Escuchad hijos míos...
Cuando más perdida creáis que está la batalla, cuando las piernas sintáis que se arrastran por este vano mundo, cuando los brazos no pasen de la cintura, cuando el alma corra más deprisa que el cuerpo, no os rindáis; recordad que peor es no estar de pie, que peor es no poder ver ni escuchar, o aún más... No respirar.
Así que levanta tu puño, llévalo a lo más alto, con garra, con fuerza, con esfuerzo y sacrificio, con alma, con ímpetu, con hambre, ¡con coraje!
Respirad este olor a azufre, a venganza, no os dejéis llevar por la melodía que os tranquiliza y os convierte en carroña para buitres, sed ese ave fénix que tanto anheláis, renaced, con más energía, con más sed, con fuego, con aire y tierra, ¡con coraje!
Solo así, solo de esta manera llegaréis al mañana dibujando entre lágrimas una sonrisa que sabe a victoria, cuando miréis ora un lado ora al otro y veáis espejos en vuestros compañeros, cuando sintáis que lo habéis logrado, cuando dejéis atrás los ríos de sangre y sudor derramados por vuestros antepasados, solo así llegaréis a ver el color de la paz, ese color que hoy os tatuáis, con tinta imborrable, con claridad, ¡con coraje!
Y recordad: Que el camino que hoy recorréis no es nada fácil, que nada estaba escrito, que quienes peor lo tenían han salido victoriosos en miles de batallas más rudas, más fieras, pero que con el oro por bandera, con su identidad, con su propia seña y su linaje, con su propia sangre han conseguido estar hoy aquí en una forma que tal vez ni veamos.
Serán ese polvo de arena que se desvanece entre tus dedos, serán las gotas de lluvia que caen sobre nosotros, serán los latidos de vuestros corazones. Serán vuestro nombre, vuestro apellido y lo llevaréis con orgullo, con esperanza, ¡Con coraje!
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