lunes, 3 de julio de 2017

Todo empezó en aquella casa. (Capítulo VII)

A veces la vida da un giro de 180º y te lo pone todo del revés. Lo que estuvo bien ahora está mal, lo que hubiera estado mal es lo que al final está bien. Nunca mantenemos los pies en línea recta. Deambulamos a través de curvas, de subidas y bajadas y desde luego, es así.

De pronto el cielo pareció teñirse de un color tenebroso. Me partían rayos. Nos llovían los ojos. Todos nos dimos cuenta de que aquél cuerpo tendido en el suelo, sin vida, era el de nuestro gran amigo Gonzalo. No podría describirte con exactitud lo que sentimos en aquél momento, fue algo... tan... inesperado, doloroso, injusto. 

- Vamos, ¡Muévanse, apártense, fuera del perímetro, por favor! - Gritaban las autoridades mientras tendían la cinta roja que rodeaba el lugar del crimen.
- ¡Dejadme pasar! ¡Es mi amigo joder! ¡¡Nooooo!! ¡¡Gonzaloooooo!! - Arremetí contra todo y contra todos, quería saltar por encima del cordón policial. No me atrevía a aceptar lo que había pasado. Finalmente mis rodillas empezaron a flaquear y cedieron, caí al suelo. 
- ¡John! ¡Eh! Vamos, tranquilo, ya está... No pasa nada, shhhh.... No llores más. - Sollozaba Lucía acompañada por el resto de la pandilla.
- No puede ser. No... Él no... - No podía dejar de llorar. La impotencia se apoderaba de mí. Era tanta la rabia que sentía que sin querer hice daño a Lucía en un último arrebato de intentar llegar a Gonzalo. 

Mientras, en una de las ambulancias, atendían a Asier preso del miedo y en estado de shock. Su dieciocho cumpleaños convertido en una película de terror. Una película real. Una situación de lo más inimaginable. Las chicas intentaban consolarnos a nosotros pero ellas apenas podían articular una sola palabra. 

Allí empezó a acumularse demasiada gente, mucha ambulancia y agentes de policía. Perdí el rastro del cuerpo. Tan solo alcancé a ver cómo introducían la camilla dentro de la ambulancia. Pareció pasar todo tan deprisa, y la realidad es que estábamos al alba de una nueva mañana, un mañana gris. 

El jefe de policía se acercó a Santi y le dijo que debíamos ir con ellos a comisaría a prestar declaración. Cabizbajos, sin aliento, petrificados y totalmente hieráticos subimos al furgón camino de las dependencias policiales. 

Una vez allí nos hicieron pasar uno a uno a una especie de sala pequeña, fría y oscura. En medio tan solo había una mesa y dos sillas alumbradas por un único foco. El primero en entrar fue Santi. Acompañado por dos hombres vestidos de traje y con placa. El primero de ellos con bigote y perilla, unos 37 años. El segundo, que parecía ser el jefe, era un hombre de entre 50 y 60 años, moreno y robusto. Al resto nos dejaron en habitaciones separadas. Nos dijeron que formaba parte del protocolo de actuación en este tipo de sucesos. No podíamos hablar entre nosotros.

Me iba a estallar la cabeza. No podía de dejar de mirar las cuatro paredes que me rodeaban. 

Delante.
 Izquierda.
 Derecha. 
Abajo.



 Delante.

Izquierda.
 Derecha.
 Abajo. 

Me tiraba de los pelos, quería llegar a responder a mi única pregunta: ¿Por qué? 

Tras casi una hora y media de interrogatorio, dejaron salir a Santi y lo enviaron directamente a casa. No nos dejaban tener ni un pequeño contacto visual. Nada. El reloj parecía pasar de nosotros y continuaba contando las horas. Fuimos pasando todos y a medida que salíamos el rostro de los policías se volvía más inquietante y nervioso.

- ¿John Montgomery? - Llamaron desde el interior de la sala.
- ... Yo. - Respondí tragando saliva. 
- Adelante. Pase y siéntese ahí. - Me indicó el policía moreno y robusto.
- Muy bien. Hemos escuchado atentamente las versiones del resto de sus amigos y han contestado a todas nuestras preguntas. Según nos han indicado usted era uno de los más afines a la víctima. ¿Qué relación los unía?
- Zalo y yo nos conocíamos desde que éramos unos críos. Fuimos juntos a parvulario y de ahí en adelante nos convertimos en casi uña y carne. Éramos inseparables. Hacíamos los deberes juntos, incluso llegamos a coincidir en las clases de inglés. Nos entendíamos bien. Además era muy buen amigo de mi novia... perdón, de mi amiga Lucía. Sé que tuvieron algo en un pasado, pero aquello terminó y ahora, bueno hasta hoy seguían siendo muy buenos amigos. No sé, agente, no entiendo por qué le ha tenido que pasar algo así a él. Todo lo que hacía, lo hacía porque sí, sin más.
- Entiendo. Verá  Sr. Montgomery, al parecer según nos ha informado recientemente nuestro médico forense, lo que acabó con la víctima fue un herida por arma blanca, una perforación desde la espalda hacia adelante que causó la muerte al instante. Encontraron el arma homicida a unos pocos metros de donde se encontraba el cadáver y no han podido hallar ningún tipo de huella. Por la altura de la víctima y el lugar donde se provocó la herida, podemos deducir que el asesino mide entre 1,75 y 1,80; ¿cuánto mide usted? 
- 1,85 señor. ¿¡Qué insinúa!? ¿¡Que fui yo quién mató a Gonzalo!? ¡Soy su mejor amigo, agente! Aclaren esto cuanto antes, el asesino de mi amigo está libre, sonriendo como si no hubiera pasado nada mientras tiene aquí, llorando y desolados a todos y cada uno de sus amigos. ¿Y qué me dice de sus familiares? Su tía nos prestó su casa para la fiesta de Asier. ¿En serio creen que yo haría algo así? - Empecé a ponerme tenso y nervioso.
- Tranquilícese Sr. Montgomery. - Replicó el otro policía. - No queremos decir que usted sea el culpable, pero tras escuchar las versiones de sus amigos, usted fue el único que mientras todos permanecieron dentro de la casa, salió a la calle durante un largo período de tiempo. Al poco después de que la víctima decidiera salir también. No lo incriminamos pero entienda que nuestro deber es llegar al fondo de la cuestión. ¿Tendría algún motivo por lo que deshacerse de Gonzalo?
- ¿¡QUÉ, QUÉ!? Vamos agentes, ¿¡Es que no me escuchan!? Gonzalo era lo único que yo tenía. Además, estuve con Lucía en el jardín. - Acabé soltando roto e inmerso en un llanto interminable.

Al salir, de reojo y entre lágrimas, pude ver la cara de Lucía. Ella aún no había entrado, pero su semblante no era el mismo de antes. Estaba pálida, asustada, hasta se hiperventilaba, algo parecía darle mucho miedo, pero... ¿Qué sería? 

Mientras prestábamos declaración, Lucía recibió este mensaje de WhatsApp en su móvil:





CONTINUARÁ...                              ←Capítulo anterior              Siguiente capítulo→