CAPÍTULO PRIMERO
Dicen que el destino es caprichoso. Cuánta razón. Creas o no en el destino sé que en algún sitio, tal vez en una piedra al filo de una cascada, oculto en medio de un gran grafiti en las paredes del barrio o quizá en la corteza del árbol más alto está escrito que ella y yo acabaríamos juntos. El tiempo no se detiene para nadie y, de hecho, parece que fue ayer cuando nos conocimos y se han cumplido ya 5 años de nuestro primer saludo.
Dicen que el destino es caprichoso. Cuánta razón. Creas o no en el destino sé que en algún sitio, tal vez en una piedra al filo de una cascada, oculto en medio de un gran grafiti en las paredes del barrio o quizá en la corteza del árbol más alto está escrito que ella y yo acabaríamos juntos. El tiempo no se detiene para nadie y, de hecho, parece que fue ayer cuando nos conocimos y se han cumplido ya 5 años de nuestro primer saludo.
Todo empezó en aquella casa. Quedaban apenas dos semanas para el cumpleaños de Asier y las cuatro cabezas de la cuadrilla echaban humo cuan locomotoras del siglo XX. Pasábamos horas y horas pensando qué prepararle a nuestro larguirucho y delgado amigo. Se nos ocurrieron millones de ideas a cada cual más absurda. Desde preguntarle si le gustaban las fiestas sorpresa (suerte que no lo hicimos porque Asier se hubiera olido algo) hasta querer contratar una stripper por su dieciocho cumpleaños (que tampoco hicimos porque superaba nuestro presupuesto).
Tras inundar de tinta cientos de folios y rellenar de tiza las dos pizarras del aula de música del instituto llegamos a la excelente idea que daría pie a esta historia. Fue ocurrencia de Gonzalo. Él era el desatascador de la pandilla. Cuando los planes brillaban por su ausencia bastaban un par de minutos para que a Gonzalo se le encendiera la bombilla. Solía proponer cosas interesantes con las que ocupar nuestro tiempo, al menos algo más interesantes que observar las teclas del piano e imaginar que tocábamos igual que Beethoven. Mientras Santiago, el escéptico del grupo, llenaba el pentagrama de corchetes que carecían de sentido y conocimiento musical, Gonzalo jugueteaba con una vieja batuta que encontró en uno de los estantes del armario del profesor. Al poco tiempo y tras teñir de color salmón tirando a rojizo su preciada azotea, de un salto, Gonzalo exclamó su palabra favorita.
- ¡Eureka! - Exclamó.
- ¿Qué ocurre Zalo? - Le preguntó Fabián.
- Tengo el plan perfecto para el mejor cumpleaños de la historia.
Fabián nos conocía mejor a todos y cada uno de nosotros que nuestras propias madres. Sabía en todo momento casi con total exactitud cuál sería nuestra respuesta a cualquier pregunta pero, él era algo enigmático. Nadie conocía su historia. Nadie excepto yo. Y aún así ni yo la conocía por completo. Digamos que Fabián y yo nos conocimos coincidiendo en un evento deportivo organizado por nuestros respectivos colegios. Al final ambos acabamos estudiando Humanidades en el mismo instituto. Nos hicimos mejores amigos en aquella época pero con el tiempo y los veranos de por medio la relación se enfrió.
Fabián era un chico rubio y de ojos claros criado en el seno de una familia adinerada y descendiente de la dinastía de Braganza. De ahí que su elevado ego hiciera de barrera al principio de nuestra relación. Fue gracias a que empezó a mantener un contacto más constante conmigo y mi entorno que se empapó de cualidades tan preciadas como la humildad, la cortesía y la modestia. No se distanció de su familia ni mucho menos, de hecho, rechazó varias quedadas propuestas por Gonzalo porque su familia preparaba comidas con deliciosos manjares casi cada fin de semana. Y ya se sabe lo que pasa en las comidas familiares. Esas reuniones en las que la abuela se enorgullece de sus nietos y procura que todo esté en orden, el tío al que hace siglos que no ves quiere saber todo de ti en un solo día y los primos más pequeños llegan ansiosos por enseñarte su nuevo smartwatch con el que pueden recibir los mensajes de WhatsApp mientras descargan una nueva app desde su muñeca. Pero al fin y al cabo Fabián era un buen tipo.
- Vamos Gonzalo, ¿a qué diantres esperas? - Replicó Fabián.
- Está bien. A ver qué os parece. He pensado en que mi tía Giralda se marcha a Suiza de aquí a dos semanas. Podría preguntarle si, por favor, nos prestaría su casa para prepararle una gran fiesta a Asier. No creo que tenga ningún inconveniente. Ya me la prestó para pasar un fin de semana con mi chica. Y está claro que no es más peligroso una fiesta con amigos que, bueno... Ya me entendéis.
Gonzalo era un genio. En un abrir y cerrar de ojos planeaba cosas y casi las daba por hechas cuando ni él sabía si lograría conseguirlas. Pero aún faltaba escuchar la voz de Santiago.
- Me parece una idea genial, pero... ¿A quién invitamos? ¿Quién se encarga de comprar los
decorativos? ¿Quién lleva la música? ¿Y el alcohol?.
Preguntas y más preguntas. Con Santi siempre pasaba lo mismo. Ya conocíamos de qué iba la historia: Santi y sus dudas.
No pudimos evitar echar la mirada hacia arriba a la vez que suspirábamos. Su semblante pasó de un gesto totalmente escéptico a un gesto algo desafiante.
- ¿¡Qué!? Decidme que vosotros no habíais pensado en eso. Son cosas importantes. ¿O pensáis ir a la fiesta y ya está? Alguien tendrá que ser el cebo, difundir la invitación a los invitados y ese tipo de cosas que hace la gente cuando prepara una fiesta ¿no?.
La verdad es que razón no le faltaba. Teníamos que actuar con rapidez y discreción si queríamos que todo saliera perfecto.
A la semana y media lo teníamos todo prácticamente listo y preparado para la gran fiesta. La casa era una casa enorme, dos plantas, 5 habitaciones y la rodeaba un inmenso jardín decorado con los típicos Gnomos que por la noche dan miedo. Y todo sin contar con el garaje. La verdad es que quién no querría vivir en una casa así, alejado del mundanal ruido de la ciudad. Gonzalo se encargó de conseguir el sitio perfecto, Santi llevó patatas y demás snacks para comer y Fabián se encargó de los invitados y de la música e iluminación. Y os preguntaréis: ¿Y yo? Exacto. A mi me tocó ser el cebo.
A la semana y media lo teníamos todo prácticamente listo y preparado para la gran fiesta. La casa era una casa enorme, dos plantas, 5 habitaciones y la rodeaba un inmenso jardín decorado con los típicos Gnomos que por la noche dan miedo. Y todo sin contar con el garaje. La verdad es que quién no querría vivir en una casa así, alejado del mundanal ruido de la ciudad. Gonzalo se encargó de conseguir el sitio perfecto, Santi llevó patatas y demás snacks para comer y Fabián se encargó de los invitados y de la música e iluminación. Y os preguntaréis: ¿Y yo? Exacto. A mi me tocó ser el cebo.
Entre las personas a las que invitó Fabián se encontraban amigos y amigas de Asier y de la cuadrilla. Está bien, seamos honestos, solo habían amigas. ¿Qué? Está claro que nosotros cinco ya nos bastábamos. No necesitábamos más hormonas masculinas de por medio. Personalmente conocía a todas las chicas invitadas a la fiesta de cumpleaños. Pero el destino trazó un refinado plan que marcaría mi vida.
La fiesta estaba prevista para el sábado pero, la noche anterior, nos llegó una mala noticia. Judith, una de las mejores amigas de Asier, nos llamó para decirnos que había fallecido recientemente uno de sus tios y que no podía asistir a la fista sorpresa. He aquí el ápice de la cuestión. En lugar de Judith fue Lucía quien vino a la fiesta.
Continuará... Siguiente capítulo→
Jonathan Montoya García
La fiesta estaba prevista para el sábado pero, la noche anterior, nos llegó una mala noticia. Judith, una de las mejores amigas de Asier, nos llamó para decirnos que había fallecido recientemente uno de sus tios y que no podía asistir a la fista sorpresa. He aquí el ápice de la cuestión. En lugar de Judith fue Lucía quien vino a la fiesta.
Continuará... Siguiente capítulo→
Jonathan Montoya García
No hay comentarios:
Publicar un comentario