viernes, 15 de enero de 2016

El último beso.

He soñado desde hace mucho tiempo con besar su boca algún día. He soñado cada noche, cada día. Todos los meses, todo el año. Los suyos tal vez no, pero mis labios aún están por estrenar, nadie los ha podido probar. He soñado desde hace mucho tiempo atrás, desde el día que la vi, desde el momento que me enamoré de ella; con sellar sus labios. He soñado muchas veces con mi primer beso. ¿Cómo será? ¿Le gustará? ¿Lo haré bien? ¿Sabré besar? Lo tenía claro, tenía que pasar. El primer beso. Nuestro primer beso. 

Sucedió. Tras mucho tiempo de lucha, de espera, de morirme de ganas de probar la dulce miel de sus labios y de navegar por los vaivenes de su sonrisa. Sucedió. La besé. Me besó. Nos besamos. Me entregué a ella y ella me aceptó. Sólo con un beso hicimos desaparecer la distancia que había entre nosotros, esos cinco centímetros que nos separaban se esfumaron en menos de un segundo. Qué ricos. Qué dulces. Sus labios. 

El primer beso es como un sueño hecho realidad, mi sueño hecho realidad. El primer beso es como para no creerlo y aún así nos deleitamos con el recuerdo, con lo que fue, con lo que es. Es bonito, es fácil y agradable. Dicen que no hay nada el primer beso, pero... ¿Y el último? Ese es el que deja más huella. Es el más doloroso, se queda en el alma y te deja solo, roto y sin vida. Se queda en el corazón, se va el Sol y empieza tu tormento. ¿Puede haber algo peor que el último beso? Desgraciadamente sí. ¿Que qué es? Es ese momento en el que sabes que todo terminó, es cuando no existe el beso del adiós. Ahí es donde el vacío se hace grande, donde el dolor es más profundo, injusto y por ello nunca sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde nos llegará el último beso. Entonces, ¿el último beso es un consuelo? Sí. Pero cuando no lo hay es una eterna condena cuando se ama de verdad. 

Ya lo dijo Paul Géraldy "El más difícil no es el primer beso, sino el último."




Jonathan Montoya García.   

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