Estaba roto. Las lágrimas inundaban mis ojos y mis puños contenían cantidades incalculables de rabia. Tan solo pude mirarla un par de segundos, lo justo para ver su intranquilidad. No me dejaron abrazarla, no me dejaron decirle un "tranquila, yo estoy contigo". Ya no había nadie, solo ella se quedó allí, bajo la custodia de los agentes de policía.
- Muy bien, usted es la última señorita Smith, adelante pase. - Dijo uno de los agentes. - Sé que todo ha sucedido con extrema rapidez y por ello está atormentada. Uno de sus mejores amigos, Gonzalo, ha sido asesinado. Sus compañeros ya han prestado declaración y solo queda usted por declarar y su testimonio es de los más relevantes para permitirnos avanzar con claridad en el caso, así que necesitamos que responda con total sinceridad a todas y cada una de nuestras preguntas. ¿Entendido?.
- Sí, señor... - Balbuceaba Lucía.
- Bien pues empecemos, ¿Qué relación tenía con la víctima?-
- Gonzalo y yo nos conocíamos casi desde que nacimos. Nuestras madres se conocieron en el hospital, ambas dieron a luz el mismo día con lo que Gonzalo y yo tenemos la misma edad, bueno... Teníamos... - Contaba Lucía mientras sollozaba. - Teníamos intereses comunes, algunas diferencias y nos llevábamos demasiado bien. Él y yo tuvimos algo más que una amistad hace como tres meses, yo tengo novio, pero él era tan... increíble conmigo, que no pude evitar dejarme llevar por sus ojos y caí. Él no sabía que yo tenía pareja y me duele saber que ahora ya no lo va a saber... Yo, agentes... - No podía contener el llanto.
- Está bien, Srta. Smith, relájese. ¿Quiere un vaso de agua?
- Sí, por favor.
- Tenga.
- Gracias.
- Continúe.
- Como le decía Gonzalo no sabía nada de la relación que mantenía con mi chico y a mi me costó muchísimo dejarlo a él. Lo entendió. Me sorprendió que no se lo tomara a mal. Seguimos siendo los mismos amigos y confidentes que fuimos siempre, sin embargo, a mi pareja... Yo... Tuve que contárselo y.. buf... No puedo agentes... - De nuevo rompió a llorar.
Los agentes de policía se miraban atónitos. Ahora ya no hacía falta recurrir a los papeles de poli bueno y poli malo, con Lucía era distinto. Era la víctima moral más directa en el caso y ellos sabían que no podían actuar como con el resto de compañeros.
- Teniente, acompáñeme por favor. - Invitó a salir fuera de la sala a su compañero.
- Srta. Smith, discúlpenos un segundo, gracias.
- Karl, ¿has visto eso?
- ¿Ver, el qué?
- Sus manos y sus piernas. No ha dejado un segundo de mirar fijamente a un punto de la mesa mientras se balanceaba nerviosa, a su vez se frotaba constantemente las manos y mantenía los pies cruzados con un temblor notable. ¿Qué significa? Vamos, recuerda las clases de psicología e interpretación de gestos de la academia.
- Bueno, no me había fijado, pero si es como dices tenemos varias hipótesis. Puede estar nerviosa de verse en una situación así al no haberlo estado antes o puede estar ocultando algo.
- ¡Bingo, amigo! Nerviosa es obvio que lo está, solo hay que verla. Con lo que está ocultando algo amigo mío. Tenemos que intentar averiguar qué esconde. Volvamos adentro.
Mientras los policías trataban sus temas en la entrada de la sala, Lucía seguía nerviosa, hasta sudaba y tenía miedo de qué le podía pasar ahora. Tenía mil cosas en la cabeza y sabía que se le notaba.
"¿Debo contarlo? Y si lo digo... ¿Qué pasará? Tengo miedo... ¡Joder, joder y joder!"
Lucía se lo repetía una y otra vez en su cabeza.
- Ya estamos aquí Srta. Smith. ¿Se encuentra mejor?
- Más o menos agentes... - Suspiró.
- Mientras más tiempo perdamos, peor para todos. Bien, Srta. Smith, debemos conocer todo el entorno que gira al rededor de todos sus compañeros, incluida usted. ¿Quién es su pareja?
Lucía dejó de respirar. En su mente parecía resquebrajarse todo. Eso era lo que temía, esa jodida pregunta.
- ¿Tengo que contestarles a eso? - Intentó evitar Lucía.
- Me temo mucho que sí, cualquier información es buena para nosotros y nos ayudaría a esclarecer este asunto.
- Mi pareja... es mayor que yo. Él ha tenido una infancia frustrada, sus padres se divorciaron cuando él era un adolescente e ingresó en un centro reformatorio de menores, muy cerca de aquí. Al salir del reformatorio él fumaba y se drogaba, robaba, era muy violento hasta que nos conocimos. Entonces todo cambió. Juntos salimos hacia adelante, lo ayudé a tratarse y consiguió desengancharse de las drogas y el alcohol, pero su agresividad seguía igual. Verán... Al principio como en casi todas las relaciones es todo de color de rosa, todo es maravilloso y espectacular, pero con el tiempo te das cuenta que nada cambia. Me prohibía salir con amigos, ir de fiesta y hasta salir con ropa corta. Es muy machista, me maltrata, pero tengo miedo... Lo quiero, pero no lo quiero para mí.
- Está bien Srta. Smith. ¿Lo ha denunciado alguna vez?
- No. No me he atrevido.
- ¿Sabe que lo que está contando es delito verdad? ¿Tiene algún informe médico que demuestre el maltrato?
- No, nunca fui al médico por sus heridas. Entiendo que las hacía porque me quiere demasiado y no controla sus impulsos.
- Eso no justifica nada Srta. Smith. Cuando una persona quiere a alguien no piensa en hacerle daño y si dice que la maltrata se trata de una acción y una actitud incoherente, indisciplinada, desmedida y reprochable. Además está severamente castigada por el código penal, pero para ello debe haberse procesado alguna denuncia o tener un informe válido como prueba de lo que denuncia.
- Lo sé... Pero no puedo hacerlo señor... ¡Lo quiero!
El reloj se olvidó de contar las horas y casi había dado media vuelta. Casi diez horas de interrogatorio. Mientras, yo llegaba a casa en uno de los taxis que la Policía había dispuesto para los chicos. Mi cabeza daba mil vueltas a todo lo que había pasado esa noche. Millones de porqué me asaltaban una y otra vez. Pero algo me tenía especialmente preocupado. La última imagen que tuve de Lucía, fue demoledora... ¿Qué demonios ocurría? La llamé varias veces y no cogía mis llamadas ni respondía a mis mensajes. ¿La habría perdido? Dos pérdidas en una noche, cuando todo parecía salir sobre ruedas...
Aún confiaba en que no fuera así, y pudiera despertarme y hablar de esto como si fuera una pesadilla. Por desgracia era real. Cuando decidí desistir y dejar de intentarlo, y me tiraba en la cama a esperar que pasara la vida frente a mi, sonó el teléfono. Era Lucía, me escribía.
CONTINUARÁ...

No hay comentarios:
Publicar un comentario