lunes, 25 de abril de 2016

Te llevaste mi adiós.

Dicen que el amor es un aprecio profundo y abstracto, que ni se ve ni se toca, que como la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma.

Hace mucho tiempo atrás, casi desde que estás en mi vida que sentí algo diferente. Sentí como las cucharillas con las que estaba acostumbrado a comerme el mundo en pequeñas dosis se convertían en cuchillos que jugueteaban con mis entrañas. Y es que somos contradicción. Una parte te dice si y la otra te dice no. Sentí como la paz de tu compañía volvía a alumbrar mis mejillas que yacían apagadas, sin luz, sin magia. Noté que cuanto más te alejabas más me dormía, no dolía, mis entrañas reposaban tranquilas en un largo sueño del que el miedo ya no era dueño. También sentí que cuando nuestros labios se fundían en infinitos besos tal vez estábamos cavando nuestra propia tumba, condenando a muerte a la llama que ardía entre nosotros y llamando sin querer a nuestra propia despedida, fuimos necios al escribir el final de nuestra propia filmografía. Y déjame decirte que, sinceramente, odio las despedidas.

Y es que hicimos el amor. Hicimos de él una energía transformada en un ayer donde nos quisimos, donde hoy nos queríamos y mañana quién sabe si aún nos querremos. Nos decimos adiós. Gritamos libertad. Siempre te dije que no quería tu adiós porque al adiós lo acompaña el olvido, mas yo no olvido con facilidad pero hoy y ahora soy yo quien te dice: Me voy, lo siento. Quizá es que me cansé o te cansé. Tal vez es que te agobié o no te supe querer. No lo sé. Pero te digo adiós y es que te quiero todavía. No sé si es que te amé en demasía o quizá lo hice en poca medida, pero aun así me sigue quedando tu sonrisa dormida en un recuerdo que nunca se olvida.

Ha llegado el punto en el que tras verme nadando en mares de lava, tras caminar con pies descalzos sobre agua helada, debo alejarme y buscarme para tratar de reencontrarme.

Y te sigo escribiendo entre las mismas cuatro paredes que han vigilado mis sueños, que han sido testigo de momentos buenos y otros no tanto. Miro hacia los lados y solo hay temores que me asaltan. Perdona por acostumbrarme a escribirte sin que me leas, pero es que en mis mejores días también me llueve tu ausencia. Y sí, aunque duele y no sabes cuánto, te llevaste mi adiós.



No hay comentarios:

Publicar un comentario