lunes, 27 de abril de 2015

88 días de invierno

Las ya experimentadas hojas  mueren en otoño y mueren para ver nacer al invierno y las pieles calientes fundidas en un eterno abrazo entre mis brazos. 88 abrazos para 88 veces los copos de nieve.

Esta es la historia de aquel  otoño celestino. Yo tan solo era un chiquillo que soñaba con ser astronauta e inventaba historias en familia con sus juguetes, y ella, esa niña que con tan solo una sonrisa todo lo arreglaba. Nos conocíamos desde que éramos unos renacuajos. Íbamos a la misma clase y  nuestras madres nos llevaban al mismo parque cada tarde. Allí corríamos hasta cansarnos, reíamos juntos y el mundo parecía girar a nuestro alrededor.  Solo nos importaba el momento justo en que nuestras miradas se cruzaban y sus sonrisas contestaban a las mías. Era increíble.

Estábamos agotados de reír y jugar y los dos nos sentamos en un viejo roble a descansar. No se oían palabras. Solo el cantar de los pajarillos y nuestro suspirar. Quién iba a decir que aquel roble jugaría un papel tan importante en una historia tan bonita. Era testigo de momentos mágicos. Sin ir más allá en aquel entonces. Yo cerraba los ojos y no podía dejar de imaginarme siempre con ella, los dos juntos para siempre. Estaba cómodo, a gusto en su compañía y eso me gustaba demasiado. No sabía si ella podía imaginar lo mismo que yo pero me hice creer que sí, ella me lo hizo creer. Nuestros dedos se buscaban entre la hierba donde dormía el viejo roble. Cuando al fin lograban encontrarse se apretaban fuerte casi uniéndose un único ser. No querían separarse. No querían que cayera la noche. Que lindos momentos aquellos en los que solo nos mirábamos. Decíamos sin hablar lo que el corazón gritaba a los cuatro vientos. Pasábamos horas que se nos hacían segundos.

Así fue cada tarde hasta que llegó el invierno. No vestíamos grandes ropas y el frío nos calaba por dentro. Pero aquel viejo roble sabía lo que se hacía. Sus hojas cayeron con una única intención: que ella y yo siguiéramos estando juntos. Fue uno de los inviernos más fríos y el viento era el protagonista de cualquier rincón, de cualquier lugar menos del viejo roble. El resto de árboles yacían desnudos y parecían tiritar de frío. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué el viejo roble no se deshizo de todas sus hojas? ¿Por qué el viento no arrasó con las que dormían en su falda? Increíble. El viejo roble nos tendió sus ramas para que siguiéramos estando juntos. Y así fue. Sus hojas nos acomodaban en el frío y húmedo césped y nos abrigábamos con mil abrazos, uno por cada segundo que pasaba.


No podía acabar de otra forma. El tiempo pasaba rápido y el invierno tocaba a su fin. Los dos marcamos en la corteza del sabio roble nuestras iniciales encerradas en un sentimiento. Sellamos aquella marca con la mayor prueba de que aquello era de verdad. Las manos unidas y unidos también los párpados tocamos el cielo al tocarnos los labios. 88 abrazos para 88 veces los copos de nieve.  



Jonathan Montoya García

jueves, 23 de abril de 2015

De la A a la Z (Sant Jordi)

A veces la tinta corrompe el papel de sentimientos,
escribiendo letras unidas en palabras que se aferran a una razón.
Bases de un lenguaje lleno de acentos,
donde fuera de toda lógica interviene el corazón.

Cogí la pluma para trasmitirte un mensaje,
que poco después cubrí de lágrimas.
Dos manos que caminan unidas en un pasaje,
pasando de montañas sin cimas.

Esperé a que el destino nos concibiera el deseo,
esperanza fue lo último que perdí.
Fiel a nuestro ansiado paseo,
tus secretos percibí.

Guardo cartas de amor que un día escribí para ti,
escritas desde Roma hasta París.
Hablando sin hablar, dirigiéndome así,
tomando una copita de anís.

Imaginaba un mundo perfecto,
un mundo contigo.
Jazmín y flores en nuestro trayecto,
viento con aire de abrigo.

Kilos de amor en mi mochila,
amor que tú y yo compartimos.
Luz del Sol que tanto brilla,
besos que  tú y yo nos dimos.

Mucho de ti me mostraste,
todo de mi quise darte.
Nadie me quiso como tú lo hiciste,
nadie como yo pudo amarte.

Oculté el pasado que de ti me alejaba,
que de ti me apartaba.
Pude olvidar aquello que más odiaba
y recuperar a quien más amaba.

Queriéndonos murieron mis palabras,
como muere la lluvia al salir el Sol.
Rompiéndonos en un beso sin abracadabras,
sin ahogar las penas en alcohol.

Te quiero hube de decirte,
amarte yo debí.
Unir nuestras manos y cogerte, tocarte,
prometí hasta el cielo llevarte.

Vi que la tinta se acababa,
escribiéndote yo esta carta
con todas las letras,

de la A  a la Z.

Jonathan Montoya García

miércoles, 8 de abril de 2015

Invierno de 1984

Un frío y oscuro domingo de invierno de 1984. Yacía sentado en mi butaca color de otoño mientras tomaba una caliente taza de té. Algo extraño sucedió. La puerta principal se abrió sola a causa de la fuerte ventisca que arreciaba toda la región. Los finos copos de nieve se derretían en un abrir y cerrar de ojos. Me levanté muy cansado y cerré de un portazo la puerta evitando que el fuego de la chimenea se desvaneciera, como se desvanece una gota de lluvia tras caer al río.

Ya cansado y con mucho sueño me dirigí a mi cuarto para descansar, ya que al siguiente día había de madrugar si no quería llegar tarde a la fábrica y como la noche fue intensa por la nevada, cualquiera sabía cuál podría ser el estado de los limosos caminos de tierra. Fue una noche en la que me costó dormir. De fondo el ensordecedor ruido de los truenos y los destellos de los relámpagos llenaban de insomnio mi alcoba. Afortunadamente conseguí conciliar el sueño.

6:00h am. Me desperté sobresaltado por el estruendo de la alarma del despertador, y lo primero que hice fue asomarme a la ventana para ver el aspecto con el que se presentaba el día. Entre un par de nubarrones grises, se asomaba tímidamente el Sol, deslumbrando la mirada del ojo ajeno y a su vez derritiendo la nieve acumulada en la entrada del garaje. El Arco Iris arqueaba todo el horizonte. Los pinos amanecían verdes y cubiertos por un fino manto de nieve mientras el rocío de las mañanas refrescaba el ambiente.

Uniformado ya y en el bar de dos calles más allá, una pregunta me daba la bienvenida:

            -¿Lo de siempre caballero? – preguntaba la muchacha.
            - Sí, hoy vuelve a ser ayer. – respondía yo.

Las vistas eran magníficas. Lunes y una visión amplia de toda la comarca iluminada por el alba de una mañana más. Mi desayuno, un café con leche y una pasta de chocolate. Eran mis pilas de cada día. Mientras almorzaba siempre solía ocupar mi tiempo contemplando las sonrisas agridulces, más amargas que dulces de las calles de Madrid, o bien leyendo la prensa escrita por aquellos que se dejan sobornar por unos cuantos billetes color del poder o quizá aquello que la censura del país pasaba por alto. Página tras página todo lo mismo. Que si viva nuestra patria, que si orden y ley van de la mano… todo habladurías. La verdad que presentaba la prensa o que los de arriba querían presentar es bien distinta a la realidad de las calles, la verdadera realidad. Restricción de derechos, imposición de un gobierno que procuraba antes su bien que no el bien común… Harto de leer un no parar de sandeces decidí emprender camino. Pagué con ganas el buen desayuno que tomé en el bar y me volví con una sonrisa, dispuesto a realizar algo grande.

La previsión meteorológica presentaba unas temperaturas en descenso, es decir; haría frío, mucho frío. Nieve en cotas superiores a 600m. Cogí mi coche, un último modelo español, el SEAT Ibiza. El frío adormeció el motor de tal manera que  ni con cien despertadores como el mío lograría despertar. A base de girar la llave continuamente y rezar a Dios porque arrancara, el motor reaccionó y pude poner pies en polvorosa hacia la fábrica. Nos separaban unos veintitrés quilómetros que duraban una media hora. Los caminos no eran fáciles. No era un terreno yermo precisamente. Todo un vaivén de altibajos en la carretera, aún sin asfaltar debido a la presunta falta de presupuesto del estado. Podía sentir los quejidos de mi rojo SEAT Ibiza. “¡Por favor que acabe ya!” me decían sus muelles.

45 minutos más tarde conseguí llegar sano y salvo a la fábrica. Solo  un par de Guardia Civiles interrumpieron mi camino. Controles rutinarios que los llaman.

Tras fichar a las ocho de la mañana y saludar con una sonrisa en mi semblante a mis trabajadores entré en mi despacho, suspiré y empecé mi trabajo. Sí, has leído bien, mis trabajadores. Yo era el dueño de una pequeña fábrica de papel, una de las primeras editoriales españolas. Desde siempre me ha encantado leer y está muy bien que se les reconozca el mérito a los escritores y sus mentes maravillosas repletas de ingenio, imaginación y poesía pero, ¿Qué hay de las editoriales? Son ellas las que realmente hacen efectivo el trabajo del escritor. Si no, pensadlo. Estaríamos leyendo historias impresas en papel o peor, escritas a mano y sería nuestro trabajo el intentar descifrar las letras, cada cual más retorcida e ilegible. Fue entonces que decidí adueñarme de un hangar abandonado en el valle de una sierra no muy lejos de donde yo crecí y reconstruirlo en una pequeña editorial.

No es nada fácil ser dueño de una empresa. Al principio pensé que me había auto-sentenciado a muerte, que me había echado todo el peso sobre mis espaldas y que no tendría ningún ingreso fijo. Pues bien, a base de esfuerzo, mucho sacrificio y amor por mi trabajo he conseguido tener una vida digna. Moví cielo, mar y tierra para contactar con las empresas encargadas de distribuir maquinaria precisa y por supuesto los mejores estaban en el extranjero. Las máquinas provenían de Alemania y Reino Unido así que con el dinero que recibí de la herencia de mis abuelos compré copiadoras, tinta, papel y contraté a jóvenes empleados. No podía permitirme pagar un sueldo elevado y por ello me costó mucho encontrar un perfil que se ajustara a mis necesidades. Suerte que mi buen amigo y vecino Tomás me sugirió que contratara a sus hijos, esclavos de la agricultura y la ganadería, seguro de que aceptarían encantados mi propuesta. Y así fue. Mis trabajadores no eran otros que los cinco hijos de Tomás.

No era una editorial con mucha fama ni muy conocida pero era lo suficientemente buena y leal como para atraer a los pocos y experimentados escritores de la zona. Apenas eran unas 300 copias de cada libro las que surgían de las fauces de la fábrica, teniendo en cuenta que los escritores escribían un libro cada 2 o 3 años aproximadamente. Los escritores que decidían acudir a mí para imprimir sus obras lo hacían porque quizá era la única editorial que no ponía ningún impedimento respecto a la temática del libro y lo que supondría el hecho de salir a la venta. Desobedecía las órdenes que venían de arriba. Siempre tuve el miedo de que acabaran descubriéndome y censuraran mi empresa por desobediencia suprema o por uso clandestino del arte.

Fue un invierno duro sí. Lo más especial de todo este trabajo era el momento de tratar con los escritores en persona cuando venían a hacer la entrega de sus obras escritas a mano. Pero eso dejó de suceder en el momento en qué en los Estados Unidos la empresa Apple Inc., la divina creación de Steve Jobs, comercializó exitosamente la primera computadora personal, el Macintosh 128k. Entonces los escritores empezaron a escribir sus obras a máquina, cosa que les resultaba más eficiente, menos cansado y más cómodo que escribir a mano 200 páginas. Ya no eran los autores quienes venían a mi hangar transformado en un sueño para entregarme la obra original, si no que enviaban a pequeños mensajeros a cambio de unas cuantas pesetas.

Recuerdo a Sebastián con frecuencia en mis largas horas vividas. Él era un autor distinto a los que tenía acostumbrado a editar. Era más perfeccionista que el resto, más serio, más encerrado en su mundo de fantasía a veces tan cruel y difícil como la vida misma. Sus escritos pretendían socorrer a su amada patria de los descaros, las réplicas y las manifestaciones de las personas con una voz contraria, cansadas de bailar por las calles sujetas a unas pautas que atendían solo a las razones de los de que mandan. Pero a pesar de ser así, le debo a Sebas gran parte, si no la totalidad, de mi fama de cara a las afueras del pueblo. Él era columnista del Diario de Barcelona, uno de los diarios más antiguos de Europa, fundado en época napoleónica. Allí solía retratar el gran trabajo de una editorial pequeña, con ilusión, lealtad y profesionalismo que era capaz de satisfacer las necesidades de cualquier escritor tanto de corta como de larga experiencia. Sebastián fue el punto de inflexión para el conocimiento nacional de la que fue mi empresa. Pero el gobierno central decidió el 22 de Marzo dejar de editar el Diario de Barcelona por unos propios motivos que jamás nadie consiguió entender. Maldito sea ese día.

Aquél mismo día mi esposa Lucía decidió emprender camino hacia las Américas en busca de nuevas oportunidades ignorando cuanta atención, dedicación y amor supe darle desde que nos conocimos la primavera de 1967 con apenas 19 añitos. Mi corazón y mis pensamientos vivieron una etapa de desconexión con el mundo. Se acabó. Un sueño más se quedaba ahí. Un hangar que cambiando un par de letras y con el sudor de mi frente convertí en hogar volvía a su niñez, a su infancia. Volvió a transformarse en el apagado y sucio recinto abandonado que era. Dejé la editorial.

Los autores me apoyaron en todo momento y gracias a ellos pude reponerme con rapidez pero mis ilusiones no eran las mismas. Tan solo quería vivir y ser feliz porque como bien se sabe la vida son dos días y ya está pasando el primero.


Recordaré el 22 de Marzo de 1984 cada día de lo que me quede por vivir. Aquél oscuro y frío invierno de 1984. 



Jonathan Montoya García