martes, 29 de septiembre de 2015

En la azul bandeja del océano.

Ya he llegado. Estoy aquí. En un puerto más. Luego de un viaje sin prisa, dónde las olas me empujan y marcan el camino hacia mi próximo destino. Las gaviotas vuelan bajo y bajo el Sol de mis días. Parecen acariciarme con sus grandes alas y con gesto cariñoso parecen decirme "¡bien hecho capitán!". 

Aguanto unas horas más allí, quieto, anclado. Y llega el jefe del puerto. Llega corriendo, cansado como agitado por los golpes de la marea o de la brisa mañanera. Trae noticias. Su baja mirada, el semblante serio, sombrero en mano y tirando de galones extiende su brazo. No es Cristóbal Colón mas sin decir nada me señala Las Américas. Asentí desolado, por mis suspiros consolado y decidido emprendo de nuevo mi marcha. Allí no estabas, ni en Asia, ni en Oceanía, ni en África y tampoco en Europa. 

Vuelvo a encararme hacia otro mañana con el ocaso a mi espalda y sobre ella, la azul bandeja del océano, encuentro mensajes en botellas de vino cosecha de Dios sabe cuándo. Mensajes que dicen cómo y dónde hallar cofres repletos de valiosas joyas y de mucho oro, pero ningún mensaje habla de ti, mi mayor tesoro. Y sigo navegando, te sigo buscando.

Cae la noche y a tantos nudos me pega el frío. Mi melodía en un rompeolas, mi sueño al mediodía, viaje de largas horas.

He dejado atrás; en cada puerto ilusiones, pasiones, besos y deseos en cada una de mis sirenas. He leído mensajes en cartas de papel mojado, mensajes de hombres solos, de hombres casados, de hombres pobres y de hombres ricos. De mujeres tristes, de mujeres alegres, de mujeres soñadoras y de mujeres desesperadas. He dado los buenos días a mil aves, una por cada segundo que pasaba sin ti. Le he dicho más de mil "que descanses" a la luna de mis noches. 

Delfines, orcas y tiburones. Mantas raya, ballenas, crustáceos y todo tipo de peces. Navegan con su rumbo, libres en una de las mayores autopistas del mundo. Junto a ellos surcaré los mares en tu busca, como bajel pirata que halla un gran tesoro, temido por todos, amado por nadie. Seguiré navegando en el vaivén de mis aguas, en la azul bandeja del océano, hasta llegar a puerto conocido, donde pueda verte, donde pueda encontrarte y decir que te he soñado, que te he querido. Decirte que ya estoy aquí y que no me he ido.    







Jonathan Montoya García

lunes, 28 de septiembre de 2015

Amanece gris. (tercetos)

Hoy el día amanece gris. 
Las gotas de lluvia empapan el único cristal
que me permite ver más allá de mi.  

Espero en el portal de tu vida
contigo un viaje lleno de risas,
no de vuelta, sólo de ida. 

Hoy el día amanece gris.
Pétalos de rosa que caen por ti.
Tus ojos dicen que conmigo quieres salir, bailar y reír.

El carmín en la curva de tus labios,
se borra el rojo pasión,
se escapa entre las sombras de un adiós.

Hoy el día amanece gris.
Ya no te veo. Ya me voy.
Se quedan ahí cada uno de los besos que te doy.




Jonathan Montoya García





jueves, 24 de septiembre de 2015

Las olas como testigo.

Vuelve a cerrar los ojos. Te vuelve a soñar. Las olas son testigo de lo vuestro y anidan cada beso, en tu piel cada roce de sus dedos. Borran cada lágrima, cada deseo de no estar con él.

Las horas se os hacen segundos, el tiempo vuela, el tiempo es oro y él es rico. Cae la noche y el Sol ya duerme. Crece la luna y con ella el brillo en vuestros ojos. Sois dueños de la orilla y en ella escribís vuestros nombres como inicio de una interminable historia. Él tu escritor y tú su musa, todo inspiración. Tú la gata. Con tu mirada clara y sencilla. Con tu ternura especial y tu garra más directa donde el dolor se hace placer. Y él. Él un oso. Tu abrigo en las frías noches de invierno, tu tranquilidad de día y la guerra de tus noches. Quien responde a tus por qué con su filosofia: La respuesta no está allí ni aquí. La respuesta está dentro de ti.

Un paseo que os hace fuertes donde las olas testifican cada paso. Un paseo en el cual la brisa de la noche os perfuma la piel con el aroma de un beso marinero. Donde la luz del faro del próximo puerto os señala el camino.  Miráis al reloj con desgana, con desdén. Quiere deteneros y haceros esclavos de su engranaje, esclavos de su tiempo. Sois tú y él, sois vosotros.  

Oso, gata, caballo, águila, orca o delfín. Da igual. En esa orilla, en vuestras palabras, en vuestros gestos y vuestras miradas os sentís cualquier animal. Él no abre los ojos, no quiere despertar. Sigue soñando y luchando por hacer su sueño realidad. 




Jonathan Montoya García

viernes, 18 de septiembre de 2015

Y la gata volvió.


Y la gata volvió. Volvió para arañarme la vida. Para hacerme creer que el dolor puede llegar a ser placentero. Volvió para hacerme saber que a todos nos llega el momento, el momento del primer beso, de sentir un millón de mariposas en el estómago, de no poder borrar esa sonrisa del momento de después y de sentir que al fin Cupido decidió apuntarme con su flecha.

Los supersticiosos creen que el 13 en letras se llama Mala Suerte. Hasta hace poco yo era de los que creía que el 13 se llamaba así pero tuvo que llegar ella para hacerme cambiar de opinión o quién sabe si lo que cambió fue la superstición y desde entonces para mí el 13 se llame Amor. Un día 13. El día 13.

Tu experiencia frente a mi inexperiencia. Sí, fueron apenas cinco o seis segundos pero fueron los segundos mejor empleados de mi vida. El tiempo que sentí tantas cosas por primera vez. Sentí curiosidad, miedo, placer, un cóctel de sentimientos que venden en las barras libres de los bares. Una inyección de alegría; de adicción a ti, a la curva de tus labios, a tus ojos cerrados mientras nos besamos. Adicción a tus besos pausados, lentos y verdaderos. Fueron segundos en los que nos sentimos como protagonistas de una película de Richard Curtis. Fueron segundos en los que tocaba una orquesta de silencio, un silencio que lo decía todo.  

Y es que la gata volvió y volvió para quedarse.






Jonathan Montoya García

sábado, 5 de septiembre de 2015

Iba demasiado bien.

"Todo empezó muy bien, demasiado bien. Una frase y todo cambió. Pasamos de estar a un centímetro a estar a un kilómetro. Dicen que la procesión va por dentro y es verdad. Me siento culpable. Lo soy.

A veces daría lo que fuera por tener un botón de reset en mi vida y volver a empezar. De olvidarlo todo y crearlo de nuevo sin defectos.

En realidad siento que soy un árbol en tu bosque, una hormiga en tu hormiguero, un pez en tu pecera y un nombre propio más en tu lista de propósitos. Mi sueño es tranformar eso y acabar siendo el árbol de tu bosque, la hormiga de tu hormiguero, el pez de tu pecera y tu único propósito entre un millón de nombres propios "

Jonathan Montoya García