Descansa mi semblante sobre el alféizar de tu ventana. Camino en pensamientos bajo la atenta mirada del que todo lo sabe. Indiferente el cielo que me ve vagar por sus senderos mientras los músicos siguen tocando, mientras los ignorantes mandan y nosotros como marionetas nos dejamos mandar. Con marea alta o baja el barco se hunde, se confunde entre las aguas. Nos prometen chalecos salvavidas comprados con la moneda que cae por la borda. Unos en proa y otros en popa.
Una gota no es igual a otra. Son distintas, únicas. Son muchas navegando hacia un mismo lugar, a un mismo rumbo. Una, dos, tal vez tres... Mil, dos mil, tres mil... Diez mil o quizá veinte mil. Son gotas infinitas y juntas las llamamos mar.
Y desde arriba se vive el espejo. Allí donde el filósofo mira. Se contagia del color de sus aguas en el azul del cielo. Y también es una o son dos... Serán diez, veinte o hasta treinta nubes. Con sus formas y sus colores. Corriendo en autopistas sin carriles empujadas por el viento, por el mismo aire de libertad.
Y yo que me pregunto quién soy y qué hago aquí.
Jonathan Montoya García
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