por su dieciocho cumpleaños (que tampoco hicimos porque superaba nuestro presupuesto). 

Tras inundar de tinta cientos de folios y rellenar de tiza las dos pizarras del aula de música del instituto llegamos a la excelente idea que daría pie a esta historia. Fue ocurrencia de Gonzalo. Él era el desatascador de la pandilla. Cuando los planes brillaban por su ausencia bastaban un par de minutos para que a Gonzalo se le encendiera la bombilla. Solía proponer cosas interesantes con las que ocupar nuestro tiempo, al menos algo más interesantes que observar las teclas del piano e imaginar que tocábamos igual que Beethoven. Mientras Santiago, el escéptico del grupo, llenaba el pentagrama de corchetes que carecían de sentido y conocimiento musical, Gonzalo jugueteaba con una vieja batuta que encontró en uno de los estantes del armario del profesor. Al poco tiempo y tras teñir de color salmón tirando a rojizo su preciada azotea, de un salto, Gonzalo exclamó su palabra favorita.

      - ¡Eureka! - Exclamó.
      - ¿Qué ocurre Zalo? - Le preguntó Fabián.
      - Tengo el plan perfecto para el mejor cumpleaños de la historia.

Fabián nos conocía mejor a todos y cada uno de nosotros que nuestras propias madres. Sabía en todo momento casi con total exactitud cuál sería nuestra respuesta a cualquier pregunta pero, él era algo enigmático. Nadie conocía su historia. Nadie excepto yo. Y aún así ni yo la conocía por completo. Digamos que Fabián y yo nos conocimos coincidiendo en un evento deportivo organizado por nuestros respectivos colegios. Al final ambos acabamos estudiando Humanidades en el mismo instituto. Nos hicimos mejores amigos en aquella época pero con el tiempo y los veranos de por medio la relación se enfrió.

Fabián era un chico rubio y de ojos claros criado en el seno de una familia adinerada y descendiente de la dinastía de Braganza. De ahí que su elevado ego hiciera de barrera al principio de nuestra relación. Fue gracias a que empezó a mantener un contacto más constante conmigo y mi entorno que se empapó de cualidades tan preciadas como la humildad, la cortesía y la modestia. No se distanció de su familia ni mucho menos, de hecho, rechazó varias quedadas propuestas por Gonzalo porque su familia preparaba comidas con deliciosos manjares casi cada fin de semana. Y ya se sabe lo que pasa en las comidas familiares. Esas reuniones en las que la abuela se enorgullece de sus nietos y procura que todo esté en orden, el tío al que hace siglos que no ves quiere saber todo de ti en un solo día y los primos más pequeños llegan ansiosos por enseñarte su nuevo smartwatch con el que pueden recibir los mensajes de WhatsApp mientras descargan una nueva app desde su muñeca. Pero al fin y al cabo Fabián era un buen tipo.

      - Vamos Gonzalo, ¿a qué diantres esperas? - Replicó Fabián.
      - Está bien. A ver qué os parece. He pensado en que mi tía Giralda se marcha a Suiza de aquí a dos semanas. Podría preguntarle si, por favor, nos prestaría su casa para prepararle una gran fiesta a Asier. No creo que tenga ningún inconveniente. Ya me la prestó para pasar un fin de semana con mi chica. Y está claro que no es más peligroso una fiesta con amigos que, bueno... Ya me entendéis.

Gonzalo era un genio. En un abrir y cerrar de ojos planeaba cosas y casi las daba por hechas cuando ni él sabía si lograría conseguirlas. Pero aún faltaba escuchar la voz de Santiago.

      - Me parece una idea genial, pero... ¿A quién invitamos? ¿Quién se encarga de comprar los
        decorativos? ¿Quién lleva la música? ¿Y el alcohol?.

Preguntas y más preguntas. Con Santi siempre pasaba lo mismo. Ya conocíamos de qué iba la historia: Santi y sus dudas.

No pudimos evitar echar la mirada hacia arriba a la vez que suspirábamos. Su semblante pasó de un gesto totalmente escéptico a un gesto algo desafiante.

      - ¿¡Qué!? Decidme que vosotros no habíais pensado en eso. Son cosas importantes. ¿O pensáis ir a la fiesta y ya está? Alguien tendrá que ser el cebo, difundir la invitación a los invitados y ese tipo de cosas que hace la gente cuando prepara una fiesta ¿no?. 

La verdad es que razón no le faltaba. Teníamos que actuar con rapidez y discreción si queríamos que todo saliera perfecto.

A la semana y media lo teníamos todo prácticamente listo y preparado para la gran fiesta. La casa era una casa enorme, dos plantas, 5 habitaciones y la rodeaba un inmenso jardín decorado con los típicos Gnomos que por la noche dan miedo. Y todo sin contar con el garaje. La verdad es que quién no querría vivir en una casa así, alejado del mundanal ruido de la ciudad. Gonzalo se encargó de conseguir el sitio perfecto, Santi llevó patatas y demás snacks para comer y Fabián se encargó de los invitados y de la música e iluminación. Y os preguntaréis: ¿Y yo? Exacto. A mi me tocó ser el cebo.  

Entre las personas a las que invitó Fabián se encontraban amigos y amigas de Asier y de la cuadrilla. Está bien, seamos honestos, solo habían amigas. ¿Qué? Está claro que nosotros cinco ya nos bastábamos. No necesitábamos más hormonas masculinas de por medio. Personalmente conocía a todas las chicas invitadas a la fiesta de cumpleaños. Pero el destino trazó un refinado plan que marcaría mi vida.

La fiesta estaba prevista para el sábado pero, la noche anterior, nos llegó una mala noticia. Judith, una de las mejores amigas de Asier, nos llamó para decirnos que había fallecido recientemente uno de sus tios y que no podía asistir a la fista sorpresa. He aquí el ápice de la cuestión. En lugar de Judith fue Lucía quien vino a la fiesta.


Continuará...                                                          Siguiente capítulo→ 




Jonathan Montoya García



miércoles, 10 de agosto de 2016

Dime

Dime qué sientes y en quién piensas. Dime quién se cuela en tus sueños cada noche y dibuja esa perfecta sonrisa. Dime qué siente tu corazón cuando hablas con él y cuando ves su foto. Dime, ¿has amado tanto a alguien alguna vez como para sentir que se va tu vida en ello? ¿Tanto que si no es por esa persona tu existencia se pone en duda? Tal vez deberías probarlo. Quizá así no hagan falta manuales y logres entenderme.

Dime si cuando estás con él no piensas en nadie más. Dime si cuando te habla te pasarías horas y horas escuchando su voz, si no te importa cuánto hable mientras te hable solo a ti. Dime si aún sueñas con olvidar todo lo sucedido, si te arrepientes de fallar, si ansías borrar el pasado para dibujar un nuevo futuro, si quieres que sea él quien te ayude a sanar tus heridas. Dime si no os pensáis en la distancia, si alguna vez lo echas de menos como él lo hace contigo. Dime si no te mueres de ganas de tenerlo a un par de centímetros y no poder resistirte a besar sus labios, a comerle la boca y dejar que él sea ese mar ajetreado que acaricia cada poro de tu piel. Dime si no es él el escritor perfecto para vuestra historia llena de imperfecciones. Dime si su mirada no te toca y acaricia tu alma, si cuando agachas tus ojos no deseas que te estreche entre sus brazos y te diga: <<Tranquila, todo va a salir bien >>. 

Dime si no es todo esto lo que en realidad deseas. Dime que no, que todo es cosa mía, que solo soy yo quién quiere lo que digo y entonces todo terminará como todo termina, con un punto y final.





Jonathan Montoya García

miércoles, 27 de julio de 2016

Qué ganas tengo de ti...


Qué ganas de oír en tu boca un “no te voy a dejar ir”, un “lo siento, me equivoqué”. Qué ganas tengo de leer de tu puño y letra un “te amo” o que simplemente grabes nuestra fecha con tinta imborrable en las paredes más fuertes, casi indestructibles. 
Qué ganas tengo de recibir una llamada tuya y dediques tus horas a escuchar mi voz. Qué ganas tengo de que al coger mi mano la aprietes tan fuerte que jamás pueda soltarme, tan fuerte que nuestros dedos se líen, que mi pulgar se confunda con tu índice. 
Qué ganas tengo de cerrar los ojos en un ocaso perfecto y que tú estés ahí, poniéndote el pijama. Qué ganas tengo de abrir los ojos en el más fresco de los albas y que sigas estando ahí, cepillándote los dientes recién levantada. Qué ganas tengo de sentir cómo tu piel se eriza con cada curva que mis manos trazan sobre tu cuerpo. 
Qué ganas tengo de tenerte ganas y hacer explotar cientos de fuegos artificiales con cada beso, siguiendo el ritmo que marcan los acelerados latidos del que manda, tocando el cielo en cada grito, fundiéndonos en único ser. Qué ganas tengo de que tengas ganas. Qué ganas tengo de ti.



 Jonathan Montoya García

lunes, 25 de abril de 2016

Te llevaste mi adiós.

Dicen que el amor es un aprecio profundo y abstracto, que ni se ve ni se toca, que como la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma.

Hace mucho tiempo atrás, casi desde que estás en mi vida que sentí algo diferente. Sentí como las cucharillas con las que estaba acostumbrado a comerme el mundo en pequeñas dosis se convertían en cuchillos que jugueteaban con mis entrañas. Y es que somos contradicción. Una parte te dice si y la otra te dice no. Sentí como la paz de tu compañía volvía a alumbrar mis mejillas que yacían apagadas, sin luz, sin magia. Noté que cuanto más te alejabas más me dormía, no dolía, mis entrañas reposaban tranquilas en un largo sueño del que el miedo ya no era dueño. También sentí que cuando nuestros labios se fundían en infinitos besos tal vez estábamos cavando nuestra propia tumba, condenando a muerte a la llama que ardía entre nosotros y llamando sin querer a nuestra propia despedida, fuimos necios al escribir el final de nuestra propia filmografía. Y déjame decirte que, sinceramente, odio las despedidas.

Y es que hicimos el amor. Hicimos de él una energía transformada en un ayer donde nos quisimos, donde hoy nos queríamos y mañana quién sabe si aún nos querremos. Nos decimos adiós. Gritamos libertad. Siempre te dije que no quería tu adiós porque al adiós lo acompaña el olvido, mas yo no olvido con facilidad pero hoy y ahora soy yo quien te dice: Me voy, lo siento. Quizá es que me cansé o te cansé. Tal vez es que te agobié o no te supe querer. No lo sé. Pero te digo adiós y es que te quiero todavía. No sé si es que te amé en demasía o quizá lo hice en poca medida, pero aun así me sigue quedando tu sonrisa dormida en un recuerdo que nunca se olvida.

Ha llegado el punto en el que tras verme nadando en mares de lava, tras caminar con pies descalzos sobre agua helada, debo alejarme y buscarme para tratar de reencontrarme.

Y te sigo escribiendo entre las mismas cuatro paredes que han vigilado mis sueños, que han sido testigo de momentos buenos y otros no tanto. Miro hacia los lados y solo hay temores que me asaltan. Perdona por acostumbrarme a escribirte sin que me leas, pero es que en mis mejores días también me llueve tu ausencia. Y sí, aunque duele y no sabes cuánto, te llevaste mi adiós.



martes, 15 de marzo de 2016

La vida es desierto y oasis.

¿Dónde estamos? ¿Qué somos? ¿Quiénes somos? ¿Qué hacemos? Cuántas preguntas que se quedan sin respuesta, ahí, flotando en el aire. En los tiempos que corren nadie sabe qué papel juega y quien crea que lo sabe quizá esté jugando el papel equivocado. O no, seguro que me equivoco y mejor, ojalá me equivoque y cada uno de nosotros esté jugando el papel que le corresponde jugar en esta vida. 

Pero aún así, sin trabajo, ni mucho dinero, quizá hasta sin salud y puede que sin amor y bajo el brazo una bolsa de sueños rotos y otros tantos por cumplir, ¿vale la pena respirar? La verdad es que hay momentos en los que hubiera desaparecido para siempre y quizá ni el olvido me recordara o incluso se olvidase el recuerdo. No conozco cuál es el secreto de la vida ni las claves para ser feliz, pero todos sabemos que eso es lo que nos llena, lo que nos completa. Pero existe ese alguien que nos ayuda a levantarnos. Que hundirse tiene su cosa buena, en serio, una vez tocas fondo el único camino es volver a ir hacia arriba. 

No tengo respuesta a esas muchas preguntas que todos nos planteamos alguna vez en esta vida que solo es una, mas no me iré sin dejar claro una cosa:

"No dejes que termine el día sin haber crecido antes un poco, sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños. No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nada ni nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber. No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario. No dejes de creer que las palabras y la poesía sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase nuestra esencia está intacta. Somos seres llenos de pasión. La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña y nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia. Aunque el viento sople en nuestra contra la poderosa obra continua: tú puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre..."

Walt Whitman.






Jonathan Montoya García.

lunes, 29 de febrero de 2016

¡Maldito!

Tal vez si las cosas no hubieran salido así, quizá si desde un principio no hubieras hecho lo que hiciste nada de esto hubiera sucedido. Pero no te culpo. Tal vez el error fue mío, no lo sé.

El ser humano es un depredador, es competitivo, salvaje y egoísta por naturaleza y a veces da asco.
Y me sorprende, me sorprendo. Nos cegamos en ver y sacar a la luz todo lo negativo y después volvemos la cara para decir: sé feliz, carpe diem, valórate, mira el lado bueno de las cosas, vida solo hay una, etc. ¡Maldita hipocresía!

En ocasiones, en infinitas ocasiones hacemos daño a quien más queremos sin quererlo hacer y ese daño se vuelve contra nosotros y nos mata, nos quema por dentro y lo llaman karma. ¡Maldito necio!
La vida ya es demasiado corta, demasiado dura, difícil y a veces tan injusta que por ello necesitamos algo llamado justicia, como para centrar nuestra mirada en aquello que nos hace llorar, que nos quita el hambre, que no nos deja levantarnos de la cama. Nadie dijo que fuera fácil es cierto. Pero si no es así no hagas que aún todo sea más complicado.

Porque no queremos estar así. Nunca lo quisimos. Míranos. Estuvimos tan cerca que el centímetro tan solo era una unidad de medida y ahora, tan lejos que casi ni nos reconocemos. Tú hiciste A y yo hice B, tú hiciste J y yo dije K. ¡Maldito orgullo!

Que la gente nunca cambia, es cierto, pero como se dice en latín “errare humanum est” y de los errores se aprende. No se trata de cambiar porque sería soñar con algo inalcanzable, se trata de remediar y de luchar por no tener que llegar a hacerlo. Lo dijimos, lo decimos y lo diremos seguro y la pena es que en el dicho se queda. Lo intento, lo intentas. ¡Maldito cobarde!

¿Debería olvidarte? No quiero. ¿Deberíamos borrar lo que escribimos juntos y cada cual seguir su camino? Los tatuajes no se borran.


Llegados a este punto, no sé donde estoy, no sé donde me encuentro. Me dispongo a sellar mis labios y esperar tu respuesta. Un sí o tal vez un no. Pero mi gran verdad es que sé, sabes, sabemos y saben que  yo sigo siendo tu maldito favorito.



Jonathan Montoya García

miércoles, 17 de febrero de 2016

Ausencia de ti.

No. No es lo que quería sentir. No a no volver a ver tus ojos, la mirada que me mantenía despierto. No a no volver a escuchar tu voz, la melodía que alegraba mis oídos. No a no tener tus caricias en mi piel para tranquilizarme cuando estaba nervioso. No a no provocar tu risa. No a no ser el pañuelo que secara tus lágrimas. No. No es lo que quería. No a esta ausencia de ti.

Quería publicar una historia, con un principio pero sin un final, escrita por los dos, contigo y no sin ti. Quería levantarme por las mañanas y sorprenderte con una sonrisa, el desayuno en la cama y mil besos que compartir. Quería llenar de ilusión cada rincón de tu cuerpo y ocupar el espacio más imprescindible de tu vida. Quería darte el primer beso cada día. Quería divertirme contigo, quería no temer perderte, no echarte de menos por mucho tiempo. Lo quería todo contigo y no quería nada sin ti. Como diría Ricardo Arjona en una de sus canciones "[...] anunciaba con toda certeza que esta vez se te acabó el amor / me dejaste un pero y un porqué, unos cuantos insultos y un adiós."

Me dejaste solo en un cementerio de sentimientos y pensamientos, un cementerio de sueños que aún estaban por hacer realidad a tu lado, un cementerio en el que me cruzo con un muerto viviente corazón, con un amor de 2x1. Y tengo muchas cosas guardadas dentro. Pero quizá tengas razón y el malo he sido yo. Mi cabeza en una soga con un nudo en medio, con un nudo en la garganta que no me deja gritar, que me quita las fuerzas. Tu pie en el escabel dispuesta a dejarme caer. Pero quizá lo merezco, fui el malo. 

Te di todo de mi. Lo mejor y lo peor tal vez también te lo di. Me entregué a ti. Te di mis sueños, mi ritmo y mi espacio y tú me agregaste tu risa, mil dudas, un duende, un par de fantasmas y este amor que te tengo. Y ahora estás tras esa puerta dispuesta a cerrarla por fuera para siempre y dejarme dentro, a pedazos. Dejé mil cosas atrás por estar contigo, olvidé mis qué haceres para complacer tus deseos e intenté satisfacer tu sed de mil maneras cada cuál mejor, más fuerte, más sentida, más sensible y más especial. Hasta mi patrimonio compartí contigo. Y aún así me resulta irónico pensar que el malo soy yo. 

Pero no. No es lo que quería sentir. No a despertar y no tener tus buenos días. No a no cerrar los ojos y poder seguir viéndote. No a no mojarme cuando llueve. No a no llorar de alegría estando cerca de ti. No. No es lo que quería. No a esta ausencia de ti.






Jonathan Montoya García 

jueves, 28 de enero de 2016

Estamos hechos de tiempo.

Sólo hay una cosa en la vida que no se puede recuperar. Algo que está ahí, sumando o restando según se mire, controlándonos en un silencio sepulcral y mirándonos como con desgana. A veces ejerciendo presión sobre nosotros y en otras ocasiones dándonos ese margen de maniobra suficiente. Ese algo que bien miramos con desgana o bien con ilusión, hora a hora, segundo tras segundo cada día. Ese algo que para algunos solo marca cuánto hace que salió el Sol y que a otros les dice cuánto queda para que llegue la noche o bien el fin de semana o alguna fecha en concreto. Ese algo resumido en un reloj. Sí, te hablo de tiempo.

Cada palabra que escribo ya es antigua, forma parte del pasado, se queda en  el olvido, es cosa del recuerdo. Nos cegamos en pedir tiempo y la cuestión es que somos tiempo. El ser humano está hecho de tiempo. "El tiempo es oro" sí.. "carpe diem" dicen otros... Estamos hechos de tiempo.

¿Cuántos de vosotros no ha contado alguna vez las horas que faltaban para algo que os importaba o por el contrario para aquello que no os importaba? ¿Cuántos de vosotros, en su relación, no ha llevado la cuenta del tiempo que lleváis junto a la otra persona? ¿Quiénes de vosotros no habéis dicho alguna vez "no me da tiempo" o "no tengo tiempo" o "es hora de dormir" o "estas no son horas"? Tiempo. Estamos hechos de tiempo.

Insisto en que la vida ya es demasiado corta como para perder el tiempo que nos es concedido en aquello que solo nos provoca malas sensaciones, aquello que no es importante o en preocuparse por cuánto tiempo hemos vivido y cuánto tiempo nos quedará. El recuerdo ya se encarga de hacerte saber lo que llevas a tus espaldas y las ganas, tus motivaciones e ilusiones ya se encargarán de dibujar lo que tienes por delante.

Mide la vida en momentos, no en segundos. Da importancia al dónde, al cómo y al con quién y no al cuándo aunque siga estando ahí. Déjame aclarar una cosa más: quede el timepo que nos quede, la muerte solo llega con el olvido.






Jonathan Montoya García

jueves, 21 de enero de 2016

Las cuatro patas de la mesa (reflexión)

- Querido amigo, déjame plantearte una pequeña reflexión.
- Claro, ilústrame.

Me levanté una mañana con la cabeza en mil sitios. Sentado en el sillón, bajo la luz del alba, mirando la mesa de mi sala de estar.

Me barruntaba si en ese momento nacería en mí ese aire de filósofo que me ha caracterizado siempre. Pensemos. Tienes frente a tus ojos una mesa, una tradicional con sus cuatro patas y su base de madera de roble o de cristal translúcido. Cualquier persona aparentemente normal (aunque considere que la normalidad no existe) miraría su mesa, recién levantada, con ganas de sentarse a tomar un buen desayuno. Bien, pues yo no.

Me senté en el sillón a contemplar la mesa y dejé que mi mente se adueñara del momento. ¿Y si la mesa es como la vida misma? O tal vez, ¿Y si la vida cabe en una mesa? Cuatro patas y si quitas una se queda coja. 

-  ¿Qué tiene que ver eso?
-  Querido amigo, me alegra que me preguntes eso. Así lo veo yo:

Las patas son los pilares de la mesa. Aquello que sostiene el peso de todo lo que ponemos encima. Pues en la vida también tenemos nuestros pilares, las patas que sostienen el peso de lo que tenemos. Amor, salud, dinero, prosperidad, trabajo, amistad... Llámalos como quieras, cada uno sabe lo que considera un pilar en su vida. Pero te digo que si quitas uno de estos pilares tu vida se queda coja, ya no es lo mismo. Quita las patas y adiós mesa, quita los pilares y adiós vida.

- Pero no puedes atribuir o imputar esa semejanza de la vida, típica ocurrencia tuya, a únicamente un objeto que para la mayoría de individuos del mundo en el que somos compañeros es simple y a veces insignificante.
- Ahí está, querido amigo. Es que ni lo atribuyo únicamente a la mesa ni tampoco es la mesa el único ejemplo de semejanza a la vida, típica ocurrencia mía según tú.

Se trata de ver más allá de lo que meramente digo en mis palabras. De viajar a través de ellas y hacer entender a los compañeros de este mundo que pase lo que pase, pese lo que le pese a cada uno, absolutamente todo es importante en nuestras vidas. Hablamos de vidas completas, no de cojera por indiferente que parezca.

Con lo cual, sé uno más, pero sé tú mismo. Siéntete persona entre las personas y no permitas que los pilares en tu vida, que las patas de tu mesa te hagan cojear y no vivir en una plena felicidad.




Jonathan Montoya García

viernes, 15 de enero de 2016

El último beso.

He soñado desde hace mucho tiempo con besar su boca algún día. He soñado cada noche, cada día. Todos los meses, todo el año. Los suyos tal vez no, pero mis labios aún están por estrenar, nadie los ha podido probar. He soñado desde hace mucho tiempo atrás, desde el día que la vi, desde el momento que me enamoré de ella; con sellar sus labios. He soñado muchas veces con mi primer beso. ¿Cómo será? ¿Le gustará? ¿Lo haré bien? ¿Sabré besar? Lo tenía claro, tenía que pasar. El primer beso. Nuestro primer beso. 

Sucedió. Tras mucho tiempo de lucha, de espera, de morirme de ganas de probar la dulce miel de sus labios y de navegar por los vaivenes de su sonrisa. Sucedió. La besé. Me besó. Nos besamos. Me entregué a ella y ella me aceptó. Sólo con un beso hicimos desaparecer la distancia que había entre nosotros, esos cinco centímetros que nos separaban se esfumaron en menos de un segundo. Qué ricos. Qué dulces. Sus labios. 

El primer beso es como un sueño hecho realidad, mi sueño hecho realidad. El primer beso es como para no creerlo y aún así nos deleitamos con el recuerdo, con lo que fue, con lo que es. Es bonito, es fácil y agradable. Dicen que no hay nada el primer beso, pero... ¿Y el último? Ese es el que deja más huella. Es el más doloroso, se queda en el alma y te deja solo, roto y sin vida. Se queda en el corazón, se va el Sol y empieza tu tormento. ¿Puede haber algo peor que el último beso? Desgraciadamente sí. ¿Que qué es? Es ese momento en el que sabes que todo terminó, es cuando no existe el beso del adiós. Ahí es donde el vacío se hace grande, donde el dolor es más profundo, injusto y por ello nunca sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde nos llegará el último beso. Entonces, ¿el último beso es un consuelo? Sí. Pero cuando no lo hay es una eterna condena cuando se ama de verdad. 

Ya lo dijo Paul Géraldy "El más difícil no es el primer beso, sino el último."




Jonathan Montoya García.