Dicen que el amor es un aprecio profundo y
abstracto, que ni se ve ni se toca, que como la energía ni se crea ni se
destruye, solo se transforma.
Hace mucho tiempo atrás, casi desde que estás en
mi vida que sentí algo diferente. Sentí como las cucharillas con las que estaba
acostumbrado a comerme el mundo en pequeñas dosis se convertían en cuchillos
que jugueteaban con mis entrañas. Y es que somos contradicción. Una parte te
dice si y la otra te dice no. Sentí como la paz de tu compañía volvía a
alumbrar mis mejillas que yacían apagadas, sin luz, sin magia. Noté que cuanto
más te alejabas más me dormía, no dolía, mis entrañas reposaban tranquilas en un
largo sueño del que el miedo ya no era dueño. También sentí que cuando nuestros
labios se fundían en infinitos besos tal vez estábamos cavando nuestra propia
tumba, condenando a muerte a la llama que ardía entre nosotros y llamando sin
querer a nuestra propia despedida, fuimos necios al escribir el final de nuestra
propia filmografía. Y déjame decirte que, sinceramente, odio las despedidas.
Y es que hicimos el amor. Hicimos de él una
energía transformada en un ayer donde nos quisimos, donde hoy nos queríamos y
mañana quién sabe si aún nos querremos. Nos decimos adiós. Gritamos libertad.
Siempre te dije que no quería tu adiós porque al adiós lo acompaña el olvido,
mas yo no olvido con facilidad pero hoy y ahora soy yo quien te dice: Me voy, lo siento. Quizá es que me cansé
o te cansé. Tal vez es que te agobié o no te supe querer. No lo sé. Pero te
digo adiós y es que te quiero todavía. No sé si es que te amé en demasía o
quizá lo hice en poca medida, pero aun así me sigue quedando tu sonrisa dormida
en un recuerdo que nunca se olvida.
Ha llegado el punto en el que tras verme nadando en
mares de lava, tras caminar con pies descalzos sobre agua helada, debo alejarme
y buscarme para tratar de reencontrarme.
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