miércoles, 27 de mayo de 2015

A mi pequeña gata (Lily)

Cuenta la historia que un 5 de octubre en algún lugar de este mundo se vio una luz que alumbró la oscuridad de los que están lejos de ella. No llega a un año que tengo el placer y el orgullo de conocer a la persona que provocó aquél acontecimiento. Es una luz preciosa, sincera, risueña, cálida y transparente. Una luz tan tierna como una linda gatita. En mis 88 días de invierno es quien me entrega su calor, es quien cuando todo lo veo negro aparece para alumbrar mis días y mostrarme lo bueno de cada momento. Es quien en primavera la sangre altera, es quien en verano muestra su entera belleza y es quien en otoño, cuando las hojas caen sigue estando ahí con su calidez, para arroparte, para ayudarte, para quererte si en su corazón cabe todavía más. 

He lidiado noche y día con la idea de permanecer siempre junto a ella. He sentido impotencia a veces y he sentido gozo caminando a su lado. He soñado, he imaginado momentos en los que no decíamos nada o tal vez hablábamos sin hablar. Nuestros ojos se lo decían todo. Y es que la imaginación debe impregnar aquello que por muy difícil de conseguir parezca mantenga ese aliento de esperanza, que según se dice, es lo último que se pierde. Ha sido mi inspiración en mil momentos y escribí acrósticos para ella:

La primera vez que te ví lo sentí.
Imaginé mil veces verte sonreír.
Decías que sí, que morías por mí.
Inventé historias con tu nombre como protagonista.
Aseguré letra a letra que de ti nunca me apartaría. 

Creo que desde aquél día, cuando he notado que su luz podía apagarse he tenido el valor suficiente y la he querido con tantas ganas que he logrado hacerla revivir su llama. No sé en qué manera, no sé si he hecho bien, no sé nada. Pero desde hace ya algún tiempo sé que hay preguntas que no tienen respuesta. 

Quiero a esa luz como a nada en el mundo. Quiero inmortalizar cada momento que la tenga entre mis brazos. Quiero que no se apague nunca, y es que nunca lo hará, porque ella es mi luz, ella es Miss Sonrisa, ella es... Es ella. 



Jonathan Montoya García

viernes, 8 de mayo de 2015

Seamos uno, dos o tres... Somos

No tengo otra cosa mejor que hacer que sentarme a escuchar el silencio de mis noches, a mirar fijamente el papel y decidirme a escribir. No dejo de preguntarme quién soy y qué hago aquí.
Descansa mi semblante sobre el alféizar de tu ventana. Camino en pensamientos bajo la atenta mirada del que todo lo sabe. Indiferente el cielo que me ve vagar por sus senderos mientras los músicos siguen tocando, mientras los ignorantes mandan y nosotros como marionetas nos dejamos mandar. Con marea alta o baja el barco se hunde, se confunde entre las aguas. Nos prometen chalecos salvavidas comprados con la moneda que cae por la borda. Unos en proa y otros en popa.
Una gota no es igual a otra. Son distintas, únicas. Son muchas navegando hacia un mismo lugar, a un mismo rumbo. Una, dos, tal vez tres... Mil, dos mil, tres mil... Diez mil o quizá veinte mil. Son gotas infinitas y juntas las llamamos mar.
Y desde arriba se vive el espejo. Allí donde el filósofo mira. Se contagia del color de sus aguas en el azul del cielo. Y también es una o son dos... Serán diez, veinte o hasta treinta nubes. Con sus formas y sus colores. Corriendo en autopistas sin carriles empujadas por el viento, por el mismo aire de libertad.
Y yo que me pregunto quién soy y qué hago aquí.



Jonathan Montoya García