miércoles, 8 de abril de 2015

Invierno de 1984

Un frío y oscuro domingo de invierno de 1984. Yacía sentado en mi butaca color de otoño mientras tomaba una caliente taza de té. Algo extraño sucedió. La puerta principal se abrió sola a causa de la fuerte ventisca que arreciaba toda la región. Los finos copos de nieve se derretían en un abrir y cerrar de ojos. Me levanté muy cansado y cerré de un portazo la puerta evitando que el fuego de la chimenea se desvaneciera, como se desvanece una gota de lluvia tras caer al río.

Ya cansado y con mucho sueño me dirigí a mi cuarto para descansar, ya que al siguiente día había de madrugar si no quería llegar tarde a la fábrica y como la noche fue intensa por la nevada, cualquiera sabía cuál podría ser el estado de los limosos caminos de tierra. Fue una noche en la que me costó dormir. De fondo el ensordecedor ruido de los truenos y los destellos de los relámpagos llenaban de insomnio mi alcoba. Afortunadamente conseguí conciliar el sueño.

6:00h am. Me desperté sobresaltado por el estruendo de la alarma del despertador, y lo primero que hice fue asomarme a la ventana para ver el aspecto con el que se presentaba el día. Entre un par de nubarrones grises, se asomaba tímidamente el Sol, deslumbrando la mirada del ojo ajeno y a su vez derritiendo la nieve acumulada en la entrada del garaje. El Arco Iris arqueaba todo el horizonte. Los pinos amanecían verdes y cubiertos por un fino manto de nieve mientras el rocío de las mañanas refrescaba el ambiente.

Uniformado ya y en el bar de dos calles más allá, una pregunta me daba la bienvenida:

            -¿Lo de siempre caballero? – preguntaba la muchacha.
            - Sí, hoy vuelve a ser ayer. – respondía yo.

Las vistas eran magníficas. Lunes y una visión amplia de toda la comarca iluminada por el alba de una mañana más. Mi desayuno, un café con leche y una pasta de chocolate. Eran mis pilas de cada día. Mientras almorzaba siempre solía ocupar mi tiempo contemplando las sonrisas agridulces, más amargas que dulces de las calles de Madrid, o bien leyendo la prensa escrita por aquellos que se dejan sobornar por unos cuantos billetes color del poder o quizá aquello que la censura del país pasaba por alto. Página tras página todo lo mismo. Que si viva nuestra patria, que si orden y ley van de la mano… todo habladurías. La verdad que presentaba la prensa o que los de arriba querían presentar es bien distinta a la realidad de las calles, la verdadera realidad. Restricción de derechos, imposición de un gobierno que procuraba antes su bien que no el bien común… Harto de leer un no parar de sandeces decidí emprender camino. Pagué con ganas el buen desayuno que tomé en el bar y me volví con una sonrisa, dispuesto a realizar algo grande.

La previsión meteorológica presentaba unas temperaturas en descenso, es decir; haría frío, mucho frío. Nieve en cotas superiores a 600m. Cogí mi coche, un último modelo español, el SEAT Ibiza. El frío adormeció el motor de tal manera que  ni con cien despertadores como el mío lograría despertar. A base de girar la llave continuamente y rezar a Dios porque arrancara, el motor reaccionó y pude poner pies en polvorosa hacia la fábrica. Nos separaban unos veintitrés quilómetros que duraban una media hora. Los caminos no eran fáciles. No era un terreno yermo precisamente. Todo un vaivén de altibajos en la carretera, aún sin asfaltar debido a la presunta falta de presupuesto del estado. Podía sentir los quejidos de mi rojo SEAT Ibiza. “¡Por favor que acabe ya!” me decían sus muelles.

45 minutos más tarde conseguí llegar sano y salvo a la fábrica. Solo  un par de Guardia Civiles interrumpieron mi camino. Controles rutinarios que los llaman.

Tras fichar a las ocho de la mañana y saludar con una sonrisa en mi semblante a mis trabajadores entré en mi despacho, suspiré y empecé mi trabajo. Sí, has leído bien, mis trabajadores. Yo era el dueño de una pequeña fábrica de papel, una de las primeras editoriales españolas. Desde siempre me ha encantado leer y está muy bien que se les reconozca el mérito a los escritores y sus mentes maravillosas repletas de ingenio, imaginación y poesía pero, ¿Qué hay de las editoriales? Son ellas las que realmente hacen efectivo el trabajo del escritor. Si no, pensadlo. Estaríamos leyendo historias impresas en papel o peor, escritas a mano y sería nuestro trabajo el intentar descifrar las letras, cada cual más retorcida e ilegible. Fue entonces que decidí adueñarme de un hangar abandonado en el valle de una sierra no muy lejos de donde yo crecí y reconstruirlo en una pequeña editorial.

No es nada fácil ser dueño de una empresa. Al principio pensé que me había auto-sentenciado a muerte, que me había echado todo el peso sobre mis espaldas y que no tendría ningún ingreso fijo. Pues bien, a base de esfuerzo, mucho sacrificio y amor por mi trabajo he conseguido tener una vida digna. Moví cielo, mar y tierra para contactar con las empresas encargadas de distribuir maquinaria precisa y por supuesto los mejores estaban en el extranjero. Las máquinas provenían de Alemania y Reino Unido así que con el dinero que recibí de la herencia de mis abuelos compré copiadoras, tinta, papel y contraté a jóvenes empleados. No podía permitirme pagar un sueldo elevado y por ello me costó mucho encontrar un perfil que se ajustara a mis necesidades. Suerte que mi buen amigo y vecino Tomás me sugirió que contratara a sus hijos, esclavos de la agricultura y la ganadería, seguro de que aceptarían encantados mi propuesta. Y así fue. Mis trabajadores no eran otros que los cinco hijos de Tomás.

No era una editorial con mucha fama ni muy conocida pero era lo suficientemente buena y leal como para atraer a los pocos y experimentados escritores de la zona. Apenas eran unas 300 copias de cada libro las que surgían de las fauces de la fábrica, teniendo en cuenta que los escritores escribían un libro cada 2 o 3 años aproximadamente. Los escritores que decidían acudir a mí para imprimir sus obras lo hacían porque quizá era la única editorial que no ponía ningún impedimento respecto a la temática del libro y lo que supondría el hecho de salir a la venta. Desobedecía las órdenes que venían de arriba. Siempre tuve el miedo de que acabaran descubriéndome y censuraran mi empresa por desobediencia suprema o por uso clandestino del arte.

Fue un invierno duro sí. Lo más especial de todo este trabajo era el momento de tratar con los escritores en persona cuando venían a hacer la entrega de sus obras escritas a mano. Pero eso dejó de suceder en el momento en qué en los Estados Unidos la empresa Apple Inc., la divina creación de Steve Jobs, comercializó exitosamente la primera computadora personal, el Macintosh 128k. Entonces los escritores empezaron a escribir sus obras a máquina, cosa que les resultaba más eficiente, menos cansado y más cómodo que escribir a mano 200 páginas. Ya no eran los autores quienes venían a mi hangar transformado en un sueño para entregarme la obra original, si no que enviaban a pequeños mensajeros a cambio de unas cuantas pesetas.

Recuerdo a Sebastián con frecuencia en mis largas horas vividas. Él era un autor distinto a los que tenía acostumbrado a editar. Era más perfeccionista que el resto, más serio, más encerrado en su mundo de fantasía a veces tan cruel y difícil como la vida misma. Sus escritos pretendían socorrer a su amada patria de los descaros, las réplicas y las manifestaciones de las personas con una voz contraria, cansadas de bailar por las calles sujetas a unas pautas que atendían solo a las razones de los de que mandan. Pero a pesar de ser así, le debo a Sebas gran parte, si no la totalidad, de mi fama de cara a las afueras del pueblo. Él era columnista del Diario de Barcelona, uno de los diarios más antiguos de Europa, fundado en época napoleónica. Allí solía retratar el gran trabajo de una editorial pequeña, con ilusión, lealtad y profesionalismo que era capaz de satisfacer las necesidades de cualquier escritor tanto de corta como de larga experiencia. Sebastián fue el punto de inflexión para el conocimiento nacional de la que fue mi empresa. Pero el gobierno central decidió el 22 de Marzo dejar de editar el Diario de Barcelona por unos propios motivos que jamás nadie consiguió entender. Maldito sea ese día.

Aquél mismo día mi esposa Lucía decidió emprender camino hacia las Américas en busca de nuevas oportunidades ignorando cuanta atención, dedicación y amor supe darle desde que nos conocimos la primavera de 1967 con apenas 19 añitos. Mi corazón y mis pensamientos vivieron una etapa de desconexión con el mundo. Se acabó. Un sueño más se quedaba ahí. Un hangar que cambiando un par de letras y con el sudor de mi frente convertí en hogar volvía a su niñez, a su infancia. Volvió a transformarse en el apagado y sucio recinto abandonado que era. Dejé la editorial.

Los autores me apoyaron en todo momento y gracias a ellos pude reponerme con rapidez pero mis ilusiones no eran las mismas. Tan solo quería vivir y ser feliz porque como bien se sabe la vida son dos días y ya está pasando el primero.


Recordaré el 22 de Marzo de 1984 cada día de lo que me quede por vivir. Aquél oscuro y frío invierno de 1984. 



Jonathan Montoya García    

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