¿Es verdad eso que dicen? ¿Que nada es para siempre? Una vela, una única vela, una sola llama. Una ráfaga de aire frío y se esfuma el calor. Se acabó. Cierto es que con los años la vela se consume, se consume por la falta de ese muro que tapa el frío. Abre los ojos y mira, mira a través de tu ansiado reflejo en el espejo de sus besos. Seca las lágrimas que caen por su mejilla.
Cuando veas que sus ojos no brillan, que su mirada se aparta y cae. Cuando en el mínimo intento de evadir la realidad borre su bella sonrisa. Cuando ladee su cabeza hacia otro lado, entonces mírala y reaviva esa llama se consume en la jodida ola de frío. Entonces hazla sonreír, acércate a ella por la espalda, acaricia su cuello con tus besos, susúrrale al oído que es ella el amor de tu vida. Que son los hoyuelos de su sonrisa los que cosquillean tu interior, que son sus ojos la viva mirada del recuerdo de tus manos. Bésala y hazle sentir de nuevo el calor de la llama intensa de aquella vela roja que ardía entre los dos. Llámala “princesa” y hazla sentir como tal. Regálale el ramo de rosas rojas y margaritas blancas más bonitas que puedas encontrar, si es que puedes; porque sabes que es ella la flor más bella de cualquier jardín. Trata de sanar cualquier herida que hayas podido causar, díselo hablando sin hablar, demuéstrale lo que con dos palabras no basta: TE AMO. Ámala y respétala como si tu vida dependiera de ello, como si su corazón latiera por ello.
No permitas que nazcan de sus ojos lágrimas de dolor y sufrimiento, y si es así; encárgate tú de transformarlas en un millón de bellas sonrisas y palabras. Porque en el fondo de su corazón lleva escrito tu nombre y tú, sin saberlo, tatuaste el suyo en tu interior.”
Jonathan Montoya García