Ya he llegado. Estoy aquí. En un puerto más. Luego de un viaje sin prisa, dónde las olas me empujan y marcan el camino hacia mi próximo destino. Las gaviotas vuelan bajo y bajo el Sol de mis días. Parecen acariciarme con sus grandes alas y con gesto cariñoso parecen decirme "¡bien hecho capitán!".
Aguanto unas horas más allí, quieto, anclado. Y llega el jefe del puerto. Llega corriendo, cansado como agitado por los golpes de la marea o de la brisa mañanera. Trae noticias. Su baja mirada, el semblante serio, sombrero en mano y tirando de galones extiende su brazo. No es Cristóbal Colón mas sin decir nada me señala Las Américas. Asentí desolado, por mis suspiros consolado y decidido emprendo de nuevo mi marcha. Allí no estabas, ni en Asia, ni en Oceanía, ni en África y tampoco en Europa.
Vuelvo a encararme hacia otro mañana con el ocaso a mi espalda y sobre ella, la azul bandeja del océano, encuentro mensajes en botellas de vino cosecha de Dios sabe cuándo. Mensajes que dicen cómo y dónde hallar cofres repletos de valiosas joyas y de mucho oro, pero ningún mensaje habla de ti, mi mayor tesoro. Y sigo navegando, te sigo buscando.
Cae la noche y a tantos nudos me pega el frío. Mi melodía en un rompeolas, mi sueño al mediodía, viaje de largas horas.
He dejado atrás; en cada puerto ilusiones, pasiones, besos y deseos en cada una de mis sirenas. He leído mensajes en cartas de papel mojado, mensajes de hombres solos, de hombres casados, de hombres pobres y de hombres ricos. De mujeres tristes, de mujeres alegres, de mujeres soñadoras y de mujeres desesperadas. He dado los buenos días a mil aves, una por cada segundo que pasaba sin ti. Le he dicho más de mil "que descanses" a la luna de mis noches.
Delfines, orcas y tiburones. Mantas raya, ballenas, crustáceos y todo tipo de peces. Navegan con su rumbo, libres en una de las mayores autopistas del mundo. Junto a ellos surcaré los mares en tu busca, como bajel pirata que halla un gran tesoro, temido por todos, amado por nadie. Seguiré navegando en el vaivén de mis aguas, en la azul bandeja del océano, hasta llegar a puerto conocido, donde pueda verte, donde pueda encontrarte y decir que te he soñado, que te he querido. Decirte que ya estoy aquí y que no me he ido.
Jonathan Montoya García
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