lunes, 6 de febrero de 2017

Todo empezó en aquella casa. (Capítulo IV)

¿Debo seguir conociéndola? ¿Debe ella seguir conociéndome? Las dudas me asaltaban una y otra vez. En la fiesta todo era perfecto. Me mantuve aislado durante unos minutos después de nuestro primer contacto y aquello fue como estar sentado en una sala de cine viendo una película sin palomitas. Tras suspirar volví con el resto deshaciéndome de cualquier pensamiento que desviara mi diversión hacia otro lado.

Ya era algo tarde, el Sol hacía horas que ya dormía y la luna era la dueña de la noche. Empezó a sonar reggaeton por todos lados. Las paredes hacían rebotar las notas unas contra las otras y podían escucharse desde cualquier rincón de la casa. Mientras la música empezaba a caldear el ambiente, el baile de las chicas encendían otros aspectos. Otra cosa no, pero aquel reggaeton nos mantenía con los ojos bien abiertos. Ellas, que llevaban el ritmo en la sangre, fueron las primeras en estrenar la pista de baile que Zalo preparó en un santiamén. Retiró mesas y sillas, todo bien colocadito y dejó a Fabián a cargo de la mesa de mezclas. La verdad es que Fabián era un pijo con buen gusto musical. Casi repasó toda la historia del reggaeton, del más viejo y mítico hasta lo más nuevo de Maluma.

En una de las canciones, curiosamente una bachata, Lucía, me sacó a bailar. Sé que en teoría hubo de ser al revés y ser yo quien la sacara a ella a bailar, pero entre la timidez que tenía en el cuerpo y que me asustaba la idea de bailar con mi particular torpeza, preferí quedarme allí sentado y observar los contoneos de mis amigas. Finalmente accedí a bailar con ella tras algún intento de resistirme pero fue en vano. Acabé rendido a sus manos y tenerla a tan solo unos pocos centímetros, buf... me superaba. Yo solo podía moverme cuatro pasos a la derecha y otros cuatro a la izquierda, ya sabes, el paso básico de la bachata. Además, quedaba ridículo mi intento de mover las caderas. Era un palo para estas cosas, aunque no niego que me encantaba y encanta bailar, si supiera. Romeo Santos fue el elegido para adornar nuestro primer baile. Ella se movía... parecía un ángel en cada paso. Su expresión en la cara, su mirada dulce y atrevida con la que enfocaba sus ojos en los míos, la forma de agarrarse a mi cuerpo; parecía que hubiéramos bailado juntos toda la vida. Había entendimiento y compenetración y eso me asustaba, no era normal, no parecía normal. Al terminar la bachata ambos nos fundimos en un tierno abrazo como si nos agradeciéramos mutuamente ese momento. Nos sentamos en el sofá y comenzamos a charlar.

- Oye, no bailas tan mal como dices. - introdujo Lucía.
- ¿De verdad? Y yo que pensaba que sí. Resulta que llevo un bailarín dentro y no lo sabía. Jajaja, va es broma Lucía, en serio, no tengo ni puta idea de baile.
-¡Pero qué dices! En serio, no eres Siscu Pérez pero oye, no bailas mal. Además tu mirada dice mucho cuando bailas.
- ¿Siscu.. qué? - Pregunté sin saber quién diantres era ese señor.
- ¿No lo conoces? Siscu Pérez es un bailarín profesional de baile de salón. Es uno de los mejores en el estilo latino.
- Pues ojalá fuera Siscu para poder estar a tu altura. - Piropeé sin saber casi ni lo que decía.

Ella sonreía con cada palabra que nos contábamos. Me encantaba hacerla reír, soñaba con ello. Establecimos en muy poco tiempo, cuestión de horas, un vínculo más allá de una simple amistad, casi te diría que de almas gemelas. Tanto fue que se le escapó un pedo en mi presencia. Me encantó. Sí, de verdad. No te rías. No recuerdo de quién o dónde, pero leí que no alcanzas la confianza máxima con una persona hasta que no te tiras un pedo en su presencia. Total los dos acabamos riéndonos aunque se sonrojara hasta casi camuflarse con los tomates.

- ¡Jessica! ¿Dónde has puesto a cargar tu móvil? - Gritó Santiago a su novia desde el pasillo.
- En la habitación de arriba, ¿por qué? - Respondió ella.
- Pues que yo también lo tengo arriba. Voy a ver si ya está cargado. Son las 02:00 am ya se habrá cargado.
- ¡Uy! Espérame. El mío imagino que... también se habrá cargado. - Dijo Jessica entrecortándose.
- Pero Jess, si se te asoma el móvil por el bolsillo del culo. - Dije yo descubriendo la tapadera de mi amiga.
- Vaya... ¿Qué hace aquí? ¿Habrá venido solo? Mmm... qué raro... ¡Oh! Entonces habré dejado el cargador enchufado, lo voy a quitar antes de que provoque un cortocircuito. ¡Cariño espera!

Le faltó tiempo para subir a la habitación de arriba. Santi sí que tenía su móvil cargando porque fui yo expresamente el que le prestó el cargador. Pero Jessica, no pintaba nada. ¿Para qué querría ir Jessica a la habitación de arriba, curiosamente, acompañada de su novio, a las dos de la madrugada y con más alcohol en sangre de la cuenta? Nos creían ilusos. Pero qué íbamos a hacer. Eran libres de demostrarse todo su amor.

- ¡Con precaución! - Gritó de fondo Gonzalo.
- Colgad el cartel de "no molestar" - Les sonrió Fabián.

Lucía, Zalo y yo estábamos sentados en el sofá mientras Fabián nos seguía deleitando con sus temas latinos y haciendo enloquecer al resto de chicas. Las provisiones de alcohol empezaban a escasear y Gonzalo decidió salir de la casa e ir a por más botellas de Vodka, Jagermeister y no sé qué más. Asier, que fue el protagonista de la noche se ofreció a acompañarlo, pero Zalo se negó y prefirió ir solo. No lo entendimos. Gonzalo odiaba ir solo a cualquier sitio. Fue entonces cuando Lucía y yo tuvimos nuestra primera conversación seria. Al irse Zalo y que Asier, Fabián y el resto de chicas siguieran a sus qué haceres, Lucía decidió confesarse conmigo.

Su rostro cambió en un abrir y cerrar de ojos. Me asusté. No la había visto así y tampoco me la imaginaba no sonriendo. Pero en sus ojos aparecía alguna lágrima. La verdad es que no se separó del móvil en ningún momento. Solo cuando bailamos y algún otro rato cuando hablaba con sus amigas. Lo que me contó me dejó perplejo. Lucía tenia novio.

Aquellas palabras me sentaron como un jarrón de agua fría y con lo caliente que estaba la noche casi me da un corte de digestión. En teoría tener novio o novia tiene que ser algo bonito, especial y lleno de cosas buenas y a la vez superar las malas. Pero parece que no era el caso de Lucía. No lograba comprender porqué al mencionarme el tema de su relación su mirada caía, sus ojos se inundaban en lágrimas y suspiros. Mi gesto no pudo ser otro.

- Verás... No sé si hago bien en contarte estas cosas, no se lo he contado a nadie y apenas te conozco pero algo dentro de mí me dice que debo hacerlo. - Comenzó Lucía secándose las lágrimas como podía. - Mi... novio, es cuatro años mayor que yo. Él tiene 22. Tuvo problemas hace dos años con las drogas y lo ayudé a salir de ahí. Mi familia no lo aceptaba ni lo ha aceptado en ningún momento y eso me ha dolido siempre. Él se comporta a veces de manera muy extraña, es muy celoso y muy agresivo, de hecho... buf...
- Shhhh.. Lucía, mírame. Mírate. Estás llorando. ¿Crees que esta eres tú? No sé ni la mitad de lo que guardas dentro pero solo por como está cambiando tu cara puedo imaginarlo. Tranquilízate y cuéntame. Sabes que voy a ayudarte. Desde nuestro primer saludo lo he sentido en todo momento. Tú eres especial. - Dije mostrando toda mi confianza.
- Lo sé... Pues las heridas que ves en mis piernas, estos cortes... no me los hice con un tallo de Aloe Vera. Yo... Tuvimos una discusión por que quedé con Gonzalo después de que tuviéramos un lío este verano pasado.
- Vale... Creo que he escuchado suficiente. ¿Me estás diciendo que.. él... te pegó? - Pregunté a punto de estallar emocionalmente
- Sí... pero, por favor no se lo digas a nadie. 

Todo iba perfecto. Todo hasta las tres menos cuarto de aquella madrugada. La vida a veces nos pone a prueba con giros inesperados que a veces no logramos ni entender, ni aprobar, ni superar en el peor de los casos. Pero no nos iríamos sin seguir luchando. Porque ante estos problemas no sirve quedarse de brazos cruzados, ni ser sumiso o sumisa, ni dejarse pisotear. Estas cosas se afrontan y nos hace ser más fuertes. Porque tú y yo SOMOS FUERTES. No dejaba de pensar en lo mismo.

Esta era nuestra prueba. La prueba definitiva. Todo empezó en aquella casa.



CONTINUARÁ...                           Siguiente capítulo     Capítulo anterior



Jonathan Montoya