Un frío y oscuro domingo de
invierno de 1984. Yacía sentado en mi butaca color de otoño mientras tomaba una
caliente taza de té. Algo extraño sucedió. La puerta principal se abrió sola a
causa de la fuerte ventisca que arreciaba toda la región. Los finos copos de
nieve se derretían en un abrir y cerrar de ojos. Me levanté muy cansado y cerré
de un portazo la puerta evitando que el fuego de la chimenea se desvaneciera, como
se desvanece una gota de lluvia tras caer al río.
Ya cansado y con mucho sueño me
dirigí a mi cuarto para descansar, ya que al siguiente día había de madrugar si
no quería llegar tarde a la fábrica y como la noche fue intensa por la nevada,
cualquiera sabía cuál podría ser el estado de los limosos caminos de tierra.
Fue una noche en la que me costó dormir. De fondo el ensordecedor ruido de los
truenos y los destellos de los relámpagos llenaban de insomnio mi alcoba.
Afortunadamente conseguí conciliar el sueño.
6:00h am. Me desperté sobresaltado
por el estruendo de la alarma del despertador, y lo primero que hice fue
asomarme a la ventana para ver el aspecto con el que se presentaba el día.
Entre un par de nubarrones grises, se asomaba tímidamente el Sol, deslumbrando
la mirada del ojo ajeno y a su vez derritiendo la nieve acumulada en la entrada
del garaje. El Arco Iris arqueaba todo el horizonte. Los pinos amanecían verdes
y cubiertos por un fino manto de nieve mientras el rocío de las mañanas
refrescaba el ambiente.
Uniformado ya y en el bar de dos
calles más allá, una pregunta me daba la bienvenida:
-¿Lo
de siempre caballero? – preguntaba la muchacha.
-
Sí, hoy vuelve a ser ayer. – respondía yo.
Las vistas eran magníficas. Lunes
y una visión amplia de toda la comarca iluminada por el alba de una mañana más.
Mi desayuno, un café con leche y una pasta de chocolate. Eran mis pilas de cada
día. Mientras almorzaba siempre solía ocupar mi tiempo contemplando las
sonrisas agridulces, más amargas que dulces de las calles de Madrid, o bien
leyendo la prensa escrita por aquellos que se dejan sobornar por unos cuantos
billetes color del poder o quizá aquello que la censura del país pasaba por
alto. Página tras página todo lo mismo. Que si viva nuestra patria, que si
orden y ley van de la mano… todo habladurías. La verdad que presentaba la
prensa o que los de arriba querían presentar es bien distinta a la realidad de
las calles, la verdadera realidad. Restricción de derechos, imposición de un
gobierno que procuraba antes su bien que no el bien común… Harto de leer un no
parar de sandeces decidí emprender camino. Pagué con ganas el buen desayuno que
tomé en el bar y me volví con una sonrisa, dispuesto a realizar algo grande.
La previsión meteorológica
presentaba unas temperaturas en descenso, es decir; haría frío, mucho frío.
Nieve en cotas superiores a 600m. Cogí mi coche, un último modelo español, el SEAT
Ibiza. El frío adormeció el motor de tal manera que ni con cien despertadores como el mío
lograría despertar. A base de girar la llave continuamente y rezar a Dios
porque arrancara, el motor reaccionó y pude poner pies en polvorosa hacia la
fábrica. Nos separaban unos veintitrés quilómetros que duraban una media hora.
Los caminos no eran fáciles. No era un terreno yermo precisamente. Todo un
vaivén de altibajos en la carretera, aún sin asfaltar debido a la presunta
falta de presupuesto del estado. Podía sentir los quejidos de mi rojo SEAT
Ibiza. “¡Por favor que acabe ya!” me decían sus muelles.
45
minutos más tarde conseguí llegar sano y salvo a la fábrica. Solo un par de Guardia Civiles interrumpieron mi
camino. Controles rutinarios que los llaman.
Tras
fichar a las ocho de la mañana y saludar con una sonrisa en mi semblante a mis
trabajadores entré en mi despacho, suspiré y empecé mi trabajo. Sí, has leído
bien, mis trabajadores. Yo era el dueño de una pequeña fábrica de papel, una de
las primeras editoriales españolas. Desde siempre me ha encantado leer y está
muy bien que se les reconozca el mérito a los escritores y sus mentes
maravillosas repletas de ingenio, imaginación y poesía pero, ¿Qué hay de las
editoriales? Son ellas las que realmente hacen efectivo el trabajo del
escritor. Si no, pensadlo. Estaríamos leyendo historias impresas en papel o
peor, escritas a mano y sería nuestro trabajo el intentar descifrar las letras,
cada cual más retorcida e ilegible. Fue entonces que decidí adueñarme de un
hangar abandonado en el valle de una sierra no muy lejos de donde yo crecí y
reconstruirlo en una pequeña editorial.
No
es nada fácil ser dueño de una empresa. Al principio pensé que me había
auto-sentenciado a muerte, que me había echado todo el peso sobre mis espaldas
y que no tendría ningún ingreso fijo. Pues bien, a base de esfuerzo, mucho
sacrificio y amor por mi trabajo he conseguido tener una vida digna. Moví
cielo, mar y tierra para contactar con las empresas encargadas de distribuir
maquinaria precisa y por supuesto los mejores estaban en el extranjero. Las
máquinas provenían de Alemania y Reino Unido así que con el dinero que recibí
de la herencia de mis abuelos compré copiadoras, tinta, papel y contraté a
jóvenes empleados. No podía permitirme pagar un sueldo elevado y por ello me
costó mucho encontrar un perfil que se ajustara a mis necesidades. Suerte que
mi buen amigo y vecino Tomás me sugirió que contratara a sus hijos, esclavos de
la agricultura y la ganadería, seguro de que aceptarían encantados mi
propuesta. Y así fue. Mis trabajadores no eran otros que los cinco hijos de
Tomás.
No
era una editorial con mucha fama ni muy conocida pero era lo suficientemente
buena y leal como para atraer a los pocos y experimentados escritores de la
zona. Apenas eran unas 300 copias de cada
libro las que surgían de las fauces de la fábrica, teniendo en cuenta que los
escritores escribían un libro cada 2 o 3 años aproximadamente. Los escritores
que decidían acudir a mí para imprimir sus obras lo hacían porque quizá era la
única editorial que no ponía ningún impedimento respecto a la temática del
libro y lo que supondría el hecho de salir a la venta. Desobedecía las órdenes que
venían de arriba. Siempre tuve el miedo de que acabaran descubriéndome y censuraran mi empresa por desobediencia suprema o por uso clandestino del arte.
Fue
un invierno duro sí. Lo más especial de todo este trabajo era el momento de
tratar con los escritores en persona cuando venían a hacer la entrega de sus
obras escritas a mano. Pero eso dejó de suceder en el momento en qué en
los Estados Unidos la empresa Apple Inc.,
la divina creación de Steve Jobs, comercializó exitosamente la primera computadora
personal, el Macintosh 128k. Entonces
los escritores empezaron a escribir sus obras a máquina, cosa que les resultaba
más eficiente, menos cansado y más cómodo que escribir a mano 200 páginas. Ya
no eran los autores quienes venían a mi hangar transformado en un sueño para
entregarme la obra original, si no que enviaban a pequeños mensajeros a cambio
de unas cuantas pesetas.
Recuerdo a Sebastián con
frecuencia en mis largas horas vividas. Él era un autor distinto a los que
tenía acostumbrado a editar. Era más perfeccionista que el resto, más serio,
más encerrado en su mundo de fantasía a veces tan cruel y difícil como la vida
misma. Sus escritos pretendían socorrer a su amada patria de los descaros, las
réplicas y las manifestaciones de las personas con una voz contraria, cansadas
de bailar por las calles sujetas a unas pautas que atendían solo a las razones
de los de que mandan. Pero a pesar de ser así, le debo a Sebas gran parte, si no
la totalidad, de mi fama de cara a las afueras del pueblo. Él era columnista del
Diario de Barcelona, uno de los diarios
más antiguos de Europa, fundado en época napoleónica. Allí solía retratar el
gran trabajo de una editorial pequeña, con ilusión, lealtad y profesionalismo
que era capaz de satisfacer las necesidades de cualquier escritor tanto de corta
como de larga experiencia. Sebastián fue el punto de inflexión para el
conocimiento nacional de la que fue mi empresa. Pero el gobierno central
decidió el 22 de Marzo dejar de editar el Diario
de Barcelona por unos propios motivos que jamás nadie consiguió entender. Maldito
sea ese día.
Aquél mismo día mi esposa Lucía
decidió emprender camino hacia las Américas en busca de nuevas oportunidades
ignorando cuanta atención, dedicación y amor supe darle desde que nos conocimos
la primavera de 1967 con apenas 19 añitos. Mi corazón y mis pensamientos
vivieron una etapa de desconexión con el mundo. Se acabó. Un sueño más se
quedaba ahí. Un hangar que cambiando un par de letras y con el sudor de mi
frente convertí en hogar volvía a su niñez, a su infancia. Volvió a
transformarse en el apagado y sucio recinto abandonado que era. Dejé la
editorial.
Los autores me apoyaron en todo
momento y gracias a ellos pude reponerme con rapidez pero mis ilusiones no eran
las mismas. Tan solo quería vivir y ser feliz porque como bien se sabe la vida
son dos días y ya está pasando el primero.
Recordaré el 22 de Marzo de 1984
cada día de lo que me quede por vivir. Aquél oscuro y frío invierno de 1984.
Jonathan Montoya García