jueves, 28 de enero de 2016

Estamos hechos de tiempo.

Sólo hay una cosa en la vida que no se puede recuperar. Algo que está ahí, sumando o restando según se mire, controlándonos en un silencio sepulcral y mirándonos como con desgana. A veces ejerciendo presión sobre nosotros y en otras ocasiones dándonos ese margen de maniobra suficiente. Ese algo que bien miramos con desgana o bien con ilusión, hora a hora, segundo tras segundo cada día. Ese algo que para algunos solo marca cuánto hace que salió el Sol y que a otros les dice cuánto queda para que llegue la noche o bien el fin de semana o alguna fecha en concreto. Ese algo resumido en un reloj. Sí, te hablo de tiempo.

Cada palabra que escribo ya es antigua, forma parte del pasado, se queda en  el olvido, es cosa del recuerdo. Nos cegamos en pedir tiempo y la cuestión es que somos tiempo. El ser humano está hecho de tiempo. "El tiempo es oro" sí.. "carpe diem" dicen otros... Estamos hechos de tiempo.

¿Cuántos de vosotros no ha contado alguna vez las horas que faltaban para algo que os importaba o por el contrario para aquello que no os importaba? ¿Cuántos de vosotros, en su relación, no ha llevado la cuenta del tiempo que lleváis junto a la otra persona? ¿Quiénes de vosotros no habéis dicho alguna vez "no me da tiempo" o "no tengo tiempo" o "es hora de dormir" o "estas no son horas"? Tiempo. Estamos hechos de tiempo.

Insisto en que la vida ya es demasiado corta como para perder el tiempo que nos es concedido en aquello que solo nos provoca malas sensaciones, aquello que no es importante o en preocuparse por cuánto tiempo hemos vivido y cuánto tiempo nos quedará. El recuerdo ya se encarga de hacerte saber lo que llevas a tus espaldas y las ganas, tus motivaciones e ilusiones ya se encargarán de dibujar lo que tienes por delante.

Mide la vida en momentos, no en segundos. Da importancia al dónde, al cómo y al con quién y no al cuándo aunque siga estando ahí. Déjame aclarar una cosa más: quede el timepo que nos quede, la muerte solo llega con el olvido.






Jonathan Montoya García

jueves, 21 de enero de 2016

Las cuatro patas de la mesa (reflexión)

- Querido amigo, déjame plantearte una pequeña reflexión.
- Claro, ilústrame.

Me levanté una mañana con la cabeza en mil sitios. Sentado en el sillón, bajo la luz del alba, mirando la mesa de mi sala de estar.

Me barruntaba si en ese momento nacería en mí ese aire de filósofo que me ha caracterizado siempre. Pensemos. Tienes frente a tus ojos una mesa, una tradicional con sus cuatro patas y su base de madera de roble o de cristal translúcido. Cualquier persona aparentemente normal (aunque considere que la normalidad no existe) miraría su mesa, recién levantada, con ganas de sentarse a tomar un buen desayuno. Bien, pues yo no.

Me senté en el sillón a contemplar la mesa y dejé que mi mente se adueñara del momento. ¿Y si la mesa es como la vida misma? O tal vez, ¿Y si la vida cabe en una mesa? Cuatro patas y si quitas una se queda coja. 

-  ¿Qué tiene que ver eso?
-  Querido amigo, me alegra que me preguntes eso. Así lo veo yo:

Las patas son los pilares de la mesa. Aquello que sostiene el peso de todo lo que ponemos encima. Pues en la vida también tenemos nuestros pilares, las patas que sostienen el peso de lo que tenemos. Amor, salud, dinero, prosperidad, trabajo, amistad... Llámalos como quieras, cada uno sabe lo que considera un pilar en su vida. Pero te digo que si quitas uno de estos pilares tu vida se queda coja, ya no es lo mismo. Quita las patas y adiós mesa, quita los pilares y adiós vida.

- Pero no puedes atribuir o imputar esa semejanza de la vida, típica ocurrencia tuya, a únicamente un objeto que para la mayoría de individuos del mundo en el que somos compañeros es simple y a veces insignificante.
- Ahí está, querido amigo. Es que ni lo atribuyo únicamente a la mesa ni tampoco es la mesa el único ejemplo de semejanza a la vida, típica ocurrencia mía según tú.

Se trata de ver más allá de lo que meramente digo en mis palabras. De viajar a través de ellas y hacer entender a los compañeros de este mundo que pase lo que pase, pese lo que le pese a cada uno, absolutamente todo es importante en nuestras vidas. Hablamos de vidas completas, no de cojera por indiferente que parezca.

Con lo cual, sé uno más, pero sé tú mismo. Siéntete persona entre las personas y no permitas que los pilares en tu vida, que las patas de tu mesa te hagan cojear y no vivir en una plena felicidad.




Jonathan Montoya García

viernes, 15 de enero de 2016

El último beso.

He soñado desde hace mucho tiempo con besar su boca algún día. He soñado cada noche, cada día. Todos los meses, todo el año. Los suyos tal vez no, pero mis labios aún están por estrenar, nadie los ha podido probar. He soñado desde hace mucho tiempo atrás, desde el día que la vi, desde el momento que me enamoré de ella; con sellar sus labios. He soñado muchas veces con mi primer beso. ¿Cómo será? ¿Le gustará? ¿Lo haré bien? ¿Sabré besar? Lo tenía claro, tenía que pasar. El primer beso. Nuestro primer beso. 

Sucedió. Tras mucho tiempo de lucha, de espera, de morirme de ganas de probar la dulce miel de sus labios y de navegar por los vaivenes de su sonrisa. Sucedió. La besé. Me besó. Nos besamos. Me entregué a ella y ella me aceptó. Sólo con un beso hicimos desaparecer la distancia que había entre nosotros, esos cinco centímetros que nos separaban se esfumaron en menos de un segundo. Qué ricos. Qué dulces. Sus labios. 

El primer beso es como un sueño hecho realidad, mi sueño hecho realidad. El primer beso es como para no creerlo y aún así nos deleitamos con el recuerdo, con lo que fue, con lo que es. Es bonito, es fácil y agradable. Dicen que no hay nada el primer beso, pero... ¿Y el último? Ese es el que deja más huella. Es el más doloroso, se queda en el alma y te deja solo, roto y sin vida. Se queda en el corazón, se va el Sol y empieza tu tormento. ¿Puede haber algo peor que el último beso? Desgraciadamente sí. ¿Que qué es? Es ese momento en el que sabes que todo terminó, es cuando no existe el beso del adiós. Ahí es donde el vacío se hace grande, donde el dolor es más profundo, injusto y por ello nunca sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde nos llegará el último beso. Entonces, ¿el último beso es un consuelo? Sí. Pero cuando no lo hay es una eterna condena cuando se ama de verdad. 

Ya lo dijo Paul Géraldy "El más difícil no es el primer beso, sino el último."




Jonathan Montoya García.